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Ahora sí, un Watergate español

12 June 2026 at 03:09

Pocos asuntos importados del exterior han sido más y peor manoseados por la conversación pública española que el conocido como «caso Watergate». Empezando por la manía de añadir el sufijo inventado «gate» a cualquier trama que contuviera trazas escandalosas. Como si el nombre no surgiera, simplemente, del complejo de Washington en el que el Partido Demócrata tenía las instalaciones que fueron objeto de robo y espionaje. Esto ha dado pie a combinaciones entre lo castizo y lo pretendidamente cosmopolita que indigestarían a los hígados más curtidos. Koldogate o Villarejogate son sólo algunos ejemplos.

En cuestiones de fondo, esta insistencia resulta comprensible. Al fin y al cabo, la generación que más altavoz ha tenido estas décadas atrás es la misma que se encontraba en la juventud cuando la investigación periodística de los reporteros de The Washington Post Carl Bernstein y Bob Woodward terminaría provocando la dimisión del presidente Richard Nixon. Se entiende que dejara huella, hasta el punto de fijar el canon de qué es un escándalo político. Raro es el tejemaneje que no ha sido comparado con el Watergate en uno u otro momento. Sucede que éste viene marcado por unas características muy concretas que no es tan fácil ver reproducidas en cada corruptela local que nos salga al paso.

El conocido inicialmente como «caso Leire» –el nombre parece ahora quedarse un tanto corto– tiene la peculiaridad de parecerse bastante a aquel escándalo. Esta vez sí. El propio término «fontanera» es una herencia de todo aquello. Los «White House Plumbers» fueron el cuerpo encubierto creado en 1971 para contrarrestar el escándalo de los papeles del Pentágono. Se llamaron informalmente «plumbers» («fontaneros») porque su trabajo consistía en evitar «filtraciones».

Es ese mismo espíritu el que mueve al entramado presuntamente criminal que dibuja en su auto el juez Santiago Pedraz. Una estructura a cuyo servicio estaba otra; la del propio PSOE. Y todo con el fin de «neutralizar los casos judiciales contra el partido o el Gobierno». El paralelismo se escribe solo. Puede compararse con Kitchen, si se quiere. Este caso puede ser incluso más grave, en tanto en cuanto se usaron efectivos de la Policía. La próxima sentencia aclarará. Lo que no llegará a ser es tan parecido a lo destapado en Washington a partir de 1972. No es, únicamente, una cuestión de propósito. Quien haya visto la miniserie de HBO sobre aquellos «fontaneros» originarios sabrá que los nuestros han salido de un molde muy similar.

Pero quién nos lo iba a decir. Después de más de medio siglo de sobeteo, se nos presenta un Watergate español y una buena parte de los constructores de opinión han decidido constituirse en guardia pretoriana de Nixon. La coincidencia en el tiempo con el caso relativo a Zapatero (recuérdese que esta es una trama que surge para parar las otras tramas, lo que se traduce en unas interconexiones que requerirían un corcho con fotos que dejaría en broma el de Claire Danes en Homeland) nos ha permitido asistir a una sucesión de clavos ardiendo a los que los postes repetidores se han ido agarrando con fe declinante. Porque ya se percibe una mezcla entre el hastío y la falta de convicción cuando se intenta aguar alguna de las revelaciones. Cómo estará la cosa para que paguemos el sueldo a todo ese ejército de asesores y todo lo que hayan podido prepararle al presidente sea recurrir a Marcial Dorado y al bulo de «M. Rajoy».

En el momento de escribir estas líneas, lo que le hemos escuchado a Sánchez al respecto es lo siguiente: «Nunca se me ha informado sobre las andanzas de Leire Díez, nunca las hubiera tolerado». La frase puede valer para la exculpación penal pero no dice demasiado de sus dotes ni de secretario general ni de presidente del Gobierno.

Llegados a este punto, es interesante recordar por qué cae Nixon exactamente. Carecía de apoyo parlamentario e iba derecho al «impeachment», sí. Pero su pérdida de crédito está mucho más relacionada con sus mentiras sobre el grado de conocimiento de las acciones de sus fontaneros que con los hechos en sí. De modo que habrá que estar muy atentos a lo que se sepa en el futuro para poder cotejar el grado de veracidad de esas excusas. Presunción de inocencia pero valor escaso de la palabra dada habida cuenta de los antecedentes. Pero en los tiempos de Richard Nixon el embuste resultaba demoledor para un político. Ahora la cosa es distinta.

Al menos estamos pudiendo ver con claridad quiénes son todos los hombres y mujeres del presidente.

© PHOTOGRAPHERS

Leire Díez, tras la declaración en un hotel en el que irrumpió Víctor de Aldama, el año pasado
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