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¿Qué signica ser «Un hombre de verdad»?

A veces basta la ausencia de una persona para que toda una existencia quede al descubierto. Guillermo, el protagonista de «Un hombre de verdad», es un reputado neurocirujano de setenta años convencido de que el mundo funciona como siempre ha funcionado. Su mujer se ocupa de la casa, de todas las tareas cotidianas así como de esos pequeños detalles invisibles que sostienen la vida diaria. Pero cuando ella muere de forma repentina se enfrenta a una realidad incómoda: nunca ha sabido cuidarse.

Sobre esa premisa construye su primer largometraje Liteo Pedregal, una comedia que reflexiona sobre los roles de género, las herencias culturales y la posibilidad de cambiar incluso cuando parece demasiado tarde. Sin embargo, el director rechaza cualquier lectura combativa de la película: «Es feminista, a favor de la igualdad, pero no contra algo», explica. «No he hecho una cinta que intente atacar o agredir a alguien», añade. Por el contrario, Pedregal elige el humor y la cercanía para abordar comportamientos que durante mucho tiempo fueron asumidos como «normales».

La transformación de Guillermo se produce gracias a las mujeres que lo rodean: su hija, una amante y una vecina. Son ellas quienes le obligan a cuestionar una educación sentimental construida sobre la dependencia y los privilegios masculinos.

El imperativo de emparejarnos

Entre los momentos más reveladores de la historia destaca una conversación entre padre e hija (Olivia Molina) en torno a la necesidad –o no– de tener pareja. «Parece que la vida está concebida para ello y que no hay un modelo alternativo», reflexiona el cineasta. Frente a esa idea, defiende que «tanto hombres como mujeres pueden ser perfectamente completos sin necesitar una a su lado para ser felices».

La película fue rodada en Tenerife, una elección que responde tanto a motivos prácticos como creativos. Más allá de las ventajas fiscales, Pedregal quería mostrar «un Tenerife actual, dinámico y cosmopolita», alejado de los tópicos asociados al turismo masivo. Con humor, ternura y una mirada crítica exenta de sermones, la cinta plantea una pregunta incómoda: qué ocurre cuando un hombre descubre, al final del camino, que nunca aprendió a vivir solo.

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¿Qué signica ser «Un hombre de verdad»?

El crepúsculo de Duse, la diosa

Hay figuras cuya leyenda se construye sobre los aplausos y otras cuyo verdadero interés surge cuando el telón comienza a caer. Eleonora Duse pertenece a esta segunda categoría. Considerada una de las mayores actrices de la historia del teatro, admirada en vida en Europa y Estados Unidos, la italiana pasó sus últimos años contemplando cómo el mundo que había conocido se desmoronaba a su alrededor. Es precisamente ese instante de incertidumbre, más que los años de gloria, el que ha fascinado al cineasta Pietro Marcello, que así lo refleja en «Eleonora Duse, la divina». Lejos de los códigos habituales del biopic, el director de «Martin Eden» construye una aproximación libre a la actriz, interpretada por la bella Valeria Bruni Tedeschi, centrada en los años finales de una mujer que ya no termina de reconocerse en la nueva realidad surgida tras la Primera Guerra Mundial.

¿Cómplice del fascismo?

«Me interesaba contar estos últimos años de su vida porque eran los más difíciles, no me interesa mucho contar el tema de los éxitos», explica Marcello. Para el cineasta, aquel periodo permitía mostrar tanto la madurez de la artista como un tiempo histórico marcado por profundas transformaciones. «Duse ya no se reconoce con lo que había ante y está en este nuevo mundo, un mundo que está por venir», añade.

La película establece además un diálogo entre aquella época convulsa y el presente. Marcello reconoce sentirse identificado con esa sensación de transición permanente. «Lo que está aconteciendo hoy en día nos ha asombrado, la historia asombra. Y creo que ese momento histórico no ha sido muy diferente», sostiene.

Más allá del retrato histórico, el director reivindica la excepcionalidad de una mujer capaz de abrirse camino en un entorno profundamente masculino. «El arte nos cura, nos hace mejores, y Duse era un talento extraordinario», afirma. Su capacidad para dirigir una compañía teatral de éxito y convertirse en una referencia internacional la convierten, a sus ojos, en una figura única dentro de su tiempo.

