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Rosquillas, lazos o palmeras: tres postres con hojaldre sorprendentemente fáciles de hacer

10 June 2026 at 10:54

Rosquillas, lazos o palmeras: tres postres con hojaldre sorprendentemente fáciles de hacer

El gran secreto de la repostería casera es que no hace falta pasar horas amasando ni complicarse con técnicas imposibles para obtener un resultado digno de escaparate

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Pocas cosas abren más el apetito que el aroma a mantequilla horneada inundando la cocina. Entrar en una pastelería y ver los mostradores repletos de palmeras crujientes, lazos brillantes y rosquillas doradas nos hace pensar que esos bocados están reservados únicamente para las manos expertas.

Sin embargo, el gran secreto de la repostería casera es que no hace falta pasar horas amasando ni complicarse con técnicas imposibles para obtener un resultado digno de escaparate. Utilizando una buena masa de hojaldre como base, puedes recrear tres de los postres más icónicos de las vitrinas de forma sorprendentemente rápida.

Rosquillas de hojaldre al aroma de anís

Rosquillas fritas caseras
Rosquillas fritas caseras

Las rosquillas son uno de los dulces más entrañables y tradicionales de nuestra gastronomía, especialmente vinculadas a festividades como la Semana Santa. Aunque la receta de toda la vida requiere elaborar una masa desde cero y pasar por el proceso de fritura, podemos conseguir una versión horneada espectacular, mucho más ligera y rápida utilizando láminas de hojaldre.

Al hornearse, las capas de la masa se separan creando unas rosquillas huecas, crujientes y con todo el sabor de antaño gracias al toque del licor de anís y el rebozado de azúcar. Apunta los siguientes ingredientes para una docena de unidades:

  • Dos láminas de masa de hojaldre rectangular
  • Un huevo
  • 50 mililitros de licor de anís dulce
  • 50 gramos de azúcar blanco para rebozar
  • Un poco de harina

Para empezar, extiende las láminas de hojaldre sobre una superficie de trabajo ligeramente espolvoreada con harina para que no se peguen. Con la ayuda de un pincel de cocina, pinta sutilmente la superficie de una de las láminas con el huevo previamente batido; esto actuará como pegamento. Coloca la segunda lámina justo encima de la primera y presiona con suavidad con un rodillo para que ambas masas se unifiquen en una sola pieza más gruesa.

A continuación, llega el momento de dar forma a nuestras rosquillas. Utiliza un cortapastas redondo grande (o un vaso) para trocear círculos en la masa y, seguidamente, usa un descorazonador de manzanas o un tapón pequeño para extraer el centro de cada círculo, creando el clásico agujero central. Ve colocando las rosquillas separadas entre sí sobre una bandeja de horno cubierta con papel vegetal. Con el horno previamente calentado a 200 °C, introduce la bandeja y hornea durante unos 15 minutos hasta que veas que han subido con fuerza y lucen un tono dorado precioso.

Finalmente, mientras las rosquillas se hornean, prepara un plato hondo con el azúcar blanco y otro con el licor de anís dulce. En cuanto saques los dulces del horno y todavía estén bien calientes, pincélalos ligeramente con el anís y pásalos inmediatamente por el azúcar.

Lazos de hojaldre glaseados con miel

Lazos hojaldre
Lazos hojaldre

Los lazos de hojaldre son un clásico de las meriendas que destaca por su característico brillo, su textura crujiente y ese toque pegajoso y dulce que aporta la miel. Aunque parecen salidos de una pastelería profesional por el vistoso trenzado de su masa, su elaboración casera es de las más sencillas y agradecidas que existen. Apunta los siguientes ingredientes:

  • Dos láminas de masa de hojaldre rectangular
  • 100 gramos de miel
  • 25 mililitros de agua
  • Un huevo batido

Para comenzar, precalienta el horno a 200 °C con calor arriba y abajo. Mientras toma temperatura, prepara el almíbar base en un cuenco pequeño diluyendo la miel con el agua. A continuación, desenrolla las masas sobre su propio papel vegetal y pincela toda la superficie de una de ellas con una parte de esta mezcla, reservando el resto para el final. Coloca la segunda lámina justo encima, dejando el corazón de miel atrapado entre ambas.

El siguiente paso consiste en dar forma a los dulces. Con la ayuda de un cuchillo afilado o un cortador de pizzas, divide el hojaldre por la mitad en sentido horizontal y, después, realiza cortes verticales para obtener tiras de unos tres centímetros de ancho. Coge cada tira por los extremos y enróllala sobre sí misma un par de veces para darle la característica forma de lazo o hélice, presionando ligeramente los bordes.

Finalmente, pincela la superficie de cada pieza con el huevo batido para garantizar un acabado dorado e introdúcelas en el horno durante unos 12 minutos. En cuanto veas que el hojaldre ha subido y luce un tono tostado espectacular, retira la bandeja y, aprovechando que los lazos están recién sacados y muy calientes, píntalos generosamente con el resto de la miel diluida que habías reservado.

