Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus
La Fundación Santamaría (más conocida por su acrónimo SM) acaba de publicar los resultados de la décima edición de su estudio sobre la juventud española. Se trata de una extensa encuesta sobre cuestiones diversas (valores, creencias, integración social, relaciones personales, educación u ocio) que SM viene haciendo, con este mismo formato, desde hace más de treinta años. En este caso el trabajo de campo se realizó a principios de la primavera del año pasado, preguntándose a casi 1700 jóvenes de entre 15 y 29 años. El informe preparado por SM no solo incluye los resultados de la encuesta, sino una detallada e interesante interpretación de las tendencias observadas. Cómo son nuestros jóvenes hoy no solo permite aventurar qué características tendrá la España de mañana, sino juzgar los méritos y deméritos de la manera en que estamos educando a quienes habrán de reemplazarnos. Porque, en buena medida, la forma de ser de los jóvenes es una reacción a lo mejor y a lo peor de la sociedad que hemos construido los adultos. Y es importante que tal reacción no se limite al rechazo de lo menos bueno del mundo que hemos preparado para ellos, sino que entrañe una mejora efectiva de los aspectos indeseables.
Lo fundamental de lo contenido en las casi 200 páginas de este prolijo estudio podría resumirse como sigue. En lo que se refiere a los valores, se constata que los jóvenes dan hoy más importancia al dinero y al ocio que al trabajo o a la educación. Se muestran, asimismo, menos comprometidos con la defensa del medioambiente (por percibir, acaso, un exceso de catastrofismo en las actuales políticas o, por el contrario, por haberse abandonado a cierto fatalismo, ante la aparente imposibilidad de revertir su deterioro) y más interesados, en cambio, por la religión (en general, por el catolicismo, si bien complementado por creencias de orígenes diversos, desde la reencarnación al karma), a la que recurren no solo en momentos de adversidad, sino también cuando han de tomar decisiones importantes. Por lo demás, aunque muchos de nuestros jóvenes opinan que sigue habiendo desigualdad entre hombres y mujeres, piensan también que ambos sexos se enfrentan a dificultades parecidas a la hora de conciliar trabajo y familia, y que los dos dedican el mismo tiempo a las tareas domésticas (poco, en realidad). Finalmente, de cara al futuro, las principales preocupaciones de los jóvenes pasan por conseguir una vivienda, ser independientes económicamente y trabajar en algo que les satisfaga. En el plano político, la juventud de hoy sigue siendo bastante participativa (aunque menos que en otros países), pero se observa un sentimiento creciente de rechazo del actual sistema (lo que incluye no solo una escasa confianza en las instituciones, sino cierta proclividad a aceptar soluciones autoritarias para resolver los problemas), así como una derechización creciente de su posicionamiento político. Los jóvenes parecen también preferir una sociedad hasta cierto punto homogénea, de modo que quienes lleguen se adapten a nuestras costumbres. Consideran también que la inmigración ha alcanzado niveles difícilmente aceptables, si bien parecen asumir que los inmigrantes son necesarios para la buena marcha de la economía. Junto con los amigos o la familia, las redes sociales son, como cabría esperar, un entorno importante para socializar, pero también para obtener información y procurarse formación (muy por encima de la escuela o los libros). Constituyen además una herramienta fundamental de ocio, el cual incluye también la convivencia con amigos y familiares, mientras que se han vuelto menos frecuentes actividades recreativas tradicionales (como ir a bares o discotecas) y, sobre todo, las participativas (como el voluntariado). Los jóvenes siguen leyendo bastante, aunque lo hacen fundamentalmente por placer, no para formarse. Para terminar, el estudio de SM se interesa por la educación de las nuevas generaciones (y especialmente, por el impacto que, en su opinión, tiene en sus vidas). En cuanto al rendimiento académico, parecen persistir diferencias debidas a factores sociales, en el sentido de que el nivel educativo de los padres sigue condicionando el alcanzado por los hijos. Pero también se observan diferencias ligadas al sexo, si bien son hoy los hombres (especialmente los de clase baja) quienes obtienen peores resultados académicos.
