Hay muchas diferencias entre Madrid y Barcelona, y una de ellas suele ser poco comentada. El cielo de Madrid lo preside el capital financiero. El cielo de Barcelona lo preside la Iglesia católica.
León XIV está intentando dos cosas: propulsar el catolicismo como una ética humanística de dimensión universal frente a los abismos de la disrupción tecnológica, una renovada oferta moral para el hombre de la calle, y a la vez mantener la unidad de la Iglesia de Roma, la última gran entidad universal realmente existente, en cuya base son cada vez más visibles los impulsos autorreferenciales, la fe vivida como una exaltación de la identidad personal, la musculatura del Yo.