Crítica de ‘El juego del asesino’ (Filmin): una entretenida pesadilla vecinal con más tensión que sorpresa
Para la mayoría, la jubilación se proyecta como la ansiada línea de meta: esa etapa idílica de descanso merecido, viajes programados y horas devueltas a los viejos hobbys. Sin embargo, en una sociedad ultracapitalista donde la identidad individual se construye de forma casi exclusiva a través del empleo y la productividad, el fin de la vida laboral puede transformarse en un abismo inesperado. Cuando el estatus, las rutinas y el propio valor personal han estado ligados durante décadas a una tarjeta de fichar, el vacío que deja la retirada de la primera línea no es una liberación, sino un laberinto identitario que muchos no saben cómo llenar. De hecho, no son pocos los que, tras el brindis de despedida, chocan de frente con problemas de ansiedad, desubicación y una profunda crisis de propósito al descubrir que el tiempo libre, sin un norte claro, pesa más que la peor de las jornadas laborales.
Dentro del mapa de profesiones que peor digieren este apagón, la del policía es uno de los grandes fetiches del cine y la televisión, explotando esa fina línea que separa el deber de la obsesión. La pantalla ha encontrado un filón en el conflicto de colgar la placa: desde el agente al que le encasquetan un último caso antes del retiro —el clásico Roger Murtaugh en «Arma Letal»—, hasta el veterano arrastrado de vuelta al asfalto por un cabo suelto del pasado, como el Bill Hodges de «Mr. Mercedes». Son personajes cortados por el mismo patrón: tipos devorados por la adrenalina, con vidas familiares arrasadas y para quienes el silencio de una casa vacía resulta mucho más amenazante que el peor criminal de la ciudad.
Precisamente de eso habla «El juego del asesino» («The Game»), la miniserie británica que acaba de aterrizar en Filmin. La trama nos presenta a Huw Miller (Jason Watkins), un detective recién jubilado que, lejos de disfrutar de su merecido descanso, vive completamente obsesionado con el único gran fracaso de su carrera: el caso sin resolver de un asesino en serie, el «Acosador de Ripton», que volatilizaba a sus víctimas sin dejar rastro. La monotonía de su forzosa rutina estalla en mil pedazos cuando un nuevo vecino, Patrick (Robson Green), se muda a la casa de enfrente.
Lo que en apariencia es una mudanza corriente se transforma en una pesadilla psicológica para Miller cuando cree escuchar en boca de Patrick ciertas frases hechas y latiguillos —como el escalofriante «nos vemos luego»— que el asesino utilizaba para mofarse de él durante la investigación. Convencido de que el criminal se ha instalado en su propia acera para burlarse de su retiro, el exdetective se sumerge en una espiral de vigilancia destructiva. Esta obsesión enfermiza irá escalando hasta dinamitar su entorno familiar, desoyendo los ultimátums de su esposa Alice (Sunetra Sarker) y arrastrando a su hija Margot (Indy Lewis) a un abismo de tensión donde los límites entre el instinto policial refinado y la pura paranoia de la jubilación terminan por difuminarse por completo.
A lo largo de sus cuatro capítulos de apenas 45 minutos, la miniserie nos sumerge de lleno en las pesquisas de Huw y en cómo su obsesión va adquiriendo tintes cada vez más peligrosos. Todo ello se articula a través de una tensión y un suspense que funcionan con precisión de relojero, especialmente en secuencias de puro nervio como aquellas en las que el exdetective se cuela en la casa de Patrick o en su tienda para recabar pruebas. En este duelo psicológico, el trabajo de Jason Watkins resulta clave: el actor sostiene la trama construyendo un personaje profundamente humano, un auténtico «everyday man» que despierta una empatía inmediata frente a la réplica de Robson Green, que encarna a un sospechoso mucho más estereotipado y de manual. Los inevitables giros del guion, además, mantienen siempre los pies en el suelo, dosificando las sorpresas sin traspasar en ningún momento la barrera de lo inverosímil o lo ridículo.
Precisamente por todo ello, es una pena que la serie no apueste de forma más decidida por estirar la ambigüedad y el misterio. Una vez que la trama se ve obligada a desvelar unas cartas que, todo sea dicho, se veían venir desde lejos, la propuesta se desinfla irremediablemente y se vuelve bastante genérica. Su último capítulo y un desenlace un tanto atropellado quedan muy lejos de ese suspense casi hitchcockiano —salvando las distancias y perdónenme la blasfemia— que tan bien había funcionado hasta entonces. Con todo, la serie cumple como un entretenimiento honesto, sin grandes pretensiones y fácil de ver; no revoluciona el género ni tiene por qué hacerlo. Al fin y al cabo, es un pasatiempo ideal para una tarde muerta. Y si por un casual hay algún jubilado leyendo esto que todavía no sabe cómo rellenar sus horas libres, que se ponga los cuatro episodios,


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