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Dientes planos y esmalte dañado: así afecta el uso de pelotas de tenis a la boca de un perro

13 June 2026 at 07:21

Hay combinaciones que son prácticamente inevitables. Una de ellas es sacar una pelota y presenciar como un perro entra automáticamente en “modo felicidad absoluta”. Las cosas que botan, ruedan o pueden lanzarse lejos activan en muchísimos perros conductas de persecución, juego y exploración profundamente satisfactorias, especialmente en razas seleccionadas históricamente para cobrar objetos o trabajar.

Dentro de todos esos juguetes, pocas cosas están tan universalmente asociadas a los perros como las pelotas de tenis. Son baratas, fáciles de encontrar, ligeras, caben en cualquier mochila y parecen casi diseñadas para una sesión interminable de lanzar y traer. En muchísimos hogares con perros medianos y grandes forman parte obligatoria de la cesta de juguetes.

El problema es que esa normalidad hace que casi nadie se plantee si realmente son un producto adecuado para ellos. Veterinarios y especialistas en odontología veterinaria advierten de que las pelotas de tenis no son tan inocentes como parecen, especialmente cuando el perro pasa mucho tiempo mordiéndolas, destruyéndolas o jugando sin supervisión.

De qué está hecha una pelota de tenis

Aunque solemos pensar en ellas como objetos blandos, las pelotas de tenis están diseñadas para resistir impactos violentos contra raquetas, cemento, tierra batida o asfalto. Su objetivo no es ser mordidas durante horas por un animal.

La estructura interna está fabricada con caucho vulcanizado, una mezcla de goma natural y sintética tratada químicamente para aumentar su resistencia, elasticidad y durabilidad. A eso se añaden aceleradores químicos, azufre, óxidos minerales y distintos compuestos industriales utilizados para soportar la abrasión constante del deporte profesional.

Por fuera, la característica capa amarilla o verdosa tampoco es simple tela, sino que se trata de un recubrimiento de fibras sintéticas o mezclas de lana y nailon diseñado específicamente para resistir una fricción continua.

Eso no significa que una pelota de tenis sea automáticamente tóxica ni venenosa para un perro por tocarla o jugar puntualmente con ella. El problema aparece cuando un objeto pensado para raquetas pasa a convertirse en un juguete de masticación diaria, durante años y con exposición continua a la saliva, la presión mandibular, la suciedad y el desgaste.

Los especialistas insisten precisamente en que no hablamos de un peligro dramático inmediato en la mayoría de los casos, sino de pequeños daños acumulativos que pueden acabar teniendo consecuencias importantes con el tiempo.

El desgaste dental

Uno de los problemas más frecuentes asociados a las pelotas de tenis es el deterioro progresivo de los dientes. Aunque al tacto parecen suaves, la superficie externa actúa como una especie de lija. El problema no es solo la fibra sintética, sino que el fieltro de la pelota actúa como una ‘trampa’ para la arena y la tierra, convirtiéndose en un papel de lija húmedo que erosiona el esmalte en cada masticación. Cada vez que el perro aprieta la pelota entre los dientes, esa superficie abrasiva roza el esmalte, y lo hace miles de veces.

Veterinarios odontólogos describen este fenómeno como tennis ball mouth, literalmente ‘boca de pelota de tenis’, un patrón de desgaste característico que termina por aplanar los colmillos y los incisivos de los perros.

El problema suele pasar desapercibido porque aparece lentamente. No hay una fractura espectacular ni un accidente evidente. Simplemente, los dientes empiezan a perder punta, a verse más cortos y lisos. Cuando el esmalte se desgasta demasiado, queda expuesta la dentina, una capa mucho más sensible. A partir de ahí pueden aparecer dolor, dificultad para masticar, infecciones, inflamación e incluso necesidad de extracciones dentales.

Además los perros suelen ocultar muy bien el dolor oral y muchos siguen jugando, comiendo y comportándose aparentemente con normalidad incluso cuando ya existe daño importante.

No es lo mismo jugar que obsesionarse

El problema principal no suele ser perseguir la pelota durante unos minutos, sino quedarse mordiéndola obsesivamente durante largos periodos. Hay perros que utilizan la pelota casi como un ‘chicle’. La mastican mientras descansan, la aplastan repetidamente con las muelas o pasan horas enteras triturando la superficie de fibras.

