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Lo que Zapatero debería aprender de Graham Platner

Lo que Zapatero debería aprender de Graham Platner

Hay muchas personas en España que piensan que en el caso Zapatero no va a haber ningún delito, pero sería difícil encontrar una que afirme que las cosas que estamos escuchando coinciden con lo que pensábamos sobre el expresidente hace seis meses

Los lectores lo recordarán: era un 14 de julio del año 2010 y Zapatero anunciaba desde la tribuna del Congreso de los Diputados que su Gobierno haría unos recortes históricos para salvar al país de un rescate financiero que, en aquel momento, parecía casi asegurado: “Voy a ejercer el principio de responsabilidad de un gobernante que es, precisamente, gobernar. Voy a seguir ese camino cueste lo que cueste. Y cueste… lo que me cueste.”

Era una declaración de principios rotunda, muy parecida a las que le habíamos escuchado en los momentos más duros de su gobierno. Idéntica en la forma y en el fondo a la que ayer, al salir del juzgado, trasladó en un comunicado en el que pedía a la ciudadanía “confianza” en su inocencia y en la justicia. Tengan paciencia; con el tiempo, afirma el presidente, “la verdad se abrirá pasó”. Zapatero en estado puro.

Y yo, que estoy de acuerdo con el contenido y lo dije aquí, a pocas horas de que se conociera su imputación, creo que este comunicado es un error de bulto.

Porque la diferencia entre el año 2010 y el 2026 es que hoy la mayor parte de la población –en todo el mundo– alberga una desconfianza profunda hacia la clase política. Una falta de fe que no está en absoluto infundada, más bien al contrario. En estos años que han transcurrido desde la bonanza anterior a 2008, una parte importante de la ciudadanía ha vivido con una inseguridad creciente. Al mismo tiempo, todos tenemos la sensación de que los acontecimientos –como el COVID, o la invasión de Ucrania, o la de Gaza— se están acelerando sin que podamos ejercer algún control sobre lo que se avecina. Y en ese caldo de cultivo no dejamos de escuchar todos los días historias nuevas que nos recuerdan que las personas en las que habíamos confiado para guiarnos en estos momentos difíciles no son quienes decían ser. Y a veces es porque han cometido un delito pero, otras, es simplemente porque la imagen que proyectaban de sí mismos no se corresponde con la realidad.

Y hoy hay muchas personas en España que piensan que en el caso Zapatero no va a haber ningún delito, pero sería difícil encontrar una que afirme que las cosas que estamos escuchando coinciden con lo que pensábamos sobre el expresidente hace seis meses. Es evidente que su personaje público y su persona, en privado, no eran iguales. Es esa sensación de haber sido engañados, por más que no haya crimen, la que duele y la que quiebra la confianza en las instituciones.

¿Cómo se puede sostener, en estos trances, esa confianza? No basta con pedir un acto de fe a los ciudadanos: la política tiene que hacer también una reflexión sobre la forma en que sus representantes se proyectan ante la sociedad.

Porque esos políticos inmaculados que nos contábamos en el siglo XX—los que no habían roto un plato en su vida, que no tenían un mal pensamiento ni un vicio oculto, ni una debilidad humana que proteger— sencillamente no existen. Ni han existido nunca. Eso no son personas. Y para bien o para mal, en el siglo XXI, cuando el poder mediático ya no está concentrado como estaba en los años en los que vivían aquellos personajes, todo termina por traslucir.

Zapatero podría aprender alguna cosa de un político inesperado al otro lado del Atlántico. En el diminuto estado de Maine, al norte de Estados Unidos, un exmarine reconvertido en candidato demócrata al Senado amenaza seriamente con arrebatarle el escaño a la senadora republicana Susan Collins. Si lo consigue, su victoria sería decisiva para retirarle a Trump la mayoría en la cámara. Hay muchos intereses y mucho dinero en juego, y Graham Platner está dando una batalla extraordinaria.

Y eso que este hombre está lejos de ser el candidato perfecto. Al contrario: si se ha convertido en una celebridad es porque su corta carrera política ha estado plagada por una sucesión de escándalos que incluyen desde un tatuaje con simbología nazi que se hizo una noche de borrachera en Croacia siendo marine, hasta algunos comentarios sobre violencia de género que dejó durante años en Reddit y la revelación reciente de que intercambió mensajes sexuales con distintas mujeres a pesar de que está casado.

Lo que le convierte en el político más innovador del momento, en mi opinión, es que ante cada una de estas revelaciones ha respondido con algo que resulta al mismo tiempo políticamente eficaz y extraordinariamente saludable para la democracia: el reconocimiento de su propia imperfección. En lugar de responder, como ha hecho ZP, con un comunicado en defensa de su integridad como si aquí no hubiera pasado nada, Platner lleva un año contando la historia de un hombre que volvió de la guerra con un trastorno de estrés post-traumático, que pasó una época muy oscura, que ha hecho terapia, que ha atravesado una crisis profunda con su mujer y que sigue intentando entenderse a sí mismo. Un hombre que no sabe exactamente quién es todavía, que sabe que está lejos de ser perfecto, pero que no tiene ningún problema en decirlo en voz alta.

Claro que Zapatero no ha ido a la guerra. Pero tengo la sensación de que todas estas cosas que están saliendo a la luz y que nos cuesta entender, a pesar de que no sean delitos –como la relación profesional de sus clientes con la empresa de sus hijas– tienen también algo que ver con sus debilidades. Y creo que la mejor manera en que el expresidente podría contribuir a reforzar esa confianza en las instituciones es hablando de ello.

Si lo hiciera, los demás nos haríamos un buen servicio si atendemos a sus explicaciones con compasión. Si queremos una clase política honesta, en la que podamos confiar y que no se corrompa, lo primero que tenemos que hacer es dejar de exigirles que mientan sobre sí mismos.

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