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Un proyecto del CSIC permite que las personas ciegas experimenten eclipses

Cuando pensamos en un eclipse solar solemos imaginar una experiencia profundamente visual. El Sol oscureciéndose poco a poco. La aparición de la corona solar. El cielo adquiriendo colores imposibles durante unos minutos que parecen suspendidos fuera del tiempo. Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿Cómo experimenta un eclipse una persona ciega?

La respuesta es más fascinante de lo que parece. Porque un eclipse no solo puede verse. También puede escucharse, sentirse e incluso compartirse de formas que desafían nuestra idea tradicional de la observación astronómica. Y eso es precisamente lo que persigue el proyecto Eclipse Inclusivo: Un eclipse, muchas formas de vivirlo, impulsado por el Instituto de Ciencias del Espacio (ICE-CSIC) con financiación de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), con motivo del eclipse total de Sol que atravesará España el próximo 12 de agosto de 2026.

Vamos desde el principio. Los eclipses han fascinado a la humanidad desde hace miles de años. Son fenómenos relativamente raros porque requieren una alineación casi perfecta entre el Sol, la Luna y la Tierra. Durante unos minutos, nuestro satélite bloquea la luz solar y transforma el paisaje de una forma difícil de describir. Las temperaturas pueden descender varios grados, las aves dejarán de cantar y algunos animales regresarán a sus refugios nocturnos. Sin embargo, buena parte de las actividades de divulgación relacionadas con la astronomía han estado tradicionalmente orientadas a personas sin dificultades visuales. Telescopios, fotografías y observaciones públicas son herramientas extraordinarias, pero no siempre accesibles para todos los públicos.

El eclipse de 2026 ofrece una oportunidad para cambiar esa situación: escuchar al eclipse. Uno de los elementos más llamativos del proyecto es un dispositivo llamado LightSound. A primera vista parece un aparato sencillo, pero su funcionamiento resulta casi poético. El dispositivo utiliza un sensor que mide continuamente la intensidad de la luz y esa información se transforma instantáneamente en sonidos. Cuando la luz es intensa, el tono es más agudo y frecuente, cuando disminuye, el sonido cambia.

A medida que la Luna avanza delante del Sol durante el eclipse, la luz ambiental se reduce progresivamente y el paisaje sonoro generado por el dispositivo también se transforma. Gracias a ello, por primera vez, una persona podrá "escuchar" cómo el Sol desaparece. La idea detrás de LightSound se basa en un concepto conocido como sonificación. Los científicos llevan años transformando datos complejos en sonidos para analizarlos de formas alternativas. Se han convertido en música las vibraciones de estrellas, las ondas gravitacionales producidas por colisiones de agujeros negros e incluso las emisiones de radio procedentes de planetas y galaxias.

En este caso, lo que se convierte en sonido es la propia variación de la luz solar. El resultado no es una grabación artificial ni una narración. Es una traducción directa de lo que está ocurriendo en el cielo. Gracias a ello, quien utiliza el dispositivo puede percibir en tiempo real cómo evoluciona el eclipse.

Paradójicamente, incluso quienes ven perfectamente pueden descubrir aspectos nuevos del eclipse mediante estas herramientas. La disminución de la luz suele producirse de forma tan gradual que nuestro cerebro apenas la percibe hasta fases avanzadas del fenómeno. Un dispositivo sonoro permite seguir esos cambios con mucha más precisión. Además, un eclipse total no solo se observa con los ojos.

Durante la totalidad, el ambiente cambia, la temperatura desciende, el sonido de la naturaleza se modifica… Y todas esas experiencias pueden compartirse independientemente de la capacidad visual de cada observador. “Estos dispositivos ya han demostrado su eficacia en eclipses solares anteriores en Estados Unidos (2017, 2024), Chile y Argentina (2019-2020) – señalan desde LightSound -. Gracias a ellos numerosas personas con discapacidad visual pudieron percibir y disfrutar este fenómeno astronómico, transformando la observación tradicional en una experiencia multisensorial”.

© LightSound

Así es el dispositivo LightSound, parte del proyecto Astronomía Inclusiva
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Cuando un día en la Tierra duraba solo cuatro horas

Hoy damos por sentado que un día dura 24 horas. Organizamos el trabajo, las comidas, el sueño y buena parte de nuestra vida alrededor de ese ciclo. Pero durante la mayor parte de la historia del planeta no fue así. Si la historia completa de la Tierra se comprimiera en un año, los días de 24 horas no ocuparían ni siquiera una semana. Durante la inmensa mayoría del calendario, nuestro planeta giró más deprisa que actualmente. El Sol salía y se ponía seis veces durante lo que hoy llamamos un día. Una época en la que el amanecer llegaba cada pocas horas y la Tierra giraba tan rápido que completar una vuelta sobre sí misma apenas le llevaba cuatro horas.

Eso quiere decir que, si la Tierra siguiera girando con días de cuatro horas, un año seguiría durando prácticamente lo mismo, pero tendría unas 2.190 salidas de Sol en lugar de las 365 actuales. Por lo tanto, un niño de diez años habría visto más amaneceres que una persona de sesenta años en nuestro mundo. La historia comienza hace unos 4.500 millones de años. Por entonces, la Tierra acababa de sobrevivir a una colisión gigantesca con un cuerpo del tamaño aproximado de Marte. De aquel impacto surgiría la Luna. La violencia del choque dejó a la joven Tierra girando a una velocidad vertiginosa.

