Entre 1933 y 1945, los nazis gobernaron Alemania bajo el férreo liderazgo de Adolf Hitler, marcando una de las etapas más oscuras de la historia moderna. Este régimen no solo se definió por su brutalidad y sus crímenes de guerra, sino también por una fascinación casi obsesiva con el ocultismo, la mitología germánica y el esoterismo. Para Hitler y muchos de sus colaboradores más cercanos, estas creencias no eran simples distracciones; formaban parte de un esfuerzo deliberado por construir una narrativa mística que legitimara su ideología y fortaleciera la lealtad de sus seguidores.
Uno de los principales arquitectos de esta visión fue Heinrich Himmler, jefe de las temidas SS, quien veía en las leyendas y los mitos europeos una herramienta para dotar al Tercer Reich de un halo de poder sobrenatural. Himmler estaba convencido de que objetos como el Santo Grial, el cáliz que utilizó Cristo en la Última Cena antes de que lo crucificaran, podían no solo simbolizar la supremacía del pueblo germánico, sino también otorgar un poder real en la guerra. Su obsesión lo llevó a financiar expediciones de la Ahnenerbe, una organización pseudocientífica que buscaba reliquias y rastros arqueológicos que respaldaran las fantasías nazis.
Himmler en Montserrat
En octubre de 1940, durante un viaje a España que coincidió con la reunión entre Hitler y Franco en Hendaya, Himmler visitó Montserrat, el emblemático monasterio catalán situado en un macizo montañoso de aspecto casi mágico. La Ahnenerbe había interpretado que referencias en el himno del monasterio, el Virolai, aludían a una “fuente de vida” que podría ser el Santo Grial. Además, algunos textos de la época sugerían que Montserrat, y no Montsegur en los Pirineos franceses, era el verdadero lugar de descanso del mítico cáliz.
Acompañado por un séquito de oficiales nazis, llegó a la abadía interesándose por el paradero del Grial. Los monjes, desconcertados por la visita, aseguraron no tener conocimiento alguno sobre la existencia de la reliquia. El padre Andreu Ripoll, el único que hablaba alemán, intentó razonar con Himmler y explicarle que no había evidencias históricas que respaldaran sus teorías. Sin embargo, el líder nazi no quedó satisfecho y abandonó el lugar frustrado, sin haber encontrado lo que buscaba.
La visita de Himmler a Montserrat no fue un hecho aislado. En sus intentos por encontrar el Grial, los nazis financiaron investigaciones y exploraciones desde Islandia hasta los Pirineos. Antes de Himmler, Otto Rahn, un filólogo alemán fascinado por la mitología medieval, había rastreado la copa de Cristo en las montañas francesas. Rahn cayó en desgracia al descubrirse su ascendencia judía y su homosexualidad, pero sus teorías influenciaron profundamente a Himmler.
Este episodio, aunque pueda parecer anecdótico, revela hasta qué punto el régimen nazi intentó manipular la historia y los mitos para justificar su ideología y crear una narrativa de poder.
Ayer estuvo a pie de escalerilla del avión en el Prat como uno de los anfitriones del Papa en Cataluña. No en vano, el aeropuerto pertenece a la diócesis de Sant Feliu de Llobregat que lidera. El dominico Xabier Gómez también es el obispo responsable de pastorear tanto la cárcel Brians 1 como el santuario de Montserrat. «Vivimos esta labor de acogida con humildad, porque nos toca ser uno más en la bienvenida al Santo Padre. Nos corresponde representar este rostro de la Iglesia junto a las autoridades civiles. Acogemos al Obispo de Roma, al sucesor de Pedro. Pero, no nos olvidemos que él también nos acoge», subraya este religioso vasco.
¿Qué es lo que se va a encontrar León XIV en Brians 1 cuando atraviese las puertas de la prisión?
De todos los centros penitenciarios de Barcelona, uno de los más complejos y el que registra más suicidios. Allí se va a encontrar con los hombres y mujeres internos de este centro, fundamentalmente personas que están a la espera de juicio. Va a escuchar el testimonio de dos mujeres y, sobre todo, en ese camino de encuentro con los presos, estará señalando y recordando que el nombre de la Iglesia es misericordia.
¿Por qué dar voz a dos mujeres?
Porque el Santo Padre ya se había encontrado hace poco con presos varones en la cárcel de Bata, en Guinea Ecuatorial. Nos parecía interesante que, en este encuentro con las personas que participan en la eucaristía dominical y en las actividades de la pastoral penitenciaria, pudiera escuchar también la voz de dos mujeres. Además, en este caso, su testimonio hace referencia a su experiencia y a su realidad como madres.