Esos animales son precisamente los que presentan más desgaste dental y también más riesgo de romper la pelota en fragmentos. Algunas razas razas con una fuerte fijación por el juego oral, como los retrievers, los perros pastores, el pastor belga malinois o perros nerviosos, pueden deteriorar una pelota de tenis en pocos minutos.

El riesgo de atragantamiento

Aparte del desgaste, otro riesgo importante son los accidentes por ingestión. Los perros con mandíbulas potentes pueden comprimir una pelota hasta deformarla completamente. Si la pelota queda atrapada al fondo de la garganta, puede bloquear la vía respiratoria de forma muy rápida.

También hay perros que arrancan y tragan trozos de goma y fibras de la cubierta exterior, fragmentos que pueden provocar desde irritación digestiva hasta obstrucciones intestinales que requieren cirugía urgente.

Los veterinarios de urgencias describen además situaciones relativamente frecuentes en las que la pelota arrastra suciedad, microplásticos, ramas y restos del suelo que el animal termina tragando.

Existe otro detalle importante que muchas personas desconocen, y es que no conviene dejar que un perro juegue con varias pelotas de tenis a la vez. Algunos intentan coger dos simultáneamente y pueden empujar una hacia la parte posterior de la garganta accidentalmente.

¿Entonces son peligrosísimas? No exactamente

La respuesta corta es no. Una pelota de tenis no es automáticamente un objeto prohibido ni estamos envenenando a nuestro perro. Millones de perros juegan con ellas sin sufrir consecuencias graves. Un perro que persigue una pelota de tenis unos minutos bajo supervisión no tiene el mismo riesgo que otro que pasa horas masticándola diariamente hasta destruirla.

Con muchísimos juguetes ocurre algo parecido y el peligro no depende solo del objeto, sino del uso que hace cada animal y de si la familia supervisa o no.

Si un juguete es tan duro que dolería si te golpearas con él en la rótula, entonces también es demasiado duro para los dientes de un perro.

Cómo utilizarlas de forma más segura

Si un perro disfruta muchísimo con las pelotas de tenis, no hay que eliminarlas para siempre, pero sí conviene utilizarlas con ciertas precauciones. Lo más recomendable es reservarlas para juegos interactivos supervisados y retirarlas después. No deberían quedarse como juguete permanente disponible durante todo el día, especialmente en perros con tendencias destructivas.

También es importante revisar frecuentemente su estado. Si la superficie está rota, deshilachada, demasiado desgastada o la pelota empieza a agrietarse, debe retirarse inmediatamente.

Pero, sobre todo, merece la pena observar cómo interactúa realmente el perro con la pelota, ya que no todos juegan igual. Algunos simplemente corren y la devuelven. Otros la convierten en una actividad compulsiva de masticación.

Alternativas más seguras

Actualmente existen muchas pelotas específicamente diseñadas para perros que intentan mantener el componente divertido del rebote y la persecución, pero con materiales menos abrasivos y más resistentes a la rotura.

Las pelotas de caucho flexible para perros mordedores suelen ser una alternativa bastante más segura para un uso continuado. También existen pelotas blandas dentales y modelos adaptados según el tamaño y la potencia mandibular.

Una regla de oro que sugieren muchos veterinarios es la del 'golpe en la rodilla': si un juguete es tan duro que te dolería si te golpearas con él en la rótula, entonces también es demasiado duro para los dientes de un perro.

Diez recomendaciones para elegir una residencia para tu perro o gato

12 June 2026 at 06:23

Ojalá pudiéramos llevarlos siempre con nosotros. A muchos animales les encantaría compartir nuestras vacaciones, corretear por las playas o dormir bajo la mesa del restaurante, pero no siempre es posible. Ya sea por logística, por normativa o porque el viaje no es apropiado para ellos, llega un momento en el que debemos tomar la decisión de dejarles al cuidado de otra persona.

Y aunque en ocasiones podemos contar con familiares, amigos o un cuidador de confianza, no siempre se dan esas circunstancias. Por eso existen las residencias caninas y felinas, centros donde podemos alojarlos mientras estamos fuera. Sin embargo, no todos los lugares son iguales y una elección errónea puede traducirse en estrés, enfermedades o problemas de comportamiento al volver. Para saber si el sitio que estamos considerando es el adecuado, estas claves te ayudarán a tomar una buena decisión.