Para imaginarlo basta pensar que el planeta actual gira a unos 1.670 kilómetros por hora en el ecuador. Aquella Tierra primitiva rotaba aproximadamente seis veces más rápido. Pero, si la Tierra giraba tan deprisa, ¿por qué hoy los días duran 24 horas? La responsable principal es la Luna. Nuestro satélite no solo ilumina las noches y provoca las mareas. También actúa como un gigantesco freno gravitatorio.

Las mareas generan rozamientos en los océanos. Ese rozamiento roba una pequeña cantidad de energía a la rotación terrestre y la transfiere a la órbita lunar. Como consecuencia, la Tierra gira cada vez más despacio y la Luna se aleja lentamente de nosotros. El proceso es extremadamente lento. Actualmente la duración del día aumenta apenas unos milisegundos por siglo.

Pero durante miles de millones de años esos pequeños cambios se acumulan. Los científicos han reconstruido parcialmente esta historia gracias a fósiles, corales antiguos, conchas marinas y modelos astronómicos. Cuando aparecieron las primeras formas de vida hace unos 3.500 millones de años, los días duraban alrededor de 12 horas. Para cuando surgió la fotosíntesis, la duración había aumentado hasta unas 18 horas. Hace unos 1.700 millones de años rondaba las 21 horas. La vida multicelular apareció cuando el día ya se acercaba a las 23 horas.

Y ahora viene la pregunta clave: ¿cómo afectaría nuestra vida si la Tierra girara seis veces más rápido? Sorprendentemente, no de la forma que suele imaginarse. Muchas personas piensan que sentiríamos un viento constante o una especie de empuje hacia atrás. No ocurriría así.

Igual que no sentimos los 107.000 kilómetros por hora a los que la Tierra viaja alrededor del Sol, tampoco percibimos directamente la rotación porque nosotros, la atmósfera y los océanos nos movemos junto al planeta. Sin embargo, los efectos sí serían enormes: en el ecuador, la fuerza centrífuga sería mucho más intensa. Nuestro peso disminuiría ligeramente. Los océanos tenderían a acumularse más cerca del ecuador y la forma de la Tierra sería aún más achatada. Los patrones atmosféricos serían radicalmente distintos.

Lo que sí notaríamos inmediatamente sería el ritmo del cielo. El Sol saldría a las seis de la mañana, dos horas después ya sería mediodía. Otras dos horas más tarde llega la noche, de unas dos o tres horas apenas. Este ciclo completo de luz y oscuridad se repetiría seis veces en el tiempo que hoy tarda en transcurrir un día. Nuestros relojes biológicos tendrían un problema considerable. Los ritmos circadianos humanos están adaptados a ciclos cercanos a las 24 horas. De hecho, aun si se elimina cualquier referencia externa, nuestro reloj interno suele oscilar alrededor de ese valor.

Un planeta con días de cuatro horas obligaría a la evolución a encontrar otras estrategias. Quizá los organismos ignorarían el ciclo solar y desarrollarían relojes biológicos propios. Quizá dormirían varias veces durante cada rotación. Quizá la alternancia entre día y noche tendría mucha menos importancia ecológica. La vida encontraría una solución, pero difícilmente sería el mismo planeta: la fotosíntesis, la apertura de estomas, el crecimiento y la floración dependen de relojes internos ajustados a aproximadamente 24 horas. Con días de cuatro horas muchas plantas modernas simplemente no funcionarían.

Pero no solo cambiaría la biología. Una Tierra que gira seis veces más rápido tendría una dinámica atmosférica diferente: la fuerza de Coriolis (el fenómeno responsable de la dirección de los vientos, las corrientes marinas y el sentido de giro de los huracanes) sería mucho más intensa. Así, los patrones de viento cambiarían, las corrientes oceánicas serían distintas y las temperaturas diurnas y nocturnas fluctuarían menos porque el suelo tendría menos tiempo para calentarse o enfriarse. La evolución acabaría respondiendo a un mundo completamente diferente.

La duración del día es “simplemente” el resultado de una larga negociación gravitatoria entre la Tierra y la Luna. Durante miles de millones de años nuestro planeta ha ido reduciendo lentamente su velocidad de giro, como una peonza que pierde impulso. Los humanos hemos aparecido justo en un instante muy concreto de esa historia, somos (como nos concebimos ahora mismo), un accidente provocado por la Luna.

© NASA

La fotosíntesis en el planeta se vería muy comprometida
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Científicos observan algo más rápido que la luz

Durante más de un siglo, la velocidad de la luz ha ocupado un lugar casi sagrado en la física, era una constante que ordenaba muchas relaciones entre materia y tiempo. Nada puede viajar más rápido que ella. Ni una nave espacial, ni una señal de radio, ni una partícula cargada de energía. Esa fue una de las conclusiones más famosas de Albert Einstein.

Básicamente esto se debe a que, a medida que un objeto se acelera, su masa relativa aumenta y requiere cada vez más energía. Así, para llegar a la velocidad de la luz, se necesitaría una cantidad infinita de energía, lo cual es físicamente imposible. Esto se debe a la famosa teoría de la relatividad de Einstein que afirma que la energía que usas para mover un objeto se convierte parcialmente en masa. Esto no quiere decir que el objeto aumenta de tamaño o que el número de sus átomos cambia, solo varia su masa relativista, su inercia.

Hasta hoy ninguna observación ha conseguido refutarla. O quizás habría que hablar en pasado: un equipo de científicos, liderados por Ido Kaminer, han observado algo que parece moverse más rápido que la luz. No se trata de una nueva partícula, ni de un fenómeno cuántico exótico. Se trata justo del opuesto: la oscuridad o más precisamente vórtices de vacío.

