James Dolan’s company slams mayor and police commissioner as ‘party poopers’ over large restricted zone
The owner of the New York Knicks basketball team sharply criticized both the New York police department and Zohran Mamdani after city officials announced an extensive security strategy for Game 4 of the NBA finals, featuring a large restricted zone and additional access controls.
The expanded security measures follow Monday’s Game 3 watch party at Bryant Park, where disorder erupted and led to arrests, damage to property, and incidents involving assaults on police officers.
El gran secreto de la repostería casera es que no hace falta pasar horas amasando ni complicarse con técnicas imposibles para obtener un resultado digno de escaparate
Para una carne, una pizza o una ensalada: cómo preparar aceite de chile, el toque picante que revitalizará todas tus comidas
Pocas cosas abren más el apetito que el aroma a mantequilla horneada inundando la cocina. Entrar en una pastelería y ver los mostradores repletos de palmeras crujientes, lazos brillantes y rosquillas doradas nos hace pensar que esos bocados están reservados únicamente para las manos expertas.
Sin embargo, el gran secreto de la repostería casera es que no hace falta pasar horas amasando ni complicarse con técnicas imposibles para obtener un resultado digno de escaparate. Utilizando una buena masa de hojaldre como base, puedes recrear tres de los postres más icónicos de las vitrinas de forma sorprendentemente rápida.
Rosquillas de hojaldre al aroma de anís
Rosquillas fritas caseras
Las rosquillas son uno de los dulces más entrañables y tradicionales de nuestra gastronomía, especialmente vinculadas a festividades como la Semana Santa. Aunque la receta de toda la vida requiere elaborar una masa desde cero y pasar por el proceso de fritura, podemos conseguir una versión horneada espectacular, mucho más ligera y rápida utilizando láminas de hojaldre.
Al hornearse, las capas de la masa se separan creando unas rosquillas huecas, crujientes y con todo el sabor de antaño gracias al toque del licor de anís y el rebozado de azúcar. Apunta los siguientes ingredientes para una docena de unidades:
Dos láminas de masa de hojaldre rectangular
Un huevo
50 mililitros de licor de anís dulce
50 gramos de azúcar blanco para rebozar
Un poco de harina
Para empezar, extiende las láminas de hojaldre sobre una superficie de trabajo ligeramente espolvoreada con harina para que no se peguen. Con la ayuda de un pincel de cocina, pinta sutilmente la superficie de una de las láminas con el huevo previamente batido; esto actuará como pegamento. Coloca la segunda lámina justo encima de la primera y presiona con suavidad con un rodillo para que ambas masas se unifiquen en una sola pieza más gruesa.
A continuación, llega el momento de dar forma a nuestras rosquillas. Utiliza un cortapastas redondo grande (o un vaso) para trocear círculos en la masa y, seguidamente, usa un descorazonador de manzanas o un tapón pequeño para extraer el centro de cada círculo, creando el clásico agujero central. Ve colocando las rosquillas separadas entre sí sobre una bandeja de horno cubierta con papel vegetal. Con el horno previamente calentado a 200 °C, introduce la bandeja y hornea durante unos 15 minutos hasta que veas que han subido con fuerza y lucen un tono dorado precioso.
Finalmente, mientras las rosquillas se hornean, prepara un plato hondo con el azúcar blanco y otro con el licor de anís dulce. En cuanto saques los dulces del horno y todavía estén bien calientes, pincélalos ligeramente con el anís y pásalos inmediatamente por el azúcar.
Lazos de hojaldre glaseados con miel
Lazos hojaldre
Los lazos de hojaldre son un clásico de las meriendas que destaca por su característico brillo, su textura crujiente y ese toque pegajoso y dulce que aporta la miel. Aunque parecen salidos de una pastelería profesional por el vistoso trenzado de su masa, su elaboración casera es de las más sencillas y agradecidas que existen. Apunta los siguientes ingredientes:
Dos láminas de masa de hojaldre rectangular
100 gramos de miel
25 mililitros de agua
Un huevo batido
Para comenzar, precalienta el horno a 200 °C con calor arriba y abajo. Mientras toma temperatura, prepara el almíbar base en un cuenco pequeño diluyendo la miel con el agua. A continuación, desenrolla las masas sobre su propio papel vegetal y pincela toda la superficie de una de ellas con una parte de esta mezcla, reservando el resto para el final. Coloca la segunda lámina justo encima, dejando el corazón de miel atrapado entre ambas.