Sobre el papel, el sistema penitenciario español apuesta por la reinserción. Pero, ¿la sociedad arrima el hombro o se sigue negando cualquier oportunidad de redención a quien pasa por la cárcel?
Quiero pensar que se hace un esfuerzo para que todos los agentes implicados estén al servicio de la reinserción. Pero sigue habiendo mucha estigmatización respecto a las personas que han pasado por prisión. Es necesario trabajar con la población en general. Hay un muro real y también una distancia física, mental y afectiva respecto a las personas que están en prisión. Desde luego, las personas creyentes y el Evangelio siempre creen en la posibilidad de la conversión, la rehabilitación y las segundas oportunidades.
¿Se moja lo suficiente la Iglesia en la pastoral penitenciaria?
La Iglesia hace un trabajo precioso y silencioso en todos los centros penitenciarios de España y también en otros lugares donde hay personas privadas de libertad, como los centros de internamiento para migrantes. Desde hace mucho tiempo existe una tradición de presencia pastoral acompañando a las personas presas, anunciando el Evangelio y siendo testimonio del poder de la redención de Cristo en una situación difícil, donde es necesario ser testigos de la esperanza.
¿Qué pediría para reforzar la labor de las capellanías de prisiones?
Sobre todo, espacios más dignos para poder celebrar la eucaristía los domingos. A veces tenemos que montar y desmontar el lugar de celebración con altares portátiles. También sería importante que se atendieran las reclamaciones de todos aquellos que intervienen en los centros penitenciarios para humanizar y ofrecer oportunidades de futuro, desde los propios presos a los trabajadores, pesando por las entidades que acompañamos desde dentro y desde fuera. Todo ello ayudaría a generar el mejor ambiente posible para la reinserción. Hay que escuchar mucho lo que sucede en las prisiones y la Iglesia también tiene que ponerse al servicio de esa escucha.
¿Le preocupa que la propia imagen del Papa en una cárcel deje en un segundo plano la voz de los internos?
El hecho de que el Papa haya querido venir a visitarlos los ha colocado en el mapa y los ha hecho visibles en las agendas y prioridades de la Iglesia y de la sociedad. Es un signo muy potente. Es verdad que será una visita breve, pero intensa, y estoy convencido de que hará mucho bien más allá de Brians.
Antes de marcharse de Barcelona, el Papa bendecirá el sagrario de la capilla del aeropuerto. Ha sido un empeño suyo y la Santa Sede ha accedido…
El gesto del sagrario, que bendecirá para ser colocado en la capilla, nos ayuda a recordar la importancia de la eucaristía y de la oración. También la importancia de generar en estos «no lugares», como son a veces los aeropuertos, espacios y oasis de espiritualidad donde encontrarse con Dios en el silencio y en la plegaria. Es una manera de profundizar en la hospitalidad hacia los viajeros que pasan por un aeropuerto de El Prat y quieran entrar en la capilla católica para rezar o participar en la eucaristía.
Porque una pastoral del aeropuerto no es tan anecdótica como podría parecer en un primer momento…
Tenemos un gran desafío. Aprovecho esta oportunidad para hacer un llamamiento a todas las personas que quieran colaborar en una pastoral del aeropuerto para que se pongan en contacto con nuestra diócesis o con nuestro obispado. Entre todos debemos buscar la manera de que la capilla del aeropuerto sea un espacio no solo de acogida, sino también de evangelización.
¿Qué significa para Cataluña que un Papa pise la abadía de Montserrat y se ponga a los pies de la Moreneta?
El Papa llegará a Montserrat como peregrino. Montserrat es el corazón espiritual de Cataluña y hoy es de todos. Tiene una larguísima tradición de hospitalidad y de servicio a la espiritualidad y a la cultura. Montserrat es camino de la belleza. La montaña y la comunidad monástica que la habita y la custodia son una realidad que nos habla de la trascendencia y de la importancia de hacer sitio a Dios en nuestras vidas y en nuestra historia, reconociendo su paso por la historia de los pueblos.
¿Cómo vive que en estos últimos días haya quien se haya enredado contando el número de palabras que León XIV pueda pronunciar en catalán o en castellano?
A mí también me agrada que el Papa utilice el catalán, como así está siendo. El venerable Antoni Gaudí estuvo preso por hablar en catalán e hizo un voto público de seguir hablándolo en un momento en que la lengua estaba perseguida. Hoy podemos rezar, bendecir y celebrar la eucaristía con los libros litúrgicos en catalán, que es lo que hacemos habitualmente. Todos los libros litúrgicos de esta Iglesia están en catalán y, por tanto, lo lógico es emplear el catalán, que es la lengua habitual de la Iglesia en Cataluña, sin excluir por supuesto el castellano. La Iglesia católica abraza todas las lenguas, pero existe una sensibilidad que aconseja que la Iglesia también sea sensible a la hora de custodiar y utilizar la lengua con la que habitualmente celebra la fe. Al mismo tiempo, también existe la misa internacional, que visibiliza la catolicidad. Desde lo propio nos abrimos a abrazar lo universal.