Los autores del estudio, publicado en Nature, lo explican con una analogía: Para entender cómo la oscuridad adelanta a la luz, imagina un río caudaloso, el agua que fluye representa la onda de luz, pero en el medio del cauce hay un remolino y este se desplaza más rápido que el caudal del río”.

¿Cómo es posible? Einstein estableció que la velocidad de la luz en el vacío es el límite máximo de velocidad, sin embargo, la relatividad aplica esta restricción específicamente a la materia con masa y a las señales que transmiten energía o información. Los vórtices observados por el equipo de Kaminer no tienen masa y no transportan energía ni información, lo que significa que, técnicamente, no violan el principio de Einstein.

Entonces, ¿qué son exactamente estas entidades? El estudio señala que estos vórtices de luz son “puntos cero” o “nulos” dentro de las ondas de luz: lugares donde la amplitud de la onda se reduce a cero. En términos más sencillos, son puntos de oscuridad total incrustados en el campo de luz. Por extraño que suene.

Para observar este fenómeno el equipo de Kaminer construyó un sistema de microscopía único capaz de capturar incluso los fenómenos más rápidos y pequeños. Al integrar un sistema láser con una configuración optomecánica avanzada en un microscopio electrónico especializado, lograron una resolución temporal y espacial sin precedentes.

“Creemos que estas innovadoras técnicas de microscopía permitirán estudiar procesos ocultos en física, química y biología, revelando por primera vez cómo se comporta la naturaleza en sus momentos más rápidos y esquivos”, concluye Kaminer en un comunicado. Este avance no demuestra que Einstein estuviera equivocado sino algo más interesante: más de un siglo después, sus ideas siguen desafiándonos a hacernos nuevas preguntas.

© Tomer Bucher

Los vórtices de oscuridad detectados por los científicos
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¿Qué pasaría si la Tierra fuera realmente plana?

La pregunta parece sencilla. Después de todo, vivimos sobre una superficie que, a escala humana, parece bastante plana. Cuando miramos el horizonte desde una playa o una montaña, no percibimos ninguna curvatura evidente. Durante milenios, nuestros antepasados vieron el mundo exactamente igual.

Pero imaginemos por un momento que la Tierra fuera realmente plana. No una esfera enorme sobre la que vivimos, sino un gigantesco disco cósmico, como los que aparecen en algunos mapas medievales o en ciertas representaciones modernas del terraplanismo. ¿Qué ocurriría? La respuesta es sorprendente: prácticamente todo lo que conocemos dejaría de funcionar. El primer problema sería la gravedad

La Tierra es esférica por la misma razón que una gota de agua suspendida en el espacio también lo es. La gravedad tira de toda la materia hacia un centro común. Cuando un objeto acumula suficiente masa, la forma más estable que puede adoptar es una esfera.

Por eso los planetas son redondos. También las estrellas. Incluso muchas lunas. Si la Tierra fuera un disco gigantesco, la gravedad no apuntaría hacia abajo como lo hace ahora. En el centro del disco, una persona apenas notaría la diferencia. Pero cuanto más cerca estuviera de los bordes, más inclinada sería la dirección de la gravedad. En algunas regiones, las personas sentirían una fuerza que las arrastraría constantemente hacia el centro y nos inclinaríamos hacia el centro como si un viento invisible nos empujara en esa dirección.

Los océanos experimentarían exactamente el mismo problema. El agua fluiría hacia la zona central del planeta, formando un océano gigantesco y dejando enormes extensiones periféricas prácticamente secas.

“En las profundidades de la Tierra, el núcleo sólido genera el campo magnético del planeta – explica Doug Main, geólogo de la Universidad de Columbia -. Pero en un planeta plano, esto tendría que ser reemplazado por otra cosa. Quizás una lámina plana de metal líquido. Sin embargo, esta no rotaría de forma que creara un campo magnético. Sin un campo magnético, las partículas cargadas provenientes del Sol freirían el planeta. Podrían arrebatar la atmósfera, como sucedió después de que Marte perdiera su campo magnético, y el aire y los océanos escaparían al espacio”.

La presión generada por una masa planetaria es inmensa. La Tierra contiene aproximadamente seis mil billones de billones de toneladas de materia. Esa masa comprime constantemente las capas internas. Si intentáramos aplastar el planeta hasta convertirlo en un disco, las tensiones serían tan enormes que las rocas comenzarían a deformarse. Los materiales del interior tenderían a desplazarse y la estructura acabaría colapsando. En términos geológicos, una Tierra plana sería una configuración extraordinariamente inestable con movimientos constantes para buscar el equilibrio ya que la gravedad intentaría reconstruir una esfera.

Supongamos que ignoramos todos esos problemas y que, por algún milagro cósmico, el disco permanece estable. Aparece entonces una nueva dificultad. ¿Cómo produciríamos el día y la noche?

En una Tierra esférica la respuesta es sencilla: el planeta gira sobre sí mismo. Mientras una mitad queda iluminada por el Sol, la otra permanece en la oscuridad. Pero sobre una superficie plana la situación se complica. Si el Sol iluminara todo el disco desde arriba, nunca existiría la noche. Si se desplazara sobre el disco, surgirían problemas enormes para explicar por qué el tamaño aparente del Sol apenas cambia a lo largo del día o por qué las estrellas visibles son distintas en los hemisferios norte y sur.

Las estaciones son consecuencia de la inclinación del eje terrestre. Cuando el hemisferio norte apunta hacia el Sol, recibe más luz y disfruta del verano. Simultáneamente, el hemisferio sur experimenta el invierno. Este mecanismo explica por qué las estaciones son opuestas en ambos hemisferios. En una Tierra plana sería extremadamente difícil reproducir este comportamiento. Millones de observaciones astronómicas realizadas durante siglos encajan perfectamente con un planeta esférico inclinado. Reproducirlas sobre una superficie plana requeriría un sistema mucho más complejo.