1. Cada animal como un individuo

Una buena residencia se interesa por la historia, las necesidades y la personalidad del animal. Los profesionales de confianza no se limitan a meter a todos los perros en un mismo recinto ni cometen el error de juntar a gatos desconocidos en una misma sala, algo que les generaría un estrés insoportable. Un buen centro preguntará por sus rutinas, por si toman medicación o por cómo se gestiona su convivencia. Esa atención personalizada es la diferencia entre un lugar que aloja animales y otro que realmente los cuida.

2. Visita el lugar antes de reservar

Nada sustituye a una visita presencial. Es la forma más directa de ver si el entorno es limpio, seguro y tranquilo. Es imperativo preguntar si puedes recorrer las instalaciones, ver los espacios donde dormirán, jugarán o comerán, y fijarte en los animales que ya están allí: ¿parecen tranquilos? ¿Interactúan con el personal de forma positiva? Una buena residencia no debería poner trabas para mostrar cómo trabajan.

3. Tipo de enriquecimiento

Especialmente en el caso de los perros, no basta con que salgan un rato a un patio. Averigua si los paseos son individuales o en grupo, cómo se organizan, cuánto duran y si se adaptan al temperamento del animal. Una socialización mal gestionada con desconocidos puede desencadenar miedos o comportamientos no deseados a la vuelta.

4. Personal cualificado y supervisión constante

Pregunta cuántos trabajadores hay por cada grupo de animales y si hay alguien presente las veinticuatro horas. En un centro bien gestionado, el personal no solo alimenta y limpia, sino que también observa cambios de comportamiento, detecta síntomas de enfermedad y sabe actuar ante emergencias. Idealmente, al menos una persona del equipo debería contar con formación en primeros auxilios veterinarios.

5. Asegúrate de que piden la vacunación al día

Una residencia que se toma en serio la salud de sus clientes exigirá la cartilla con las desparasitaciones y las vacunas actualizadas. Esto incluye la de la tos de las perreras para los perros o la trivalente para los felinos, una medida indispensable para proteger tanto a tu compañero como al resto de los huéspedes.

6. Una estancia breve de prueba antes del viaje

Si es la primera vez que dejas a tu perro o gato en un centro de este tipo, valora hacer una miniestancia de una o dos noches para evaluar cómo se adapta. Así, el día que llegue la separación definitiva para un viaje más largo, el animal ya tendrá referencias positivas y conocidas del lugar. Es una inversión en bienestar emocional que facilita enormemente la transición.

7. Lleva objetos familiares de casa

Una cama que conserve el olor de su entorno, sus propios platos o un par de sus juguetes favoritos funcionan como un ancla emocional muy valiosa. Estos objetos les ayudan a calmarse durante los momentos de soledad y permiten conectar su nuevo espacio provisional con la seguridad de su hogar.

8. Pide actualizaciones sobre su estado

Algunos centros mandan vídeos o fotos durante la estancia, o permiten llamadas para saber cómo evoluciona el animal. Que los responsables de la residencia no tengan inconvenientes en proporcionar información sobre el día a día es siempre una excelente señal. A veces no es el propio animal quien tiene problemas para adaptarse a la separación, sino que somos nosotros quienes necesitamos comprobar que todo marcha bien.

9. Evita cambios bruscos en alimentación o medicación

Es fundamental llevar suficiente cantidad de su pienso o comida habitual y explicar con claridad cualquier pauta especial. Si toma medicación, asegúrate de que el personal sabe cómo administrarla y deja siempre las instrucciones por escrito. También resulta muy útil aportar los datos de tu veterinario de referencia por si surgiera cualquier imprevisto.

10. Planifica con tiempo porque las plazas vuelan

No dejes la reserva para el último momento. Las mejores residencias caninas y felinas suelen tener la agenda completa con semanas o incluso meses de antelación. Planificar con margen te dará más tranquilidad para elegir, visitar el centro y preparar a tu compañero de forma progresiva.

Dejar a tu animal de familia en una residencia puede ser una decisión difícil, pero si se elige bien, no tiene por qué ser una experiencia traumática. Muchos perros y gatos disfrutan realmente de ese cambio temporal lleno de juegos, atenciones y estímulos nuevos. Para nosotros, saber que se queda en buenas manos es la mejor manera de poder desconectar de verdad.

Un análisis del gasto veterinario en España revela cómo una sola cirugía puede disparar la factura

9 June 2026 at 06:45

Convivir con un perro implica asumir algunos gastos previsibles como la alimentación, las vacunas o los productos para desparasitación. Sin embargo, muchas familias descubren el verdadero coste de la medicina veterinaria cuando aparece una urgencia, una cirugía o una enfermedad crónica que requiere seguimiento durante meses. Es en ese momento cuando una factura puntual puede convertirse en una cadena de gastos difícil de sostener.

