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José Mourinho ya diseña el futuro Real Madrid

La segunda etapa de José Mourinho en el banquillo del Real Madrid va tomando forma poco a poco. Los pasos previos a hacer oficial su llegada se van dando sin prisa y cumpliendo todo lo que estaba previsto. Primero fue la confirmación de su fichaje que hizo la candidatura de Florentino Pérez en los últimos días de la campaña electoral, con un vídeo corto en redes sociales donde el portugués aparecía con una camiseta del Real Madrid y decía «sí» a su aterrizaje de nuevo en el club.

No era una baza electoral, era una elección desde el convencimiento de que es lo que necesita el vestuario blanco después de una temporada en la que Xabi Alonso salió para dar paso a un periodo de interinidad con Álvaro Arbeloa al frente.

En la sucesión de decisiones que van a desembocar en el anuncio oficial de José Mourinho, la primera fue anunciar el adiós de Arbeloa, que ya tenía claro incluso antes de terminar la Liga que no iba a continuar, ni siquiera como ayudante del nuevo técnico. «El Real Madrid C. F. y Álvaro Arbeloa han llegado a un acuerdo para poner fin a su etapa como entrenador del primer equipo. El Real Madrid se siente muy agradecido a Álvaro Arbeloa, que durante toda su trayectoria en el club, desde que llegó a nuestra cantera, ha demostrado siempre lealtad, compromiso y profesionalidad. Su figura representa un ejemplo de los valores de nuestro club. El Real Madrid, que será siempre su casa, le desea a Álvaro Arbeloa y a toda su familia mucha suerte en esta nueva etapa de sus vidas», decía el club para dejar oficialmente vacante el puesto de entrenador del primer equipo.

Desde Portugal, el Benfica decía adiós a Mourinho, confirmando el pago de la cláusula de rescisión. «El Benfica SAD comunicó a la CMVM que el Real Madrid CF formalizó la intención de contratar a José Mourinho por un valor de 15 millones de euros, habiendo el entrenador dado su acuerdo. Gracias, José Mourinho», contaba el equipo luso en su comunicado.

La respuesta de «The Special One» no se hizo esperar, resumida en unas bonitas palabras en sus redes sociales despidiéndose de la que ha sido su afición durante una buena parte de la temporada pasada. «Agradezco al presidente Rui Costa la oportunidad que me brindó de trabajar al servicio del Benfica. Representar a este club fue un honor y un privilegio», escribía en Instagram Mourinho. El técnico agradecía también a los trabajadores del Benfica «su profesionalidad, dedicación y competencia, que fueron ejemplares».

Mourinho concluyó con un mensaje para sus jugadores, a quienes dejó «un sincero agradecimiento y los mejores deseos de éxito personal y profesional». «Me llevo conmigo la convicción de que, más que un momento, hemos creado un vínculo duradero: mi jugador un día, mi jugador para siempre».

Reuniones de planificación

Su llegada oficial al Real Madrid es inminente, aunque en realidad, Mourinho ya está diseñando el futuro del equipo blanco. Ya se encuentra en la capital de España, trabajando con José Ángel Sánchez y Juni Calafat, y diseñando lo que va a ser la pretemporada del Real Madrid. Es muy probable que los entrenamientos arranquen a comienzos de la semana del 13 de julio, aproximadamente un mes antes de que empiece la Liga (15 y 16 de agosto). El portugués llega al Real Madrid con el cuerpo técnico que ha tenido en el Benfica, que incluye un primer y un segundo ayudante, un preparador físico y un analista de vídeo.

Queda pendiente también la presentación de Mourinho, que podría quedar pendiente para después de sus vacaciones.

© EUROPA PRESS

José Mourinho
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Nos visita un profeta de las naciones y un pastor de migrantes

León XIII promulgó una encíclica profética sobre las nuevas realidades que asediaron el siglo XIX en medio de revoluciones sociales y tras la segunda revolución industrial. Ahora estamos en un cambio de época y su sucesor en la sede tiberina, León XIV, coge el testigo de la caridad de Cristo para iluminar este mundo asediado por una «tercera guerra mundial a pedazos» (Francisco, 2014) y ofrecer una palabra de esperanza. Es lo que hará estos días en España.

Desde que el jesuita Luigi Taparelli d’Azeglio acuñó el término de «justicia social» (1842), este neologismo ha destapado oscuridades que reclaman la luz de Cristo.

Siguiendo las reflexiones de los santos Padres, y las prácticas del obispo alemán W.E. Von Ketteler (+1877), León XIII en 1891 inauguró lo que hoy conocemos como Doctrina Social de la Iglesia (DSI) con su encíclica Rerum novarum abriendo un surco fecundo que ha dejado más de quince textos magisteriales sobre temas sociales, políticos, económicos, ecológicos, etc., incorporando las necesarias reflexiones de obispos, teólogos y laicos expertos.

Ahora León XIV, con su encíclica Magnifica humanitas, afronta los nuevos desafíos y pretende ofrecer un sentido y una esperanza para los dramas que azotan el mundo. Desde san Pablo VI (Populorum Progressio, 1967), la DSI percibió la relevancia de la globalización y del desarrollo de los pueblos, clave para una solidaridad mundial, como señaló san Juan Pablo II (Sollicitudo rei socialis, 1987), y recordó con fuerza Francisco en la intercomunicación de todos los problemas y las debilidades, tanto sociales como ecológicas (Laudato Sí, 2015).