La forma de la Tierra también determina cómo se distribuye la energía solar. Como la superficie es curva, los rayos solares llegan con distinta inclinación según la latitud. Cerca del ecuador la energía se concentra. Cerca de los polos se reparte sobre áreas mayores. Esa diferencia impulsa la circulación atmosférica, las corrientes oceánicas y gran parte del clima global. En una Tierra plana estos patrones cambiarían radicalmente. Es posible que algunas regiones se calentaran de forma extrema mientras otras permanecieran permanentemente frías. Los sistemas meteorológicos que conocemos serían completamente diferentes.

Uno de los problemas más difíciles para una Tierra plana aparece cuando levantamos la vista. Desde España es imposible observar ciertas constelaciones visibles desde Australia. Del mismo modo, los habitantes de Argentina nunca ven la Estrella Polar. La explicación es sencilla: vivimos sobre una esfera y cada observador contempla una porción distinta del cielo. Si la Tierra fuera plana, todos deberíamos ver prácticamente las mismas estrellas. Sin embargo, no es lo que ocurre.

Los eclipses constituyen otra prueba fascinante. Desde hace más de dos mil años sabemos que durante un eclipse lunar la sombra proyectada por la Tierra sobre la Luna es siempre circular. Da igual la época del año o la posición relativa de los astros. Una sombra permanentemente circular es exactamente lo que produce una esfera. Un disco solo proyectaría una sombra circular en algunas orientaciones muy concretas.

Luego están los satélites: dejarían de funcionar. Los sistemas GPS, las comunicaciones globales, las previsiones meteorológicas y buena parte de internet dependen de ellos. Sus trayectorias se calculan utilizando las leyes gravitatorias aplicadas a una Tierra esférica. Si el planeta fuera plano, las órbitas observadas simplemente no existirían tal como las conocemos.

La pregunta de si la Tierra podría ser plana nos obliga a reconocer hasta qué punto la forma del planeta condiciona nuestra existencia. La forma esférica de la Tierra determina la gravedad que sentimos, la existencia de océanos estables, la circulación atmosférica, las estaciones, los eclipses, la navegación, los satélites y hasta las constelaciones que vemos por la noche.

© JS/Google

El planeta no experimentaría el ciclo día/noche, por ejemplo
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Descubren la mayor infraestructura biológica del planeta: abarca mil millones de veces la distancia que nos separa del Sol

Los hongos llevan más de mil millones de años reinventando las reglas de la vida. No son animales, pero tampoco plantas. Fueron de los primeros organismos en ayudar a transformar la roca desnuda en suelo fértil. Son capaces de reproducirse mediante miles de millones de esporas invisibles que viajan por el aire, el agua e incluso las corrientes atmosféricas entre continentes. Algunos sobreviven en reactores nucleares, en desiertos, en las profundidades oceánicas o bajo el hielo antártico. Se calcula que existen entre 2 y 4 millones de especies de hongos, pero apenas hemos descrito alrededor de 150.000. Si pudiéramos extraer todos los filamentos microscópicos de hongos que se esconden bajo nuestros pies y colocarlos uno detrás de otro, obtendríamos una estructura tan inmensa que desafiaría cualquier comparación imaginable.

Según un estudio publicado en Science, los suelos de la Tierra contienen aproximadamente 110 cuatrillones de kilómetros de redes micológicas subterráneas. La cifra es tan enorme que equivale a casi mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Es una de las infraestructuras biológicas más extensas jamás descritas. Y lo más sorprendente es que la mayoría de ella permanece invisible.

“Es difícil exagerar la importancia y la magnitud de estos hongos - afirma Justin Stewart, autor principal del estudio e investigador de la organización Society for the Protection of Underground Networks (Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas, SPUN) y líder del estudio -. Puede haber hasta diez metros de red micológica en una sola cucharadita de suelo”.

Los protagonistas de esta historia son los hongos micorrícicos arbusculares, organismos que llevan cientos de millones de años formando alianzas con las plantas. Más del 80 % de las especies vegetales terrestres mantienen relaciones simbióticas con ellos. El acuerdo es sencillo. Las plantas producen azúcares mediante la fotosíntesis y entregan parte de ese carbono a los hongos. A cambio, los hongos utilizan sus finísimos filamentos, las hifas, para explorar el suelo y suministrar agua, fósforo, nitrógeno y otros nutrientes esenciales.

La relación es tan eficiente que una planta puede aumentar hasta cien veces la superficie efectiva de exploración de sus raíces gracias a estos socios invisibles. Por eso algunos científicos describen estas redes como una especie de sistema circulatorio planetario. No transportan sangre, pero sí carbono, agua y nutrientes entre los organismos que sostienen gran parte de la vida terrestre.

Solo había un problema: hasta ahora nadie había logrado estimar la distribución global de estas redes. Para hacerlo, el equipo de Stewart reunió datos procedentes de más de 16.000 muestras de suelo recogidas en ecosistemas de todo el planeta. Después emplearon algoritmos de aprendizaje automático para extrapolar la densidad de las redes en regiones donde no existían mediciones directas.

El trabajo se complementó con más de 300.000 imágenes de hifas cultivadas en laboratorio y analizadas mediante sistemas robóticos de alta precisión. El resultado es el primer mapa global de la infraestructura fúngica del planeta. Y está disponible en internet. Las cifras son asombrosas: las redes contienen alrededor de 300 millones de toneladas de carbono, entre cuatro y seis veces más que toda la masa de carbono presente en los aproximadamente ocho mil millones de seres humanos que habitan la Tierra.