Un estudio elaborado por la empresa especializada en seguros veterinarios Milo, a partir del análisis de más de 2.000 siniestros reales en perros asegurados en España durante el primer trimestre de 2026, refleja precisamente esa diferencia entre el cuidado cotidiano y los imprevistos de mayor gravedad. Aunque el importe medio de las facturas veterinarias se sitúa en 63 euros, una de cada diez supera los 190 euros y algunos casos alcanzan cifras muy superiores.

El informe también pone sobre la mesa una realidad poco habitual en España en comparación con otros países europeos. Mientras en Reino Unido o algunos países nórdicos los seguros veterinarios forman parte relativamente habitual del cuidado animal, en España apenas alrededor del 3% de los perros cuenta con una póliza específica de salud.

El problema de la acumulación

Los datos analizados muestran que los gastos veterinarios no se distribuyen de forma uniforme, sino que una pequeña parte de los casos concentra buena parte del desembolso económico total. El 10% de los siniestros más caros representa casi la mitad del dinero facturado en la muestra estudiada.

Entre los casos recogidos aparecen intervenciones como cirugías digestivas por ingestión de cuerpos extraños, hospitalizaciones prolongadas o problemas oftalmológicos complejos. La factura más elevada incluida en el análisis superó los 2.700 euros en un perro que necesitó cirugía, pruebas diagnósticas, medicación y estancia hospitalaria.

El fundador y director ejecutivo de Milo, Ferran Llisterri, explica que el impacto económico no suele depender únicamente de una intervención aislada, sino de todo lo que viene después. “Muchas veces lo más difícil de asumir no es solo una factura puntual de 1.500 euros, sino el efecto acumulado: encadenar durante meses o años varias facturas de 150 o 300 euros”, señala.

Ese patrón aparece especialmente en perros de edad avanzada, los llamados sénior o geriátricos. Según el estudio, los perros de entre seis y diez años generan más del doble de gasto veterinario que los cachorros, no necesariamente porque sufran más accidentes, sino porque empiezan a aparecer patologías crónicas, revisiones periódicas, pruebas de control y tratamientos de larga duración.

Las cirugías son pocas, pero disparan el gasto

Uno de los aspectos más llamativos del informe es la diferencia entre el peso económico de las consultas rutinarias y el de determinadas intervenciones complejas. Las consultas ordinarias tienen un coste medio cercano a los 46 euros, mientras que las cirugías rondan de media los 392 euros, aunque algunas superan ampliamente esa cifra. Las operaciones ortopédicas asociadas a roturas de ligamento cruzado, relativamente frecuentes en ciertas razas, pueden situarse entre los 978 y los 1.500 euros.

Aun así, las cirugías representan solo una pequeña parte de los gastos veterinarios registrados y buena parte del gasto total se concentra también en el diagnóstico. Analíticas, radiografías, ecografías, pruebas de imagen y exploraciones especializadas forman parte habitual de muchos procesos clínicos, especialmente cuando es necesario averiguar qué le ocurre realmente al animal antes de iniciar un tratamiento, algo que puede incrementar de forma considerable la factura final.

Ferran Llisterri insiste en que muchas familias no son plenamente conscientes de esos costes hasta que se enfrentan a ellos por primera vez. “Una cirugía digestiva por cuerpo extraño puede rondar los 900 euros y un injerto corneal acercarse a los 1.000. Son importes que, si no los has vivido de cerca, cuesta imaginar”, explica.

España y los seguros veterinarios

La baja implantación de los seguros veterinarios en España no responde únicamente a una cuestión económica. Según explica el responsable de Milo, también existe un importante componente cultural. En países como Reino Unido o Suecia, asegurar a perros y gatos se percibe desde hace años como parte normal del cuidado animal. En España, en cambio, muchas personas siguen asociando el seguro a la idea de “rentabilizarlo” mediante vacunas, revisiones o consultas frecuentes, en lugar de entenderlo como una herramienta pensada para situaciones imprevistas y costosas.

“En España nos encontramos mucho con la idea de que el seguro debe compensar económicamente desde el primer momento”, comenta Roman Llisterri a 20minutos.es. “Pero el principal motivo para contratar un seguro es tener la tranquilidad de que el perro podrá recibir el tratamiento necesario sin que el coste económico sea el único factor que determine la decisión”.

