Las Raíces de la esperanza: León XIV convierte Tenerife en la voz de los migrantes
Desde primera hora de la mañana, 685 migrantes se encontraban sentados en el espacio habilitado dentro del Centro de Acogida de Las Raíces esperando al Santo Padre. La mayoría habían llegado a Canarias semanas o meses antes en cayucos y precarias embarcaciones desde el África subsahariana. Algunos llevaban días practicando frases en español, pequeñas palabras preparadas para poder decirle algo al hombre que venía desde Roma para escucharles.
El gesto en francés
León XIV abrió su intervención señalando que los migrantes habían hablado en español mientras que el había preparado lo suyo en francés, lengua materna de buena parte de los residentes del centro lagunero, y en la que piensan, sueñan y pelean por un futuro mejor. Elegirla fue romper las barreras del protocolo y una forma de decirles que había pensado en ellos antes de llegar.
Durante su discurso, León XIV habló de heridas, de corazones lastimados por el camino, pero también de abiertos que ayudan a seguir. El pontífice señaló que "el amor de Dios no distingue entre orígenes ni pone fronteras" que, de alguna manera, "somo migrantes, peregrinos en tránsito hacia algún lugar".
Después del discurso recorrió las filas de asistentes. Se detuvo con niños, saludó, escuchó. Una parte del acto que será la que para muchos siempre quedará en el recuerdo. "Viendo sus rostros, escuchando sus testimonios, pienso también en sus corazones, heridos por tantas dificultades, pero también consolados por el amor recibido", señaló el Santo Padre, en un encuentro cargado de simbolismo y gestos significativos.
Las voces que precedieron a León XIV
Antes de que León XIV hablara, dos residentes del centro tomaron la palabra. El primero, un hombre que habló del miedo que acompaña cada día del proceso migratorio, de la soledad que no se va aunque uno llegue a tierra, y de lo que significa recibir un gesto de reconocimiento. Sus aspiraciones, dijo, no son otras sino las de trabajar, mantener a su familia y vivir con dignidad.
Bousso Diouf, una mujer nigeriana acogida en el centro, fue la segunda en hablar. Durante su intervención habló en nombre de todos los que han tenido que marchar. Describió que, cuando alguien se monta en un cayuco para venir a Canarias lo hace con hambre, frío y miedo a que la embarcación llegue a ninguna parte. También nombró a quienes no sobrevivieron y denunció a quienes se aprovechan de la desesperación ajena. Le pidió al Papa, directamente, que recuerde al mundo que detrás de cada migrante hay una historia, una familia, alguien que merece algo más que ser un simple número del que nadie se acordará.
Por su parte, el obispo de San Cristóbal de La Laguna, Eloy Santiago, señaló a Canarias como frontera sur de Europa, como el lugar donde miles de personas tocan tierra después de cruzar el complicado océano Atlántico con lo puesto, y como el lugar donde otros tantos se quedan para siempre bajo el agua. Así, contextualizó la capacidad del centro, la acumulación de años de presión migratoria, y reclamó que esa realidad se escuche donde hay que hacerlo. El director de Las Raíces hizo lo propio. 54.000 personas acogidas desde 2021, y un equipo que trabaja todos los días para que ese primer contacto con tierra firme no sea lo único decente que les pase.
La Laguna, ciudad y escenario
Antes de que todo eso ocurriera, en el centro de San Cristóbal de La Laguna, las butacas frente al Real Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna comenzaron a llenarse de vecinos y fieles de toda Canarias. La Plaza del Cristo, uno de los espacios más emblemáticos de Tenerife, amaneció diferente, como si algo grande fuera a acontecer muy pronto. Aunque faltaban horas para la llegada de León XIV, nadie podía ya moverse por las calles del casco histórico.
San Cristóbal de La Laguna, ciudad abierta al mundo y Patrimonio de la Humanidad, llevaba semanas preparándose para una jornada que no tenía precedentes. Las fachadas, los balcones y las torres de las diferentes iglesias marcaban un operativo que desde la tarde noche del jueves ya provocaba cortes de tráfico, controles y una presencia policial que transformó la tranquilidad habitual del municipio.
Alrededor de 3.000 personas, entre canarios y migrantes llegados de distintas partes del Archipiélago y de la Península, se reunieron en un encuentro centrado en la integración. Asociaciones y entidades de acogida compartieron sus experiencias ante el Santo Padre. Tras la bienvenida por parte de monseñor Eloy Santiago, el Santo Padre pidió a los migrantes que "se abran en confianza con la comunidad que les recibe, aprendan su lengua, respeten sus leyes, conozcan sus costumbres y participen en la vida común".
En este segundo acto de la jornada ha lanzado también una dura condena a los traficantes de personas y a quienes organizan sus rutas de muerte: "Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, habrá de comparecer ante la justicia divina. Deténganse, conviértanse".
Los vecinos que no quisieron perderse la llegada del pontífice a La Laguna
La imagen de León XIV en La Laguna era potente y excepcional. Y probablemente habrá quien no vuelva a ver al Pontífice tan de cerca. Por eso, en la calle Viana, Lorena vino con toda su familia a un acto que definió como "histórico y único". Pepe, residente en Santa Cruz, y que a lo largo de su vida ha visto personalidades como el Rey Juan Carlos o Felipe II, reconocía que nunca había estado tan cerca de un papa y que no pensaba perdérselo.
"Vivimos en La Laguna pero queríamos sentir de cerca un momento histórico para Canarias", señalaba Pili. Alberto había llegado con antelación "para coger sitio" con su hijo y su mujer. Y es que había familias con niños a hombros, pero también jóvenes, y unos cuantos que, aunque sin demasiada devoción, reconocían estar ahí por poder contarlo. El sol de junio también hacía su presencia y apretaba sobre el empedrado lagunero, donde como ocurrió en Gran Canaria un día antes, abundaban los abanicos, las gorras, las sombrillas y alguna que otra botella de agua.
Pasada la media mañana La Laguna recuperó sus calles. El empedrado del centro histórico volvía a ser de los vecinos y la ciudad cogía ritmo nuevamente. En Las Raíces, los migrantes seguían en las carpas igual que al amanecer, con los mismos expediente pendientes, y el mismo mar al frente. Pero ahora con la ilusión y la esperanza de un futuro mejor.








