La presión estética dispara el uso de esteroides y anabolizantes entre los jóvenes
La presión estética, la cultura fitness y la influencia constante de las redes sociales están generando un cóctel que preocupa cada vez más a los médicos de familia. No solo por el aumento del consumo de esteroides anabolizantes y de dietas hiperproteicas sin control, sino también por la proliferación de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) menos visibles, más difíciles de detectar y cada vez más normalizados entre adolescentes y jóvenes. Entre ellos destacan algunos como la ortorexia, la permarexia, los trastornos por evitación o restricción de la ingesta (Arfid) y el trastorno por atracón, caracterizados por un control extremo sobre la calidad de los alimentos, las calorías o el ejercicio físico. Los especialistas están detectando asimismo un aumento de casos vinculados a la obsesión por la alimentación "perfecta", el control calórico y el ejercicio compulsivo, en muchos casos influenciados por contenidos digitales.
Ambos fenómenos, que comparten raíz social y un fuerte componente de desinformación digital, se están abordando en el 32º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), que se celebra estos días en Oviedo.
Los especialistas describen un escenario en el que los "atajos" para modificar el cuerpo se han integrado en la vida cotidiana de muchos jóvenes. Rodrigo Santos, del Grupo de Trabajo de Medicina Deportiva de la SEMG, advierte de que el uso de anabolizantes "ya no se limita al culturista clásico", sino que se ha extendido a usuarios recreativos de gimnasio, hombres jóvenes que buscan un cambio físico rápido e incluso mujeres que han incorporado estas sustancias a rutinas de entrenamiento cada vez más exigentes. La percepción de que son productos "normales", casi un complemento más del gimnasio, está alimentando un consumo que los médicos consideran claramente de riesgo.
Y es que las consecuencias de este uso no son menores. Entre los efectos físicos asociados al uso de esteroides sin indicación médica figuran hipertensión, alteraciones del colesterol, daño hepático, infertilidad, disfunción sexual, acné severo o ginecomastia. A largo plazo, el riesgo se multiplica con la aparición de miocardiopatías, eventos trombóticos o enfermedades cardiovasculares en personas jóvenes que, en muchos casos, no relacionan sus síntomas con el consumo. A ello se suman los efectos psicológicos: irritabilidad, ansiedad, impulsividad, trastornos del sueño, síntomas depresivos o dependencia emocional vinculada a la imagen corporal.
Los médicos de familia señalan además la dificultad para detectar estos casos en consulta. Muchos pacientes no reconocen el consumo y acuden por problemas aparentemente inconexos, como acné severo, hipertensión en edades tempranas o alteraciones hormonales. Por ello, la SEMG recomienda preguntar de forma directa y sin juicios sobre el uso de sustancias para mejorar el rendimiento o la composición corporal, una conversación que, según los profesionales, sigue siendo tabú en muchos entornos.