En países como el nuestro, donde la atención sanitaria para personas está ampliamente cubierta por el sistema público, muchas familias no tienen una referencia clara de cuánto cuesta realmente la medicina especializada hasta que lo enfrentan en una clínica veterinaria. Pruebas diagnósticas avanzadas, quirófanos, hospitalización, equipos tecnológicos y el sueldo del personal cualificado forman parte de la rutina veterinaria diaria y su coste recae íntegramente en la atención privada.

Posponer cuidados por motivos económicos

El informe también recoge otro fenómeno cada vez más estudiado dentro de la medicina veterinaria: el retraso o renuncia a determinados cuidados por motivos económicos. Según los datos citados en el dossier, más de la mitad de los convivientes con perros y gatos en España habría pospuesto alguna atención veterinaria debido al coste. Los primeros cuidados que suelen aplazarse son los preventivos, como limpiezas dentales, vacunas o determinadas cirugías consideradas no urgentes.

Sin embargo, esa decisión puede tener consecuencias posteriores. “Muchas veces, por no prevenir, finalmente se termina acudiendo a urgencias y asumiendo un gasto diez o quince veces superior”, explica el CEO y fundador de Milo. La situación afecta sobre todo a hogares con menos capacidad económica, pero también a familias que no habían contemplado determinados gastos veterinarios dentro de su presupuesto habitual.

En paralelo, el debate sobre cómo garantizar el acceso a cuidados veterinarios básicos sigue creciendo en España, especialmente ahora que perros y gatos ocupan un papel central dentro de muchas familias.

El extraño hábito de los perros que comen piedras, plástico o calcetines

8 June 2026 at 06:28

Los perros mordisquean, lamen, transportan objetos con la boca y, especialmente durante la etapa de cachorros, convierten cualquier cosa en una posible ‘presa’ improvisada. Pero existe una diferencia importante entre masticar algo por curiosidad y tragárselo de forma repetida.

Algunos perros desarrollan hábitos alimentarios anormales que van mucho más allá de la travesura ocasional. Piedras, tierra, plástico, cuerdas, pinzas de la ropa, calcetines, madera, papel, gomas del pelo e incluso heces pueden acabar dentro del aparato digestivo de animales que, en realidad, están intentando gestionar ansiedad o aburrimiento hasta dolor, estrés o problemas de salud subyacentes.

Esta conducta tiene nombre. Se conoce como pica y puede convertirse en un problema veterinario grave, no solo por el riesgo de intoxicaciones o atragantamientos, sino también por las obstrucciones intestinales y lesiones digestivas que puede provocar.

Cuando masticar deja de ser normal

Muchos perros rompen juguetes, mordisquean palos, destrozan cartones y rompen nuestras zapatillas. Eso, por sí solo, no significa necesariamente que exista un trastorno. La diferencia importante aparece cuando el perro no solo manipula el objeto, sino que lo ingiere de manera repetida y compulsiva. Ahí ya no hablamos simplemente de una conducta exploratoria, sino de un hábito potencialmente peligroso.

Los veterinarios de la facultad de medicina veterinaria de la Universidad de California, en Davis, explican que la pica consiste en el consumo persistente de sustancias no nutritivas que no aportan ningún beneficio físico al animal. Y aunque puede parecer un comportamiento gracioso en los vídeos subidos a las redes sociales, la realidad es que puede esconder desde déficits nutricionales hasta trastornos de ansiedad importantes.

No todos los perros presentan la conducta de la misma forma. Algunos desarrollan fijación por un único material concreto, como las piedras o masticar tela. Otros engullen prácticamente cualquier cosa que encuentran durante el paseo o dentro de casa, y en determinados casos el comportamiento aparece únicamente cuando el animal se queda solo.

El aburrimiento también enferma

Uno de los factores más frecuentes detrás de estos comportamientos es la falta de estimulación física y mental. Perros con niveles altos de energía, razas de trabajo y animales que pasan demasiadas horas solos pueden terminar desarrollando conductas repetitivas para autorregularse y entretenerse. Cuando no tienen alternativas adecuadas para morder, explorar u olfatear, buscan sus propias actividades.

Eso explica por qué algunos perros acaban obsesionándose con piedras, palos, calcetines, los cojines del sofá o las patas de las sillas. El problema no es solo el objeto en sí, sino lo que representa. En muchos casos funciona como una vía de escape frente al aburrimiento crónico, la frustración y la falta de enriquecimiento ambiental.