Por ello, Marcello rehúye la reconstrucción académica de una vida y asegura que «he decidido hacer algo que se saliera del biopic», asegura. La elección de Valeria Bruni Tedeschi, físicamente distinta a la verdadera Duse, responde precisamente a esa voluntad de reinterpretación.

La cinta también se asoma a las controversias políticas que acompañaron a la actriz, especialmente por su relación sentimental con el propagandista del fascismo Gabriele D’Annunzio. Sin embargo, el director prefiere alejarse de lecturas partidistas: «Tanto la izquierda como la derecha quiere llevarse el ascua a su sardina, es decir, apropiarse del mito. Lo que me interesaba realmente de esta figura era poder desnudar a la persona y analizar la relación entre lo humano y lo divino», concluye. Una búsqueda que convierte a Duse en algo más que un personaje histórico: en el reflejo de quien intenta encontrar su lugar en un mundo que ya no comprende.

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El crepúsculo de Duse, la diosa

Los mundiales son también cultura pop

Resulta evidente que los mundiales de fútbol, como el que acaba de comenzar en América del Norte, trascienden lo deportivo, lo meramente balompédico, y empapan la realidad política, social y, por supuesto, cultural. De hecho, la Copa del Mundo ha sido y es un potente surtidor de imágenes para la cultura popular, desde la mano de Dios de Diego Armando Maradona en el Mundial de México 86 –un gol celestial que da título, por ejemplo, hasta a una película de Sorrentino– hasta la más reciente mano a la entrepierna de su compatriota, el guardameta «Dibu» Martínez, tras parar el penal que volvía a dar el campeonato a Argentina 36 años después, en Qatar 2022.

Pero entre una y otra imagen –más las que nos brindará la presente competición y dejando atrás los tiempos de Pelé y el «maracanazo»– hubo otras tantas –ay, ese cabezazo de Zidane a Materazzi– que han quedado para siempre, inmortalizadas en el imaginario popular. Sin duda, para nuestro país, la más icónica estampa es la de Andrés Iniesta quitándose la elástica, durante la celebración del gol que nos dio el que hasta la fecha es nuestro único mundial, para mostrar un mensaje en recuerdo a su amigo y excapitán del Espanyol Dani Jarque, fallecido un tiempo atrás, que llevaba escrito en la camiseta interior. Luego, en la zona mixta, se captó otro momento para el recuerdo: aquel beso entre el capitán de la Selección, Iker Casillas, y la periodista Sara Carbonero delante de todas las cámaras. De la mano del Dios al beso del Santo. Pero, claro, aquella edición de 2010 en Sudáfrica dio mucho más juego: del protagonismo de Nelson Mandela y su merecido homenaje al famosísimo «Waka-waka» de Shakira –sin olvidarnos del insoportable trompeteo de las dichosas bubucelas dentro de los estadios– que compite en popularidad con «La copa de la vida», el himno que interpretó Ricki Martin para Francia 98: «Go, go, go/Allez, allez, allez/ Arriba va/ El mundo está de pie».

Y aunque fuese anterior a la venganza de Maradona por las Malvinas, la mascota Naranjito, del Mundial de España 82, ha trascendido generaciones, al igual que hizo Cobi o Curro el de la Expo 92, convirtiéndose en imágenes pop con tintes retro. De hecho, ¿quién no recuerda el apodo de Albert Rivera, líder de Ciudadanos? Pues eso. Tampoco tenemos para olvidar en nuestro país el difícilmente pronunciable nombre de Gamal Al-Ghandour, árbitro egipcio –hoy convertido casi en un villano de cómic– que apeó gratuitamente a la Selección española del Mundial de Corea y Japón 2002 anulando –entre otras tropelías– un gol de cabeza de Morientes en la prórroga por supuestamente traspasar el balón la línea de fondo en el centro de Joaquín, el del Betis. Y todavía hay gente que se queja del VAR...

La sangría la puso Luis Enrique, seleccionador nacional en Qatar 2022, cuando, como jugador, recibió un tremendo codazo del italiano Tassotti que le fracturó el tabique nasal en el Mundial de Estados Unidos 1994. No hay español que no sea capaz de evocar la imagen de Lucho quejándose con la nariz sangrante. Hasta una banda de indie-pop, Denueve, llamó a su cuarto álbum «El codazo de Tassotti». Mas si hemos de buscar estilismos, ahí quedó el flequillo de Ronaldo, el «gordo», en Corea y Japón. Terrible.

© La Razón

Naranjito, la mascota del Mundial de España'82
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