El siguiente paso consiste en dar forma a los dulces. Con la ayuda de un cuchillo afilado o un cortador de pizzas, divide el hojaldre por la mitad en sentido horizontal y, después, realiza cortes verticales para obtener tiras de unos tres centímetros de ancho. Coge cada tira por los extremos y enróllala sobre sí misma un par de veces para darle la característica forma de lazo o hélice, presionando ligeramente los bordes.
Finalmente, pincela la superficie de cada pieza con el huevo batido para garantizar un acabado dorado e introdúcelas en el horno durante unos 12 minutos. En cuanto veas que el hojaldre ha subido y luce un tono tostado espectacular, retira la bandeja y, aprovechando que los lazos están recién sacados y muy calientes, píntalos generosamente con el resto de la miel diluida que habías reservado.
Palmeras de hojaldre clásicas y crujientes
Palmeras caseras
Las palmeras de hojaldre son las reinas indiscutibles de cualquier vitrina de pastelería. Lo mejor de este postre es que su espectacular textura hojaldrada y crujiente no requiere moldes ni utensilios especiales; el secreto reside únicamente en la técnica del plegado de la masa. Toma nota de los siguientes ingredientes:
Una plancha de hojaldre rectangular refrigerada
Tres cucharadas soperas de azúcar blanco
Para empezar, extiende la plancha de hojaldre sobre tu encimera y espolvorea de manera uniforme una porción de azúcar por toda la superficie. A continuación, realiza el primer plegado: toma los dos extremos exteriores más largos y dobla la masa hacia el interior de cada lado. Espolvorea un poco más de azúcar sobre la zona recién plegada y repite esta misma operación dos veces más, llevando los bordes hacia el centro de forma simétrica hasta que ambos lados se encuentren en la mitad de la plancha.
Una vez que tengas la masa completamente plegada y compacta, dale un doblez final uniendo las dos mitades. Envuelve el cilindro de masa resultante en papel film y déjalo reposar en el frigorífico durante unos diez minutos. Mientras tanto, aprovecha para precalentar el horno a 190 °C con calor arriba y abajo.
Transcurrido el tiempo de reposo, saca la masa de la nevera y, con la ayuda de un cuchillo bien afilado, córtala en porciones transversales de aproximadamente un centímetro de grosor. Coloca las piezas tumbadas en una bandeja de horno cubierta con papel antiadherente, asegurándote de dejar una separación generosa entre ellas, ya que crecerán notablemente hacia los lados.
Introduce la bandeja en el horno y cocina las palmeritas durante unos ocho minutos sin abrir la puerta para no perder temperatura. En cuanto observes que han aumentado de tamaño y los bordes adquieren un tono ligeramente tostado, saca la bandeja un momento y, con mucho cuidado dales la vuelta con una espátula. Hornéalas por el otro lado durante tres minutos más para que el caramelo se homogeneice, retíralas y déjalas enfriar sobre una rejilla para que alcancen su punto máximo de crujiente.
Hay obras que nacen de una necesidad artística y otras que surgen de una urgencia vital. En el caso de “Una buena vida”, la propuesta de la dramaturga, directora e intérprete Carolina África, ambas dimensiones se entrelazan hasta resultar inseparables. La creadora madrileña ha convertido una de las experiencias más duras de su vida en un espectáculo que emociona al público y que, al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre la fragilidad, los cuidados y el valor de lo colectivo.
Desde que la obra se estrenó, la respuesta de los espectadores ha sido abrumadora. Carolina África confiesa que lo que más le ha sorprendido no son las críticas ni los reconocimientos, sino la reacción humana que encuentra fuera del teatro. “Estamos abrumados por todo el cariño que estamos recibiendo del público. Es una sensación muy especial salir a la calle y que la gente que no conoces te quiera dar un abrazo y darte las gracias”, explica. Y añade una de las claves del éxito de la función: “Muchas de las cosas que ves sobre el escenario le resuenan con su propia vida”.