Los especialistas recuerdan que un paseo rápido para “hacer sus cosas” rara vez cubre todas las necesidades conductuales de un perro. Olfatear, resolver pequeños retos, jugar, interactuar socialmente y disponer de juguetes para la masticación también forman parte de su bienestar.

Ansiedad, estrés y emociones que terminan en el estómago

En otros perros, el origen no está tanto en el aburrimiento como en la ansiedad. Las conductas anómalas de alimentación aparecen con relativa frecuencia en animales con estrés crónico, miedo y que han desarrollado ansiedad por separación. Algunos perros canalizan esa tensión destruyendo objetos, mientras que otros, directamente, se los tragan.

Aquí hay un detalle importante. Muchas veces el comportamiento ocurre únicamente cuando el titular no está presente. Por eso algunos especialistas recomiendan grabar al perro cuando se queda solo para entender mejor en qué momentos aparece la conducta, cuánto dura y qué la desencadena.

También conviene observar si existen patrones concretos. Perros que mastican compulsivamente tras una discusión en casa, durante las tormentas, después de quedarse solos o tras cambios importantes en la rutina o en nuestro estilo de vida, lo que nos puede indicar es que están utilizando esa conducta como una forma de gestionar una sobreestimulación inesperada.

Castigar al animal no resuelve el problema. De hecho, es el camino más rápido para aumentar todavía más su estrés y empeorar el comportamiento.

Cachorros, dentición y malos hábitos que se consolidan

Durante la dentición es completamente normal que los cachorros quieran morderlo todo, porque necesitan aliviar las molestias de las encías y además, explorar el entorno.

El problema aparece cuando no disponen de alternativas adecuadas y empiezan a desarrollar preferencias peligrosas por determinados objetos. Algunos cachorros empiezan masticando los objetos que les dejamos al acceso, como nuestro calzado, y terminan tragándoselos. Si esa conducta no se redirige a tiempo hacia juguetes seguros y apropiados para su tamaño y fuerza mandibular, se puede convertir en un hábito persistente en la edad adulta.

Por eso se recomienda ofrecer desde el principio opciones de masticación seguras, supervisadas y adaptadas a cada perro, evitando objetos que puedan fragmentarse o provocar obstrucciones.

Lo que puede ocurrir dentro del cuerpo

Algunos materiales provocan intoxicaciones, otros dañan dientes y encías, pero uno de los mayores riesgos son las obstrucciones gastrointestinales, especialmente cuando el perro ingiere telas, cuerdas, plásticos y fragmentos duros.

En esos casos pueden aparecer vómitos, apatía, dolor abdominal, estreñimiento, diarrea, pérdida de apetito o incapacidad para defecar. Determinadas obstrucciones requieren cirugía urgente.

Las cuerdas, hilos y cintas resultan especialmente peligrosos porque pueden cortar o perforar el intestino mientras avanzan por el aparato digestivo. Por eso los especialistas insisten en que no debe normalizarse un perro que “siempre se come cosas”. Aunque el animal parezca encontrarse bien, el riesgo acumulativo existe.

Cómo abordar realmente el problema

La solución no pasa únicamente por esconder objetos o vigilar constantemente al perro, aunque la prevención ambiental sea importante. Lo primero es descartar causas nutricionales mediante una revisión veterinaria completa. Algunas deficiencias minerales, problemas digestivos o enfermedades pueden alterar la conducta alimentaria. A partir de ahí, el tratamiento depende del origen concreto del comportamiento.

En muchos casos resulta fundamental aumentar el enriquecimiento ambiental y el ejercicio físico. Más tiempo de olfateo, juguetes interactivos, actividades de búsqueda, mordedores seguros y rutinas más estimulantes pueden reducir muchísimo la conducta. También puede ser necesario trabajar la ansiedad subyacente mediante modificación de conducta y pautas específicas guiadas por profesionales.

Los veterinarios de la UC Davis recuerdan además que ciertas estrategias aversivas, como gritar, perseguir al perro o castigarlo físicamente cuando roba objetos, suelen empeorar la situación. El animal no deja de sentir la necesidad de hacerlo, simplemente aprende a esconderse mejor o a tragar aún más rápido.

En los casos más severos, especialmente cuando existe ansiedad intensa o conductas compulsivas, algunos perros pueden necesitar apoyo farmacológico supervisado por especialistas en comportamiento veterinario.

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