Ha sido el responsable de la pastoral migratoria de la Conferencia Episcopal. ¿Cómo vive que el Papa vaya a tocar el muelle de la vergüenza en Arguineguín y que se adentre en el centro de internamiento temporal de las Raíces, símbolo de hacinamiento?
Sé que en Canarias hay una Iglesia que ha trabajado y sigue trabajando en la acogida, promoción y cuidado de las personas migradas. La Iglesia de Canarias está haciendo un trabajo precioso. A mí ahora me toca estar aquí, mirando al Mediterráneo, donde probablemente en el encuentro de obispos y jóvenes también surgirá el tema de la migración, además del de la paz. Tanto el Mediterráneo como el Atlántico siguen siendo rutas de muerte en la actualidad y la Iglesia quiere estar siempre al servicio de la vida.
¿Regularización sí o no?
Como ha expresado la Iglesia española, regularización sí. Porque leemos el Evangelio y queremos vivirlo. Jesús en el capítulo 25 de Mateo nos dice que hemos de acoger a las personas migradas: «Fui forastero y me acogisteis». Además, no es solo una cuestión espiritual o evangélica. También los datos y la sociología nos indican que necesitamos personas para paliar el invierno demográfico que vivimos. Las personas migradas, cuando cuentan con derechos reconocidos y se integran en el mercado laboral, contribuyen al bienestar y al progreso de la sociedad. En nuestro caso, además, están contribuyendo también a la revitalización de las comunidades católicas.
León XIII promulgó una encíclica profética sobre las nuevas realidades que asediaron el siglo XIX en medio de revoluciones sociales y tras la segunda revolución industrial. Ahora estamos en un cambio de época y su sucesor en la sede tiberina, León XIV, coge el testigo de la caridad de Cristo para iluminar este mundo asediado por una «tercera guerra mundial a pedazos» (Francisco, 2014) y ofrecer una palabra de esperanza. Es lo que hará estos días en España.
Desde que el jesuita Luigi Taparelli d’Azeglio acuñó el término de «justicia social» (1842), este neologismo ha destapado oscuridades que reclaman la luz de Cristo.
Siguiendo las reflexiones de los santos Padres, y las prácticas del obispo alemán W.E. Von Ketteler (+1877), León XIII en 1891 inauguró lo que hoy conocemos como Doctrina Social de la Iglesia (DSI) con su encíclica Rerum novarum abriendo un surco fecundo que ha dejado más de quince textos magisteriales sobre temas sociales, políticos, económicos, ecológicos, etc., incorporando las necesarias reflexiones de obispos, teólogos y laicos expertos.
Ahora León XIV, con su encíclica Magnifica humanitas, afronta los nuevos desafíos y pretende ofrecer un sentido y una esperanza para los dramas que azotan el mundo. Desde san Pablo VI (Populorum Progressio, 1967), la DSI percibió la relevancia de la globalización y del desarrollo de los pueblos, clave para una solidaridad mundial, como señaló san Juan Pablo II (Sollicitudo rei socialis, 1987), y recordó con fuerza Francisco en la intercomunicación de todos los problemas y las debilidades, tanto sociales como ecológicas (Laudato Sí, 2015).
Ante la multiplicación de problemáticas sociales, la sabiduría de Benedicto XVI supo indicar el origen de toda solución, que brota de la caridad social (término acuñado por santo Tomás de Aquino, señalado por Pío XI y protagonista en Caritas in Veritate, en 2009, como «caritas in veritate in re sociali»), que se manifiesta como caridad política (san Pablo VI) e incluso económica. Desde la fuente del amor de Dios se funda la amistad como comunión en un bien común que permite comprender la búsqueda común de soluciones para luchar por la paz de los pueblos y de los corazones. La caridad no es cosa solo de sentimientos.
En este mundo global, donde la información llega más rápido que el sentido de interpretación de esta, donde la IA –aunque sea desarmada– se ha convertido en el traje espacial –imaginario colectivo– donde habitar en las redes sociales, la inevitable globalización se está traduciendo en una sorprendente incomunicación entre las personas.
León XIV ha precisado la calidad de una civilización en el cuidado que se ofrece a cada persona, más que en el poder de sus medios (Magnifica humanitas, 114). En efecto, en esta sociedad del rendimiento y del cansancio, no hay tiempo para el cuidado cercano y humano de las personas.