La historia que cuenta “Una buena vida” está profundamente ligada a su biografía. La autora comenzó a escribirla durante una estancia hospitalaria de diez días, separada de sus hijos. “Pedí un ordenador, que fue un poquito esa tabla de salvación que tenemos los escritores, de poder procesar lo que nos pasa a través de la escritura”, recuerda. Allí empezó a dar forma a un relato que, según afirma, contiene una enorme dosis de verdad. “Todas las historias que se cuentan son reales. Todo lo que ocurre es verdad”.
Ese vínculo personal explica también que decidiera asumir una triple responsabilidad como dramaturga, directora y actriz. Aunque tuvo la posibilidad de delegar la interpretación, sintió que debía contarla ella misma. “Esta historia la quería contar en primera persona”, asegura. Para Carolina África, sentía la necesidad de ser fiel a una experiencia que marcó su vida.
En el teatro madrileño María Guerrero, quienes asisten a la representación no solo observan una habitación de hospital: prácticamente entran en ella. La escenografía reproduce con minuciosidad el ambiente clínico, hasta el punto de que el espacio llega a oler como una planta hospitalaria. “Los olores atan al pasado con una fuerza enorme y yo quería trasladar al espectador a ese lugar, que sintiera que estaba dentro de la habitación con nosotros”. La autora cuenta a LA RAZÓN que quería que el público se sintiera abrazado por la historia y compartiera la intimidad de los personajes. El resultado es una experiencia teatral inmersiva que combina el realismo de los cuidados sanitarios con una dimensión poética mayor.
Aunque la obra se sitúa en el contexto de la pandemia, Carolina África cree que la conexión con los espectadores va mucho más allá de aquel momento histórico. En su opinión, la función habla de algo universal: la importancia de las relaciones humanas. “Las cosas que de verdad importan son las personas que te rodean, los momentos de fragilidad o vulnerabilidad y quién te tiende la mano cuando la vida nos golpea”. Para la dramaturga, la pandemia dejó una lección que no debería olvidarse. “Fue un momento en el que estaban prohibidos los abrazos y ahora los vemos con la esperanza de haberlos recuperado”. Por eso considera que el espectáculo funciona como un recordatorio de aquello que suele quedar relegado por las prisas y la productividad. “Estamos en la rueda de producir y correr, pero la obra invita a poner un poco de orden en las prioridades de nuestro mundo”. Bajo esa mirada humanista tiene también una dimensión social y política. Carolina África reivindica el papel de la sanidad pública y el trabajo de quienes sostuvieron el sistema en los momentos más difíciles. “No debería haber ciudadanos de primera y de segunda con respecto a la salud”, sostiene. Y recuerda el compromiso de tantos profesionales sanitarios durante la crisis sanitaria: “Cuando ves a alguien contagiado, tú das un paso atrás; hay alguien que se pone una mascarilla y da un paso adelante”.
En este contexto, la autora defiende que el teatro debe plantear preguntas más que ofrecer respuestas cerradas. “Soy una mujer comprometida con el tiempo en el que vivo”, explica. Sin embargo, “no me interesa dar lecciones al espectador. Es en los pequeños detalles donde uno puede entender las cosas”.
Esa concepción del arte está estrechamente ligada a su trayectoria y a su relación con Madrid. La capital ha sido el lugar donde ha desarrollado buena parte de su carrera, pero también donde ha observado las transformaciones del sector cultural. Carolina África contempla con preocupación la velocidad con la que se consumen los espectáculos. “Hay que estrenar cada año y al año siguiente la función parece antigua”. Y frente a esa lógica, reivindica el trabajo de las compañías independientes y el valor de los procesos creativos pausados. “Las compañías funcionan compartiendo el pan, trabajando a fuego lento y generando espectáculos”. A pesar de las dificultades, Carolina África mantiene cree en el poder transformador de la cultura:“Si la guerra es un arma de destrucción masiva, a veces la cultura y el arte pueden ser un arma de construcción masiva”, afirma. Está convencida de que una película, una obra de teatro, una novela o un poema pueden ayudar a comprender el dolor, elaborar un duelo o descubrir realidades que permanecían ocultas.