Como cualquier otro organismo, somos el producto de un complejo diálogo entre nuestra biología (especialmente, la herencia genética que nos han legado nuestros padres) y el ambiente en que crecemos. Nuestros genes determinan un esquema básico de organización de nuestro cerebro, así como pautas generales de respuesta al medio circundante. Pero los ajustes últimos de tales circuitos y, por consiguiente, las capacidades de las que finalmente estamos dotados dependen de nuestra interacción con el entorno. Y en tanto que primates sociales, dicho entorno lo constituyen, ante todo, las personas que nos rodean. Son de ellas de quienes lo aprendemos casi todo, bien de modo directo (como resultado de instrucciones explícitas), bien indirectamente (cuando emulamos su modo de proceder). Decía Séneca que «longum iter est per praecepta, breve et efficax per exempla», lo que, traducido con cierta libertad, viene a decir que se aprende mejor del ejemplo que de la prédica. El estudio de SM demuestra que nuestros jóvenes hacen justo eso: imitarnos a nosotros. Hemos creado una sociedad cuyo progreso se mide fundamentalmente en términos de crecimiento económico, en la que casi todo se compra y se vende, y que sigue explotando sin freno los recursos naturales para alimentar una insensata carrera consumista. No es de extrañar, por tanto, que los jóvenes de hoy tengan puestas en el dinero casi todas sus esperanzas, si de garantizarse una vida satisfactoria se trata, estén poco dispuestos a participar en actividades altruistas o sientan como hipócritas (o inútiles) casi todas las políticas medioambientales que venimos diciendo defender desde hace décadas. Ahora bien, en sus respuestas (y en su comportamiento) hay también bastante de reacción, posiblemente inconsciente, ante lo inconsecuente (cuando no incongruente) de nuestro proceder y, sobre todo, ante lo extremo de muchas de nuestras decisiones. En este sentido, lo que puede parecer un retroceso, habría que interpretarlo más bien como una necesaria corrección. Así, por ejemplo, el incremento del sentimiento religioso es, a buen seguro, una respuesta al materialismo extremo al que ha llevado nuestra reduccionista apuesta por la ciencia y la tecnología como únicas herramientas para comprender la realidad (y a nosotros mismos) y modificarla (y transformarnos también nosotros). Sin duda, ciencia y tecnología nos han permitido alcanzar el elevado grado de bienestar del que disfrutamos y han cambiado, para bien, buena parte de nuestras ideas acerca del mundo y del propio ser humano. Pero el hombre no es solo razón. Es también emoción. Y debemos nutrir igualmente esta otra parte de nosotros. La sed de trascendencia del ser humano se satisface solo en parte mediante la cosmología o la teoría evolutiva. No se trata de volver a creer en cosmogonías primitivas o en relatos creacionistas, pero sí de alimentar la sensación de misterio del mundo, de conexión con el universo, de comunidad con el resto de las personas. La religión (y hasta la ecléctica práctica religiosa de hoy en día) satisface justo eso, como también lo hace el arte o la poesía. Del mismo modo, no hay que ver en la supuesta derechización de los jóvenes, en su rechazo a la inmigración descontrolada o en su aparente hartazgo de las políticas de género, un retorno a posiciones reaccionarias, racistas o machistas, sino una llamada a actuar con mesura en estos ámbitos, aceptando que la estabilidad (y por tanto, el bienestar) del ser humano necesita de vínculos con el entorno, la cultura y la historia, los cuales no pueden establecerse en cualquier parte, con cualquiera y en poco tiempo. Territorio, grupo, memoria siguen siendo componentes fundamentales de nuestra identidad.
En definitiva, deberíamos ver en las respuestas dadas por nuestros jóvenes a las preguntas de este estudio de SM una llamada urgente a volver a colocar la ventana de Overton (esa que deja ver lo que es aceptable o inaceptable para una sociedad) en un punto medio, aristotélico, el único lugar que favorece que «crescat una veritas, floreat fraternitas», como dice también el famoso himno universitario.


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