Pero esta globalización se queda amordazada ante el drama de las tragedias humanas en los flujos migratorios. Según el informe de la OIM (ONU, 2026) es prioritario «facilitar vías para la migración regular». Los migrantes son personas que buscan cruzar fronteras, lograr documentación en regla, asentarse en un país y crecer con su familia. Son «mensajeros de la esperanza» (León XIV, 2025), rostros con historias y vínculos que saltan las vallas y cruzan los mares para conquistar una vida feliz, aunque lamentablemente se quedan en sueños rotos y ahogados. Pero estas personas asaltan también los noticieros y llenan los discursos políticos sobre las medidas oportunas en Europa y Norteamérica. Estos nuevos problemas evocan las encendidas disputas en la Escuela de Salamanca para defender la dignidad de los indios y los fueros necesarios para proteger a los pobres.
Francisco de Vitoria bramaba en su defensa y los reyes escuchaban atentos. La caridad era la reina de las virtudes. Quizás deberíamos asomarnos, sin complejos, de nuevo a sus enseñanzas.
Hoy en día, León XIV, recogiendo el llamado de su predecesor Francisco, ha reclamado la prioridad del amor al pobre, al herido, al necesitado (Dilexi te, 2005). Y lo ha puesto en práctica en su visita a Madrid, Barcelona, y especialmente en Canarias. En Madrid por su visita a Cedia 24 horas, recurso de Cáritas que ofrece calor y calidez en su hogar de acogida, generando una promoción humana y social, en el herido barrio de Caño Roto, donde el ahora desmantelado poblado chabolista del Cerro de la Mica veía morir a sus jóvenes azotados por la droga desde los años ochenta. En Barcelona por la belleza de la liturgia, morada de los pobres, y por la visita a los reclusos de Brians 1.
Pero especialmente en Canarias, ruta a Europa, donde el drama de los que logran cruzar milagrosamente hasta las islas ha protagonizado nuestras pantallas en los últimos meses. El difícil tema de la inmigración se convertirá en un faro de esperanza para ver en cada hermano, un hijo de Dios que camina, en este mundo, de nuestra mano.
En el avión de regreso de África, el Papa recordó que debemos ayudar desde sus regiones de origen. Es lo que reclaman muchos países subdesarrollados que anhelan entrar en la globalización por la puerta principal, no por el callejón de servicio, por medio de subvenciones, como recordaba el presidente de Senegal en el Foro de Davos de 2001 (cf. R. Termes, 2003). Esos países también son protagonistas de esta misión.
El Papa quiere hacernos conscientes de que problemas tan profundos requieren tiempo y diálogo, un estudio sincero y comunitario de los problemas, sin soluciones rápidas que solo ocultan la herida.
Todos somos responsables de estas tragedias humanas y de la acogida, incorporación y promoción de estos hermanos nuestros que vienen a enriquecer nuestra cultura y nuestra convivencia, con los problemas y complicaciones que ello siempre ha acarreado en todo tiempo y cultura. «No se les puede tratar peor que a las mascotas» (León XIV, 2026), han de ser «acogidos, protegidos, promovidos e integrados» (Francisco, 2019). Todos, en definitiva, somos peregrinos. Pero ellos no son parte del problema, sino protagonistas de la caridad, de la cual nadie se puede desligar, sino que nos implica a todos, tal como enseñaron desde el siglo XIX san Juan Bautista Scalabrini y santa Francisca Javier Cabrini, patrona de todos los migrantes (Dilexi te, 74). La solidaridad y subsidiariedad valen tanto para la sociedad que acoge como para la familia migrante que llama a su puerta. El verdadero progreso no es solo económico o social, sino humano-familiar, fundamentado en el amor. Por eso, la DSI va de la mano de la moral familiar: el don de la vida y el don del bien común han de ser protegidos y fomentados.
La Iglesia sabe lo que verdaderamente vale cada vida, y por eso llama a la santidad a cada inmigrante mientras reclama sus derechos y deberes. En ellos recae también una gran responsabilidad de convivencia y testimonio de amistad, tanto como en la nación que decide acogerlos con procedimientos justos. No han de ser solo pasivos receptores, sino activos donantes, en una sinfonía de la caridad, de «responsabilidad compartida» y «enriquecimiento mutuo» (Magnifica humanitas, 81 y 180). Es lo que hacen las parroquias a diario en los barrios en un latido de caridad a pie de calle, en una convivencia fraterna donde no hay programas políticos ni leyes encima de la mesa, sino el cuidado cercano que construye una civilización del amor.