Pero más allá de su tamaño, el estudio revela otro dato crucial. Cada año estas redes ayudan a transferir hacia el suelo alrededor de 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. La cifra representa aproximadamente un 11 % de todas las emisiones anuales generadas por las actividades humanas. No significa que los hongos eliminen por sí solos el cambio climático. Pero sí demuestra que desempeñan un papel fundamental en uno de los procesos más importantes del planeta: el almacenamiento natural de carbono.

“Estamos empezando a revelar lo que durante mucho tiempo permaneció oculto bajo nuestros pies – añade Corentin Bisot, coautor del estudio -. Estamos aprendiendo cómo los complejos cuerpos de estos hongos transportan nutrientes y ayudan a regular el clima".

Uno de los descubrimientos más inesperados tiene que ver con la localización de estas redes. El equipo de Stewart descubrió que cerca del 40 % de toda la infraestructura micorrícica del planeta se concentra en ecosistemas de pradera. Algunas de las mayores densidades aparecen en los humedales inundados de Sudán del Sur, los Everglades de Florida y la meseta tibetana.

El hallazgo resulta especialmente relevante porque las praderas figuran entre los ecosistemas menos protegidos del mundo y están desapareciendo a una velocidad cuatro veces superior a la de los bosques debido a su transformación en tierras agrícolas. El estudio también detectó una señal preocupante. Las grandes áreas agrícolas presentan densidades micorrícicas aproximadamente un 50 % inferiores a las observadas en ecosistemas naturales.

Los autores subrayan que todavía es necesario investigar qué prácticas agrícolas concretas son responsables de esta diferencia. Sin embargo, existe preocupación porque unas redes menos densas podrían reducir la capacidad de los suelos para almacenar carbono, reciclar nutrientes y resistir situaciones de estrés ambiental. Pero quizá la conclusión más fascinante sea que este inmenso sistema llevaba todo el tiempo bajo nuestros pies. Mientras la humanidad cartografiaba océanos, exploraba montañas y enviaba sondas al espacio, una de las mayores infraestructuras biológicas del planeta permanecía prácticamente invisible.

“Los hongos micorrícicos han moldeado la vida en la Tierra durante cientos de millones de años, pero aún comprendemos muy poco sobre cómo se distribuye la infraestructura de estos sistemas de transporte vivos en todo el planeta” afirma el biólogo Merlin Sheldrake, coautor del estudio.

El nuevo mapa no representa el final de la exploración, sino el comienzo. El equipo de Stewart identificó amplias regiones del planeta donde todavía no existen suficientes datos para comprender cómo funcionan estas redes. Porque, aunque parezca sorprendente, conocemos mejor la superficie de Marte que algunos de los ecosistemas que se encuentran apenas unos centímetros bajo nuestros pies.

© SPUN

Densidad de los hongos en España, una de las mayores del planeta

© Tomás Munita

El equipo de Stewart recogiendo muestras en el Himalaya
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Descubren el mayor cementerio de ballenas del planeta

A casi siete kilómetros bajo la superficie del océano Índico existe un lugar que parece sacado de una novela de Julio Verne. Allí, en una remota fractura submarina situada entre Australia y la Antártida, los científicos han descubierto el mayor, más profundo y más antiguo cementerio de ballenas conocido. El hallazgo incluye cerca de 500 restos de cetáceos distribuidos a lo largo de más de 1.200 kilómetros de fondo oceánico, algunos de ellos con una antigüedad superior a los cinco millones de años. El descubrimiento, publicado en Nature, ofrece una ventana única a la evolución de las ballenas y a uno de los ecosistemas más extraños del planeta: los llamados whale falls, o "caídas de ballena", comunidades biológicas que surgen cuando el cadáver de un cetáceo se hunde hasta el fondo marino.

Pero comencemos por el principio. El fondo abisal suele ser un lugar extraordinariamente pobre en nutrientes. A varios miles de metros de profundidad apenas llega alimento desde la superficie. Por ello, cuando una ballena muere y su cuerpo se hunde, ocurre algo parecido a la caída de un árbol gigante en medio de un desierto: los restos se convierten en una enorme fuente de energía.

Los primeros en llegar son carroñeros como peces y crustáceos. Después entran en escena bacterias especializadas capaces de aprovechar los compuestos liberados por los huesos en descomposición. Finalmente aparecen organismos extremadamente especializados, entre ellos gusanos perforadores de huesos del género Osedax, estrellas frágiles y moluscos que viven gracias a bacterias quimiosintéticas. Una sola carcasa puede alimentar ecosistemas completos durante décadas.

Los autores del estudio, liderados por Xiaotong Peng, exploraron la llamada Zona Diamantina, una gigantesca fractura submarina del sureste del océano Índico que alcanza profundidades de entre 4.600 y 7.000 metros. Tras decenas de inmersiones detectaron 476 fósiles de cetáceos y cinco comunidades activas asociadas a cadáveres relativamente recientes. Nunca se había documentado una concentración semejante. Eso ha hecho que el hallazgo rompa además varios récords.

No solo se trata del mayor cementerio de ballenas conocido, sino también del más profundo. Hasta ahora, las comunidades activas de "caídas de ballena" se habían observado a profundidades considerablemente menores. En esta ocasión, algunas aparecieron cerca de los 6.800 metros bajo la superficie. Pero uno de los aspectos más sorprendentes del descubrimiento es su antigüedad. Las dataciones indican que los restos más antiguos tienen al menos 5,3 millones de años. Esto significa que la zona ha estado acumulando cadáveres de cetáceos desde antes de que aparecieran los primeros ancestros humanos.