Ante la multiplicación de problemáticas sociales, la sabiduría de Benedicto XVI supo indicar el origen de toda solución, que brota de la caridad social (término acuñado por santo Tomás de Aquino, señalado por Pío XI y protagonista en Caritas in Veritate, en 2009, como «caritas in veritate in re sociali»), que se manifiesta como caridad política (san Pablo VI) e incluso económica. Desde la fuente del amor de Dios se funda la amistad como comunión en un bien común que permite comprender la búsqueda común de soluciones para luchar por la paz de los pueblos y de los corazones. La caridad no es cosa solo de sentimientos.

En este mundo global, donde la información llega más rápido que el sentido de interpretación de esta, donde la IA –aunque sea desarmada– se ha convertido en el traje espacial –imaginario colectivo– donde habitar en las redes sociales, la inevitable globalización se está traduciendo en una sorprendente incomunicación entre las personas.

León XIV ha precisado la calidad de una civilización en el cuidado que se ofrece a cada persona, más que en el poder de sus medios (Magnifica humanitas, 114). En efecto, en esta sociedad del rendimiento y del cansancio, no hay tiempo para el cuidado cercano y humano de las personas.

Pero esta globalización se queda amordazada ante el drama de las tragedias humanas en los flujos migratorios. Según el informe de la OIM (ONU, 2026) es prioritario «facilitar vías para la migración regular». Los migrantes son personas que buscan cruzar fronteras, lograr documentación en regla, asentarse en un país y crecer con su familia. Son «mensajeros de la esperanza» (León XIV, 2025), rostros con historias y vínculos que saltan las vallas y cruzan los mares para conquistar una vida feliz, aunque lamentablemente se quedan en sueños rotos y ahogados. Pero estas personas asaltan también los noticieros y llenan los discursos políticos sobre las medidas oportunas en Europa y Norteamérica. Estos nuevos problemas evocan las encendidas disputas en la Escuela de Salamanca para defender la dignidad de los indios y los fueros necesarios para proteger a los pobres.

Francisco de Vitoria bramaba en su defensa y los reyes escuchaban atentos. La caridad era la reina de las virtudes. Quizás deberíamos asomarnos, sin complejos, de nuevo a sus enseñanzas.

Hoy en día, León XIV, recogiendo el llamado de su predecesor Francisco, ha reclamado la prioridad del amor al pobre, al herido, al necesitado (Dilexi te, 2005). Y lo ha puesto en práctica en su visita a Madrid, Barcelona, y especialmente en Canarias. En Madrid por su visita a Cedia 24 horas, recurso de Cáritas que ofrece calor y calidez en su hogar de acogida, generando una promoción humana y social, en el herido barrio de Caño Roto, donde el ahora desmantelado poblado chabolista del Cerro de la Mica veía morir a sus jóvenes azotados por la droga desde los años ochenta. En Barcelona por la belleza de la liturgia, morada de los pobres, y por la visita a los reclusos de Brians 1.

Pero especialmente en Canarias, ruta a Europa, donde el drama de los que logran cruzar milagrosamente hasta las islas ha protagonizado nuestras pantallas en los últimos meses. El difícil tema de la inmigración se convertirá en un faro de esperanza para ver en cada hermano, un hijo de Dios que camina, en este mundo, de nuestra mano.

En el avión de regreso de África, el Papa recordó que debemos ayudar desde sus regiones de origen. Es lo que reclaman muchos países subdesarrollados que anhelan entrar en la globalización por la puerta principal, no por el callejón de servicio, por medio de subvenciones, como recordaba el presidente de Senegal en el Foro de Davos de 2001 (cf. R. Termes, 2003). Esos países también son protagonistas de esta misión.

El Papa quiere hacernos conscientes de que problemas tan profundos requieren tiempo y diálogo, un estudio sincero y comunitario de los problemas, sin soluciones rápidas que solo ocultan la herida.

Todos somos responsables de estas tragedias humanas y de la acogida, incorporación y promoción de estos hermanos nuestros que vienen a enriquecer nuestra cultura y nuestra convivencia, con los problemas y complicaciones que ello siempre ha acarreado en todo tiempo y cultura. «No se les puede tratar peor que a las mascotas» (León XIV, 2026), han de ser «acogidos, protegidos, promovidos e integrados» (Francisco, 2019). Todos, en definitiva, somos peregrinos. Pero ellos no son parte del problema, sino protagonistas de la caridad, de la cual nadie se puede desligar, sino que nos implica a todos, tal como enseñaron desde el siglo XIX san Juan Bautista Scalabrini y santa Francisca Javier Cabrini, patrona de todos los migrantes (Dilexi te, 74). La solidaridad y subsidiariedad valen tanto para la sociedad que acoge como para la familia migrante que llama a su puerta. El verdadero progreso no es solo económico o social, sino humano-familiar, fundamentado en el amor. Por eso, la DSI va de la mano de la moral familiar: el don de la vida y el don del bien común han de ser protegidos y fomentados.

La Iglesia sabe lo que verdaderamente vale cada vida, y por eso llama a la santidad a cada inmigrante mientras reclama sus derechos y deberes. En ellos recae también una gran responsabilidad de convivencia y testimonio de amistad, tanto como en la nación que decide acogerlos con procedimientos justos. No han de ser solo pasivos receptores, sino activos donantes, en una sinfonía de la caridad, de «responsabilidad compartida» y «enriquecimiento mutuo» (Magnifica humanitas, 81 y 180). Es lo que hacen las parroquias a diario en los barrios en un latido de caridad a pie de calle, en una convivencia fraterna donde no hay programas políticos ni leyes encima de la mesa, sino el cuidado cercano que construye una civilización del amor.

José Manuel Horcajo Universidad Eclesiástica San Dámaso

© EUROPAPRESS

La mitad de las menciones a inmigración en 'X' contienen desinformación, según un estudio de Fad Juventud
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