José Manuel Horcajo Universidad Eclesiástica San Dámaso
A poco más de cuarenta minutos del centro de Barcelona, al oeste del río Llobregat, se alza de forma abrupta un macizo montañoso que alcanza los 1.236 metros de altura. Montserrat no es una cordillera cualquiera: su silueta recortada, casi escultórica, la convierte en una de las imágenes más reconocibles del entorno metropolitano.
Declarada parque natural en 1987, su valor no es solo paisajístico. Se trata de un paraje que, desde que el hombre lo documentó por primera vez, ha fascinado a viajeros, místicos y santos por el aura de misterio que entraña y por su dimensión espiritual. La comunidad benedictina que habita el monasterio lo resume de forma sencilla pero significativa: Montserrat es “un lugar de plegaria, de fe, un lugar querido por la gente”.
Así, Montserrat es una de las grandes señas de identidad de Cataluña, símbolo de su espiritualidad, de su tradición y de sus raíces católicas, además de haberse convertido en uno de los lugares turísticos más visitados de toda la comunidad, tanto por catalanes, como por españoles, como por extranjeros. En 2025, se cumplieron mil años desde que el Abad Oliba fundó el Monasterio en 1025. Con esta carta de presentación, no es de extrañar que Montserrat vaya a ser uno de los lugares visitados por el Papa León XIV durante su viaje apostólico a España.
Invisible para los romanos, pero no para la historia
A pesar de su prominencia visual, Montserrat no aparece en las crónicas romanas. Ni Plinio el Viejo ni Julio César mencionan el macizo en sus descripciones de Hispania, un silencio que ha alimentado durante siglos la fascinación por su origen. Los autores posteriores, especialmente en época romántica, intentaron llenar ese vacío con interpretaciones legendarias y nombres imaginarios. Sin embargo, ninguna de estas referencias tiene base documental.
La primera aparición histórica sólida llega en el año 888, cuando el conde Guifré el Pilós menciona en un documento la existencia de “Mont Serrat” y sus iglesias. Aquel texto sitúa la montaña dentro del contexto de la Marca Hispánica, la franja fronteriza del Imperio carolingio. A partir de ese momento, Montserrat empieza a integrarse en la organización religiosa del territorio. En 933, el conde Sunyer confirma la posesión de varias iglesias en la zona, consolidando su vinculación con el monasterio de Ripoll.
La comunidad benedictina recuerda ese origen como el inicio de una tradición espiritual ininterrumpida. Tal como explican los monjes, Montserrat es también “una montaña donde poder contemplar y encontrarse con Dios”, un espacio pensado para la vida contemplativa. Con el paso de los siglos, el entorno se fue llenando de ermitas como Santa Cecília, Sant Benet, Sant Joan o Sant Jeroni. Algunas han desaparecido, otras siguen en pie, pero todas forman parte de una red espiritual que se extiende por la montaña.
Sin embargo, el lugar no ha estado al margen de los grandes conflictos históricos. Durante la Guerra de la Independencia a inicios del siglo XIX, el monasterio fue profanado e incendiado dos veces por las tropas de Napoleón y la imagen de la Virgen fue trasladada a Barcelona para protegerla. Más tarde, las desamortizaciones y los cambios políticos provocaron nuevas interrupciones de la vida monástica, hasta que el culto fue restablecido en 1844. Ya en el siglo XX, la Guerra Civil española volvió a amenazar el patrimonio del monasterio. Tras el conflicto, la Moreneta recuperó su aspecto original románico, tras haber perdido los ornamentos que la habían acompañado durante siglos.
La Moreneta: fe popular y símbolo de identidad
En el centro de este lugar espiritual se encuentra la Virgen de Montserrat, la Moreneta, patrona de Cataluña. Se trata de una talla románica de madera del siglo XII cuyo color oscuro se debe al envejecimiento del barniz. La devoción popular ha convertido esta imagen en uno de los símbolos religiosos más importantes del territorio. La comunidad benedictina subraya que es una figura que atrae tanto a creyentes como a no creyentes, que sienten Montserrat “como su casa”, al estilo de lo que ocurre en México con la Vírgen de Guadalupe.
La tradición narra que la imagen fue encontrada en el siglo IX por unos niños pastores que vieron una luz en la montaña. Al intentar trasladarla, resultó imposible moverla, interpretándose como una señal de que debía permanecer allí. Este episodio dio origen a la construcción de la ermita de Santa María, origen del actual monasterio.
Un lugar de peregrinación y encuentro
Montserrat ha sido también un punto de referencia para figuras históricas y religiosas. San Ignacio de Loyola visitó la montaña, y aquella experiencia marcó profundamente su vida espiritual, convirtiéndose en un punto clave en su camino hacia la fundación de la Compañía de Jesús. Otros visitantes ilustres, como otro Papa, san Juan Pablo II, han pasado por el monasterio, que ha ejercido una atracción constante a lo largo del tiempo, tanto espiritual como cultural. Incluso figuras tan controvertidas como el nazi, mano derecha de Adolf Hitler, Heinrich Himmler, llegó a visitar el enclave en busca del Santo Grial, lo que da fe del simbolismo y misticismo que genera el lugar.