Para ponerlo en perspectiva, cuando algunas de estas ballenas murieron, el Mediterráneo acababa de llenarse nuevamente de agua tras la llamada Crisis de Salinidad Mesiniense y nuestros antepasados apenas comenzaban a caminar sobre sus dos patas traseras por África. Los científicos describen el lugar como una auténtica "necrópolis" marina: un archivo natural que conserva millones de años de historia evolutiva. Y la pregunta es lógica: ¿por qué se acumularon tantas ballenas allí?

La explicación más probable para el equipo de Peng combina biología, geología y pura física. La Zona Diamantina tiene forma de enorme valle en V. Los autore creen que esta topografía actúa como una especie de embudo capaz de concentrar cadáveres procedentes de una amplia región oceánica. Una vez allí, las condiciones ambientales favorecen una conservación excepcional.

Además, muchos de los fósiles pertenecen a zifios o ballenas picudas, un grupo famoso por realizar algunas de las inmersiones más profundas del reino animal. Estos cetáceos pueden descender varios kilómetros en busca de calamares y peces de aguas profundas. Sus huesos son extraordinariamente densos, lo que aumenta las probabilidades de preservación durante millones de años. La combinación de huesos muy compactos, bajas tasas de sedimentación, temperaturas extremadamente frías y la acumulación de minerales sobre los restos parece haber convertido el lugar en una cápsula del tiempo submarina.

Pero, por si esto fuera poco, hay más. Entre los fósiles recuperados, el equipo de Peng identificó una especie extinta de zifio que no había sido descrita anteriormente. La bautizaron Pterocetus diamantinae, en honor a la propia Zona Diamantina donde fue encontrada. Su descubrimiento demuestra que este gigantesco depósito de fósiles todavía puede esconder numerosas especies desconocidas para la ciencia.

Esto convierte al “cementerior sumergido” en, simultáneamente, un museo y un laboratorio vivo. Mientras algunos esqueletos llevan millones de años fosilizándose, otros siguen alimentando ecosistemas activos repletos de organismos especializados. Es como si los paleontólogos hubieran encontrado un bosque donde convivieran árboles petrificados del Mioceno junto a árboles vivos creciendo sobre el mismo terreno.

Los autores creen que podrían existir otros cementerios similares ocultos en distintas regiones profundas del planeta. Pero hasta ahora ninguno se había revelado con tanta claridad. La necrópolis de la Zona Diamantina demuestra que los océanos todavía conservan enormes archivos naturales de la historia de la vida. Y que, incluso en las regiones más remotas y oscuras de la Tierra, la muerte de una ballena puede convertirse en el origen de un mundo entero.

© Global TREnD, IDSSE

Restos de las ballenas encontradas en el lecho submarino
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Mundial 2026: La enfermedad que más preocupa a la OMS

Cuando más de seis millones de aficionados comiencen a desplazarse entre Estados Unidos, Canadá y México para asistir al Mundial de Fútbol de 2026, no solo viajarán camisetas, banderas y pasiones deportivas. También lo harán millones de microorganismos invisibles. Los grandes acontecimientos internacionales siempre han representado un desafío para la salud pública. Aeropuertos abarrotados, estadios llenos, hoteles, transportes públicos y zonas de aficionados crean las condiciones perfectas para que los patógenos viajen junto a las personas.

Sin embargo, contra lo que podría parecer, la principal preocupación de los epidemiólogos no es el ébola, ni una nueva pandemia desconocida, ni siquiera la gripe aviar. La enfermedad que más inquieta actualmente a las autoridades sanitarias es el sarampión, el virus más contagioso conocido por los humanos, de acuerdo con el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC).

La razón es sencilla: una persona infectada puede transmitir el virus simplemente respirando en una habitación. El patógeno puede permanecer suspendido en el aire durante hasta dos horas después de que el enfermo haya abandonado el lugar. En una población sin inmunidad, una sola persona puede contagiar a entre 12 y 18 individuos, una cifra muy superior a la de la gripe o incluso muchas variantes del coronavirus.

“El sarampión es lo que más me preocupa”, afirmaba recientemente la especialista en enfermedades infecciosas Krutika Kuppalli, profesora de la Universidad de Texas Southwestern, en declaraciones a The Washington Post. El problema no es solo su capacidad de propagación, sino el contexto actual. Durante años, muchos países consideraron el sarampión prácticamente controlado gracias a las campañas de vacunación. Sin embargo, la situación ha cambiado.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha alertado de que los casos están aumentando rápidamente en todo el continente americano justo cuando se acerca el Mundial. Hasta mediados de mayo se habían confirmado más de 20.000 casos y 25 fallecimientos en la región, una cifra que cuadruplica los registros del mismo periodo del año anterior.

México ha registrado más de 10.000 casos desde principios de año. Estados Unidos ronda los 2.000 y Canadá también ha experimentado importantes brotes. Según la OPS, la inmensa mayoría de los afectados no estaban vacunados o se desconocía su estado vacunal. Por sí mismo, un partido de fútbol no genera una epidemia. Lo que preocupa a los expertos es el extraordinario movimiento de personas que rodea al torneo.

Por primera vez en la historia, un Mundial se celebra simultáneamente en tres países distintos. Durante más de un mes, millones de personas viajarán continuamente entre sedes separadas por miles de kilómetros. Desde el punto de vista epidemiológico, es una especie de experimento a gran escala: individuos procedentes de más de cien países mezclándose en espacios cerrados y regresando después a sus lugares de origen.

