En torno a 1930, la Sagrada Família ofrecía una estampa capaz de fascinar al observador más romántico. Entonces solo estaba en pie una de las fachadas, la del Nacimiento. En la parte más baja se insinuaban los claustros de las vírgenes de Montserrat y del Roser y, al lado, el esbozo del futuro ábside. La panorámica del templo inconcluso tenía poco que envidiar de cuadros míticos como La abadía de Tintern, de Turner, o Las ruinas de Eldena, de Caspar David Friedrich, así como de las representaciones que se han hecho de la abadía de Newstead, que un día fue de Lord Byron. Aquella Sagrada Família a medio hacer podía también emparentarse con la catedral de Colonia que pintó Karl Friedrich Schinkel cuando aún no se había culminado la obra.