Con el paso del tiempo, Montserrat se ha consolidado como uno de los grandes símbolos de la identidad catalana. Es un espacio donde confluyen religión, cultura, historia y paisaje. La comunidad benedictina lo expresa como un lugar abierto, que acoge a todos sin distinción. En su visión, el monasterio es un punto de encuentro entre distintas sensibilidades, un espacio donde la fe se une a la identidad y la cultura.
La visita del Papa León XIV
En este contexto, la visita del Papa León XIV adquiere un fuerte valor simbólico. Tal y como expresan los monjes del lugar, será “un día de gozo y compartir nuestra fe con la Iglesia que peregrina a Cataluña”. Destacan además la conexión personal del Pontífice con Montserrat, ya que cuando estuvo en Perú fue párroco de la parroquia de Nuestra Señora de Montserrat en Trujillo, y habría visitado el monasterio de incógnito antes de ser elegido Papa.
Más allá de la historia, la fe o la cultura, Montserrat sigue siendo un lugar que interpela a quien lo visita. Un espacio donde el silencio, la roca y la espiritualidad parecen fundirse en una misma experiencia. Como escribió Goethe: “En ninguna parte encontrará el hombre la felicidad y la paz sino en su propia Montserrat”.
Llenazo en Madrid. Y «sold out» también en Barcelona. Del Santiago Bernabéu al Lluís Companys. Si en la capital española le corearon más de 70.000 personas, este martes cerca de 40.000 peregrinos le jalearon desde que hizo entrada en Papamóvil poco antes de las ocho de la tarde en el que fuera escenario de los Juegos Olímpicos del 92. León XIV tiene tirón también en Cataluña. De hecho, en apenas quince minutos se agotaron las entradas para asistir a la vigilia cuando se pusieron a disposición de los feligreses. El acto tuvo un acento marcadamente catalán a través de un grupo de «castellers» y del canto entonado con Sergio Dalma junto a la Escolanía de Montserrat.
Para arrancar la celebración, tomó la palabra el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella. Con el buen humor al que acostumbra, Omella presentó ante el Papa a la juventud y a la «juventud acumulada». A partir de ahí, y con las olimpiadas como referente, confió en que la nueva torre de Cristo de la basílica de la Sagrada Familia que bendecirá hoy el Pontífice se convierta en un «nuevo pebetero de esta ciudad olímpica que encienda la llamada de una nueva etapa capaz de transformar nuestras almas y nuestra vida para hacer de Barcelona una nueva ciudad de Dios, como la quería Gaudí». El cardenal remató su alocución con una invocación al Espíritu Santo, subrayando y agradeciendo al Papa que «entienda y comprenda nuestra lengua catalana».
Sus palabras fueron el punto de partida para establecer un diálogo del Pontífice con tres jóvenes, en la línea de la vigilia celebrada el sábado por la noche en el madrileño paseo de la Castellana. Ante las interrogantes planteadas, de nuevo, como hiciera por la mañana en la catedral, maridó el castellano y el catalán. Fue cuando se vivió uno de los momentos más emotivos de la noche.
Sobre el escenario del estadio se dio visibilidad a una de las plagas silenciada entre los adolescentes y los jóvenes: el suicidio. «Una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida», confesó Carmina emocionada. «Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad», añadió justo después, afrontando públicamente los efectos letales que puede provocar una depresión. El paso al frente de esta joven, que hoy es profesora, fue correspondido por los presentes con una ovación y la mirada emocionada de León XIV.
«Ante todo, gracias por compartir hoy tu experiencia de sufrimiento», expresó el Pontífice agustino. «Me conmueve que puedas hablar de ella, que estés aquí entre nosotros y que hayas encontrado la fuerza de acoger esta segunda posibilidad que el Señor te ha dado», añadió sobre las heridas en la salud mental. Lejos de dar un solución ‘‘milagrera’’, reivindicó que «se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes». Con esta premisa, no dudó en cuestionar «algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos y, por eso, el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados, confinados al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza».
Desde ahí, el Papa elevó una autocrítica eclesial más que significativa: «No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la ‘‘voluntad de Dios’’ o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas». Estas palabras ponen de manifiesto una preocupación que ya formuló Francisco y que también han secundado en estos últimos meses los obispos españoles sobre el riesgo de una religiosidad desencarnada y con tintes de falso misticismo. León XIV aclaró que «Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Recordemos lo que decía el Papa Francisco: con Dios, la vida renace siempre». O dicho de otra manera, León XIV llamó a afrontar de manera estas heridas.