Un viajero infectado puede atravesar varios aeropuertos, alojarse en hoteles, utilizar transportes públicos y asistir a distintos partidos antes incluso de desarrollar síntomas. Por eso la OPS ha pedido reforzar la vigilancia epidemiológica, aumentar la capacidad de detección rápida y promover activamente la vacunación entre los viajeros. La situación deja una enseñanza curiosa. Las mayores amenazas sanitarias no siempre proceden de enfermedades nuevas. A veces llegan de patógenos conocidos que parecían haber desaparecido.

El sarampión fue durante siglos una de las principales causas de mortalidad infantil. La introducción de la vacuna transformó radicalmente ese panorama. En muchos países, las nuevas generaciones apenas han visto casos de la enfermedad. Sin embargo, cuando disminuyen las tasas de vacunación, el virus encuentra de nuevo oportunidades para propagarse.

Los expertos no esperan que el Mundial desencadene una gran crisis sanitaria internacional. Las autoridades de los tres países llevan años preparando sistemas de vigilancia específicos para el torneo. Pero sí consideran que el campeonato será una prueba importante para la salud pública global en una época marcada por la recuperación desigual de las coberturas vacunales.

En cierto modo, el Mundial de 2026 servirá para algo más que coronar al mejor equipo del planeta. También mostrará hasta qué punto las sociedades modernas siguen siendo capaces de contener enfermedades que la ciencia aprendió a prevenir hace más de medio siglo.

© AP

Avalancha en el estadio de Heysel en la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus
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Alemania presenta una “cúpula de hierro móvil” para ejércitos en movimiento

En las guerras del siglo XXI, un dron que cabe en una mochila puede representar una amenaza tan seria como un avión de combate. El problema es que aparece sin previo aviso y puede hacerlo mientras un ejército entero está en movimiento. Hoy el panorama es mucho más complejo. Un ejército moderno puede enfrentarse simultáneamente a drones de reconocimiento, drones kamikaze, helicópteros, aviones de combate, misiles de crucero e incluso enjambres de vehículos no tripulados. El problema no es solo detectarlos. También hay que hacerlo mientras las tropas avanzan.

Esa necesidad ha impulsado una nueva generación de sistemas de defensa aérea móviles, capaces de desplazarse junto a las unidades terrestres y proporcionar protección casi instantánea. Alemania acaba de presentar uno de los ejemplos más recientes: el IRIS-T SLS MK 4, una evolución de su conocida familia de sistemas antiaéreos IRIS-T. Básicamente una “cúpula de hierro sobre ruedas”.

Tradicionalmente, un sistema de defensa aérea requiere varios vehículos: uno para el radar, otro para el centro de mando y otros para los lanzadores de misiles. El nuevo IRIS-T SLS MK 4 reúne todos esos elementos en una única plataforma móvil. Radar, sistema de mando y control, sensores y misiles viajan juntos.

Según Diehl Defence, la empresa alemana responsable del proyecto, el objetivo es disponer de una solución "todo en uno" capaz de desplegarse rápidamente allí donde sea necesaria. La elevada automatización del sistema también reduce el número de operadores requeridos y permite responder con gran rapidez ante amenazas inesperadas. La idea recuerda a la evolución de los teléfonos móviles. Lo que antes exigía varios dispositivos separados (teléfono, cámara, navegador GPS o reproductor de música) terminó concentrándose en un único aparato. El IRIS-T SLS MK 4 sigue una filosofía parecida aplicada al campo de batalla.

La guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto un desafío que apenas existía hace unas décadas. Los drones son relativamente baratos, pueden atacar en grandes cantidades y obligan a mantener una vigilancia permanente. En algunos casos, un aparato de unos pocos miles de euros puede amenazar vehículos o infraestructuras valoradas en millones. Por eso los sistemas modernos de defensa aérea ya no están diseñados únicamente para interceptar aviones. Deben ser capaces de detectar y neutralizar objetivos mucho más pequeños y difíciles de localizar.

El nuevo sistema alemán está pensado específicamente para proteger tropas en movimiento e infraestructuras críticas frente a amenazas aéreas de baja altitud. Su alcance efectivo ronda los 12 kilómetros y puede interceptar objetivos a alturas de hasta 6 kilómetros. Quizá una de las características más llamativas del proyecto sea una capacidad denominada "fire-on-the-move". En términos sencillos, significa que el vehículo podrá lanzar misiles sin necesidad de detenerse completamente.

Puede parecer un detalle menor, pero representa una ventaja importante en un entorno donde permanecer quieto aumenta las posibilidades de ser localizado y atacado. Es el equivalente militar a intentar cambiar una rueda con el coche en marcha: una tarea técnicamente compleja, pero que ofrece una enorme ventaja operativa cuando se consigue.

Para ello utiliza el misil IRIS-T, un proyectil originalmente diseñado para combate aire-aire y posteriormente adaptado para lanzamiento desde tierra. Este misil constituye el núcleo de varios sistemas de defensa europeos y ha demostrado una elevada eficacia en servicio. Los estrategas militares suelen comparar la defensa aérea con una cebolla. La protección más eficaz no depende de un único sistema, sino de varias capas superpuestas capaces de interceptar amenazas a diferentes distancias.

Los sistemas de corto alcance actúan como la última línea de defensa. Más allá operan sistemas de alcance medio y largo capaces de detectar y destruir amenazas antes de que se aproximen. El IRIS-T SLS MK 4 forma precisamente parte de esa arquitectura escalonada desarrollada por Alemania y otros países europeos. Dentro de la familia IRIS-T existen variantes capaces de cubrir distancias mucho mayores, creando una red de protección integrada.

