Trump tiene ahora el capricho de imprimir un billete de 250 dólares con su cara. Un capricho barato, comparado con sus costumbres y que, en principio, tampoco mata a nadie: otra excentricidad, si pensamos en lo que disfruta bombardeando. La cifra conmemora el 250 aniversario de la independencia, pero da igual: lo que importa es el rostro, no la excusa. Y el rostro, en un billete, cumple la misma función que el santo en una estampita. Ambos viajan de mano en mano, se guardan junto al corazón, se pierden, se encuentran, se doblan por la mitad. Ambos representan una fe. Los norteamericanos llevan muertos en la cartera: Franklin, Lincoln, Washington. Los padres fundadores los acompañan a comprar el pan, pagan el taxi, esperan en el cajón de la mesilla de noche. Son reliquias que circulan, santos laicos tocados por millones de dedos que nunca rezan, pero siempre cuentan. El dinero no exige fe; exige obediencia, que es más eficaz. No necesitas creer en el dólar, basta con que el dólar crea en ti.