No se quedó atrás el relato sobre la violencia de género que sufrió en primera persona Desireé: «De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas». El centro eclesial de menores de San José de la Montaña se convirtió en su familia y su rebeldía por el aparente silencio de Dios en los momentos más duros de su vida.
A la par, condenó «la violencia contra las mujeres, que a menudo desembocan lamentablemente también en feminicidios». «Esta realidad dramática estamos llamados a abordarla todos, sea personalmente, sea como sociedad», subrayó el Papa. Es más, remarcó que «no podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad».
«¿Debemos preguntarnos ‘‘dónde estaba Dios’’ o debemos interrogarnos sobre el hombre y sobre la humanidad, sobre cómo a veces somos prisioneros del mal hasta llegar a ser violentos con los demás, sobre cómo no logramos cultivar el amor y respetar a los demás en su dignidad y libertad?», expuso el Pontífice.
Y se respondió: «Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios».
Como hiciera al abordar el suicidio, el Papa también llevó a cabo un tirón de orejas a la propia Iglesia: «El mismo Evangelio, si lo leemos como un libro de indicaciones, de mandamientos y de deberes, corre el riesgo de causarnos mucho desánimo y frustración». «Jesús nos invita al perdón», comentó, proponiendo «itinerarios de acompañamiento y reconciliación interior».
A la luz del testimonio de un joven que se ha bautizado recientemente, León XIV criticó «la idolatría del beneficio y del rendimiento», así como «el culto a la propia imagen» que contagia a la sociedad.
Florentino Pérez ha cumplido la promesa que hizo en la campaña electoral y el Real Madrid ha anunciado que ha ofrecido 150 millones de euros al Atlético por Julián Álvarez. Pero la entidad rojiblanca le ha remitido a su cláusula.
El precio que pone el Atlético
El presidente blanco había reservado durante semanas la identidad del jugador al que destinaba esa cifra, y las quinielas corrieron libres. Michael Olise sonó con fuerza, también centrocampistas de primer nivel europeo, y Florentino descartó públicamente a Erling Haaland. Al final, el nombre fue Julián Álvarez, y la oferta formal llegó al Atlético de Madrid con 150 millones encima de la mesa. La respuesta colchonera fue educada en las formas y rotunda en el fondo: el jugador tiene una cláusula de rescisión de 500 millones y por ahí pasa cualquier conversación real.
Esta postura convierte la operación en uno de los frentes más espinosos del mercado estival. Julián Álvarez es pieza esencial en el proyecto de Simeone, vive el mejor momento de su carrera y su rendimiento lo sitúa entre los atacantes más cotizados del planeta, lo que encaja a la perfección con la reconstrucción deportiva que José Mourinho quiere levantar en el Bernabéu tras dos temporadas en las que el Real Madrid quedó por debajo de sus propias exigencias. Que el Atlético lo blinde con esa cláusula no cierra toda negociación futura, pero deja meridianamente claro que las cifras deberían multiplicarse para abrir cualquier diálogo.
El Barcelona, interesado
Lo que complica aún más el escenario es que el Real Madrid llega tarde a una carrera que el Barcelona lleva semanas disputando. El club culé ha cortejado al delantero argentino con insistencia, y Álvarez no ha salido a desmentir ese interés con la contundencia que lo habría zanjado. La irrupción madridista con 150 millones obliga ahora al Barcelona a revisar sus números si quiere mantenerse como opción competitiva. Hace mucho tiempo que los dos grandes del fútbol español no convergían con tanta claridad en la disputa por un mismo jugador, y eso eleva el morbo y la trascendencia de esta operación a otro nivel.
El Atlético de Madrid, por su parte, afronta el dilema con una firmeza que ya mostró antes. Respondió al Barcelona con mensajes demoledores en redes sociales, y ahora ha plantado cara a la propuesta económica del Madrid con igual determinación. La razón de fondo es comprensible: traspasar a Julián Álvarez dejaría al equipo sin ninguna referencia ofensiva de primer orden, porque Antoine Griezmann tampoco seguirá. Perder a los dos grandes puntales del ataque en el mismo verano, después de una temporada en que el éxito estuvo al alcance de la mano sin terminar de llegar, sería un golpe difícil de encajar para la afición rojiblanca. A eso se suma que este es el primer mercado bajo la nueva propiedad del club, y la dirección que tomará su política de fichajes y ventas todavía no está del todo definida, lo que añade una capa extra de incertidumbre a cada movimiento.