“También es posible la integración de efectores adicionales, como el misil electrónico C-UAV CICADA de Diehl Defence o una estación de armas – aclaran los fabricantes -. El sistema SLS ya está completamente integrado en el concepto de defensa aérea multicapa de Diehl Defence. Como sistema de defensa aérea con capacidades preparadas para el futuro, el IRIS-T SLS MK4 garantiza un alto rendimiento en escenarios de amenazas dinámicas”.

© Diehl Defense

El próximo objetivo es aumentar el alcance y la altura del sistema
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Dos meses para el eclipse que va a oscurecer España

Es una conjunción única y si bien se da en otros planetas del sistema solar (menos en Mercurio y en Venus), la Tierra tiene una particularidad: solo tiene una luna que se interponga entre el planeta y el Sol, lo que hace que un eclipse sea único: Marte tiene 2 y, en el otro extremo, Saturno, con 146 lunas. Eso nos da una exclusividad cósmica.

El 12 de agosto de 2026, la Luna se interpondrá entre la Tierra y el Sol y proyectará sobre nuestro planeta una sombra de apenas unos cientos de kilómetros de ancho. Esa sombra recorrerá el Atlántico Norte, cruzará Groenlandia, Islandia y llegará a la Península Ibérica. Y durante unos minutos, pasará exactamente por aquí. Y el aquí, para quien escribe, significa Luarca, justo en el centro de la franja de la totalidad. No es una forma de hablar. La sombra de la Luna viajará a más de 2.000 kilómetros por hora y uno de los lugares situados cerca del centro de su trayectoria será esta villa asturiana.

Resulta extraño pensarlo. Durante años uno contempla el mismo puerto, las mismas playas, los mismos acantilados y el mismo horizonte. Y, un día, por una combinación exquisita de mecánica celeste, ese pequeño rincón del Cantábrico se convierte en uno de los mejores lugares del planeta para observar un fenómeno que ha fascinado a la humanidad desde mucho antes de que existiera la astronomía.

Los eclipses totales de Sol son relativamente frecuentes a escala planetaria. Se produce alguno cada año y medio aproximadamente en algún lugar de la Tierra. Lo excepcional es que ocurran en el mismo sitio. La última vez que la España peninsular contempló un eclipse total fue el 30 de agosto de 1905. Han pasado más de ciento veinte años. Varias generaciones completas de españoles nacieron, vivieron y murieron sin tener la oportunidad de ver uno desde su propio país.

Cuando la oscuridad caiga sobre Asturias en agosto de 2026, ningún habitante de España habrá vivido antes una experiencia semejante. Y eso convierte este eclipse en algo más que un acontecimiento astronómico. La geometría de un eclipse total es tan precisa que parece casi imposible. El Sol tiene un diámetro unas cuatrocientas veces mayor que el de la Luna. Sin embargo, también está unas cuatrocientas veces más lejos. Gracias a esta coincidencia extraordinaria ambos cuerpos presentan prácticamente el mismo tamaño aparente en el cielo. Por eso la Luna puede cubrir exactamente el disco solar y cuando ocurre, el día se transforma. Las sombras se vuelven extrañas. La temperatura desciende. Las aves modifican su comportamiento. El horizonte adquiere los colores de un atardecer simultáneo en todas las direcciones.

Y entonces aparece la corona solar: la atmósfera exterior del Sol, normalmente invisible debido a su intenso brillo. Es una visión tan poco habitual que muchos astrónomos la describen como una experiencia emocional antes que científica. Lo más sorprendente es que el de 2026 no llegará solo. España vivirá una secuencia excepcional de eclipses. Tras el eclipse total del 12 de agosto de 2026 llegará otro eclipse anular en agosto de 2027 y un nuevo eclipse total en enero de 2028. Los astrónomos españoles ya hablan de una auténtica "trilogía ibérica".

Sin embargo, el de 2026 posee algo especial. Ocurrirá al final de la tarde, cuando el Sol se encuentre relativamente bajo sobre el horizonte occidental. La totalidad coincidirá con la luz del verano asturiano, creando unas condiciones fotográficas y paisajísticas extraordinarias. No será simplemente un eclipse observado desde Asturias. Será un eclipse sobre Asturias. La sombra atravesará montañas, valles, pueblos marineros y acantilados. Durante unos minutos, el Cantábrico reflejará una noche imposible en pleno mes de agosto.

Después habrá que esperar Lo que hace verdaderamente único este acontecimiento no es únicamente lo que veremos, sino el tiempo que tardará en repetirse. Por eso los cazadores de eclipses recorren miles de kilómetros para perseguir unos pocos minutos de oscuridad. En agosto de 2026, por una vez, serán ellos quienes viajen hasta nosotros. Y lo harán por millones, si tenemos en cuenta que en 2024 se desplazaron cerca de 7 millones de personas para ver el eclipse de aquel año, según la NASA. Quizá esa sea la mejor forma de entender la magnitud del acontecimiento. No seremos espectadores que acuden a ver un eclipse. Seremos habitantes de uno de los pocos lugares del mundo donde ocurrirá.

Quienes han contemplado un eclipse total suelen coincidir en algo curioso: recuerdan perfectamente dónde estaban cuando ocurrió. Como si durante unos minutos hubieran visto el mecanismo del sistema solar desde su casa. Y lo hubieran comprendido... con lo complejo que puede ser esto, teniendo en cuenta que habitamos sobre una roca que se desplaza a decenas de miles de kilómetros por hora por el cosmos, girando alrededor de una estrella que viaja, inevitablemente, hacia el agujero negro en el centro de su galaxia.

© NASA

Diagrama de un eclipse solar y de la zona de cobertura
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