El Real Madrid, con otros refuerzos
En la orilla blanca, Mourinho aguarda refuerzos con nombre y apellido. Ibrahima Konaté y Denzel Dumfries tienen sus incorporaciones prácticamente encarriladas y el anuncio oficial es cuestión de horas. Son movimientos que ya estaban avanzados antes de que Florentino lanzara el gran órdago del verano, y sirven para entender que el Madrid llega a este mercado con intención de construir un proyecto serio, con varios frentes abiertos al mismo tiempo. La oferta por Álvarez es el primer gran gesto declarado del presidente, aunque el camino entre el primer movimiento y el fichaje cerrado es todavía muy largo.
El verano tiene margen suficiente para que la situación evolucione de formas que hoy resultan difíciles de prever, y el fútbol ha demostrado en demasiadas ocasiones que los traspasos imposibles del mes de junio se firman en agosto. Lo que parece fuera de duda es que la continuidad o la marcha de Julián Álvarez del Atlético de Madrid marcará el ritmo y el tono de todo este mercado estival, y que los tres grandes clubes implicados tendrán que tomar decisiones que definirán sus próximas temporadas.
La visita del Papa León XIV a Barcelona ha arrancado este martes con una imagen cargada de simbolismo y cercanía. Tras aterrizar en la capital catalana, el Pontífice se ha dirigido directamente a la Catedral de Barcelona, donde ha presidido el rezo de la Hora Sexta junto a obispos, sacerdotes, religiosos y representantes de la Iglesia catalana.
En su primera intervención en la ciudad, León XIV ha querido lanzar un mensaje de concordia en un momento marcado por los conflictos internacionales y la creciente polarización social. Desde el interior del templo, el Papa ha insistido en la necesidad de que los cristianos sean "constructores de unidad" en un mundo que ha descrito como "desgarrado por guerras y divisiones".
El Pontífice también ha tenido palabras de reconocimiento hacia la historia cristiana de Cataluña y ha animado a los fieles a vivir su fe con esperanza, destacando el papel de la Iglesia como instrumento de reconciliación y encuentro entre las personas. Además, parte de su discurso ha sido en catalán.
Saludo improvisado a miles de fieles
Sin embargo, uno de los momentos más llamativos de la jornada se ha producido al finalizar el acto religioso. Antes de trasladarse al Palau Episcopal para mantener diversos encuentros institucionales, León XIV ha decidido acercarse a los miles de personas que abarrotaban la plaza de la Catedral desde primeras horas de la mañana.
Apareciendo por sorpresa ante los fieles, el Papa ha sido recibido con una larga ovación y gritos de entusiasmo. Visiblemente agradecido por la acogida, ha comenzado su intervención con unas palabras en catalán:
"Bon dia i bona hora! Germans i germanes" ("¡Buenos días! Hermanas y hermanos").
A continuación, ha agradecido la presencia de los asistentes:
"Una alegría. Un saludo a todos ustedes, todos vosotros. Gracias por estar aquí, la paciencia. Gracias por la alegría"
Mientras la multitud respondía con aplausos y vítores, León XIV ha concluido con un mensaje centrado en la unidad de los cristianos:
Y ha acabado diciéndoles: "Que celebremos todos la fe en Cristo, Jesucristo, que nos ha llamado a vivir como un solo pueblo unidos en la fe".
Fue entonces cuando se produjo una escena curiosa. El Papa se disponía a finalizar su saludo con un sencillo "Dios bendiga a todos". Sin embargo, mientras pronunciaba esas palabras, se pudo observar cómo el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, le susurraba algo al oído.
León XIV acto seguido añadió una expresión que provocó una nueva ovación entre los presentes: "Adéu-siau!"
La respuesta de los fieles fue inmediata. La plaza estalló en aplausos y muchos comenzaron a corear "¡Bendición, bendición!", mientras el Pontífice se despedía caminando junto al cardenal Omella por la calle Pietat en dirección al Palau Episcopal.
¿Qué significa "Adéu-siau"?
Aunque hoy no es una fórmula habitual en el habla cotidiana, "Adéu-siau" es una expresión tradicional catalana utilizada para despedirse.
Su origen se encuentra en la contracción de la fórmula antigua "A Déu siau", que literalmente puede traducirse como "quedad con Dios" o "estad con Dios". Durante siglos fue una de las despedidas más comunes en Cataluña y conserva un marcado carácter afectuoso y tradicional.
En la actualidad, la forma más habitual es simplemente "adéu", pero "adéu-siau" mantiene un sabor histórico y popular que evoca la Cataluña de otras épocas. Precisamente por ello, el gesto del Papa fue interpretado por muchos asistentes como una muestra de respeto hacia la lengua y las tradiciones catalanas.