Palmeras de hojaldre clásicas y crujientes

Palmeras caseras
Palmeras caseras

Las palmeras de hojaldre son las reinas indiscutibles de cualquier vitrina de pastelería. Lo mejor de este postre es que su espectacular textura hojaldrada y crujiente no requiere moldes ni utensilios especiales; el secreto reside únicamente en la técnica del plegado de la masa. Toma nota de los siguientes ingredientes:

  • Una plancha de hojaldre rectangular refrigerada
  • Tres cucharadas soperas de azúcar blanco

Para empezar, extiende la plancha de hojaldre sobre tu encimera y espolvorea de manera uniforme una porción de azúcar por toda la superficie. A continuación, realiza el primer plegado: toma los dos extremos exteriores más largos y dobla la masa hacia el interior de cada lado. Espolvorea un poco más de azúcar sobre la zona recién plegada y repite esta misma operación dos veces más, llevando los bordes hacia el centro de forma simétrica hasta que ambos lados se encuentren en la mitad de la plancha.

Una vez que tengas la masa completamente plegada y compacta, dale un doblez final uniendo las dos mitades. Envuelve el cilindro de masa resultante en papel film y déjalo reposar en el frigorífico durante unos diez minutos. Mientras tanto, aprovecha para precalentar el horno a 190 °C con calor arriba y abajo.

Transcurrido el tiempo de reposo, saca la masa de la nevera y, con la ayuda de un cuchillo bien afilado, córtala en porciones transversales de aproximadamente un centímetro de grosor. Coloca las piezas tumbadas en una bandeja de horno cubierta con papel antiadherente, asegurándote de dejar una separación generosa entre ellas, ya que crecerán notablemente hacia los lados.

Introduce la bandeja en el horno y cocina las palmeritas durante unos ocho minutos sin abrir la puerta para no perder temperatura. En cuanto observes que han aumentado de tamaño y los bordes adquieren un tono ligeramente tostado, saca la bandeja un momento y, con mucho cuidado dales la vuelta con una espátula. Hornéalas por el otro lado durante tres minutos más para que el caramelo se homogeneice, retíralas y déjalas enfriar sobre una rejilla para que alcancen su punto máximo de crujiente.

Tomate en la nevera, ¿sí o no?: lo que debes tener en cuenta para que conserve al máximo su sabor

9 June 2026 at 12:38

Tomate en la nevera, ¿sí o no?: lo que debes tener en cuenta para que conserve al máximo su sabor

Descubre por qué el frigorífico sabotea su textura y cómo conservarlo según su madurez para no perder ni un ápice de sabor

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El catálogo de este fruto es inmenso: existen cerca de cien variedades de tomates que los expertos agrupan en función de sus dimensiones, su silueta y su uso idóneo en la cocina, ya sea para ensaladas o para elaboraciones calientes. Si nos fijamos en su morfología, destacan los tomates carnosos (redondeados y con estrías), los pequeños y esféricos cherries, los de pera (alargados, muy aromáticos y perfectos para hacer purés o salsas por su abundancia de pulpa) y los clásicos redondos, de piel lisa, consistencia gruesa y un paladar dulce que se presentan en tonos rojos o amarillos.

Desde el punto de vista de la salud, según la Fundación Española de la Nutrición (FEN) el tomate es pura hidratación combinada con hidratos de carbono, proteínas y un potente combo de nutrientes donde brillan la vitamina C (una ración cubre el 61% de las necesidades diarias) y la vitamina A. Su compuesto más célebre es el licopeno, un carotenoide cuyo potencial se multiplica si escogemos la variedad de pera, si compramos tomates maduros y si priorizamos aquellos que han sido cultivados al aire libre y recolectados en su momento justo.

Es uno de los debates más repetidos en cualquier cocina: al llegar de la compra, ¿el tomate va dentro o fuera de la nevera? Aunque la respuesta automática para casi cualquier alimento fresco suele ser el frigorífico, con el tomate topamos con una gran excepción gastronómica. Meterlos en frío puede parecer la mejor opción para prolongar su vida útil, pero la realidad es que las bajas temperaturas sabotean por completo sus propiedades organolépticas, transformando una pieza jugosa y sabrosa en un fruto de textura harinosa y sin apenas aroma.

Si alguna vez has notado que un tomate refrigerado sabe a corcho o a plástico, no es una percepción tuya; es pura ciencia. Un exhaustivo estudio publicado por la National Academy of Sciences reveló los mecanismos moleculares que explican por qué el frío destruye el sabor de este fruto.

La investigación arroja una primera conclusión sorprendente: el frío de la nevera no altera los azúcares ni los ácidos del tomate (los niveles de glucosa, fructosa o ácido cítrico se mantienen intactos). El verdadero problema radica en los compuestos volátiles, que son las moléculas responsables del aroma y de que el cerebro perciba el sabor a tomate. Cuando un tomate se somete a temperaturas inferiores a los 12 °C (la nevera suele estar a unos 4 °C), se activa un proceso llamado metilación del ADN. En palabras sencillas: el frío actúa como un interruptor que apaga temporalmente los genes encargados de fabricar el aroma.

Muchos creen que el problema se soluciona sacando el tomate de la nevera unas horas antes de comerlo. Sin embargo, los científicos descubrieron que algunos genes se recuperan tras volver a la temperatura ambiente (20 °C), pero otros se quedan dañados de forma permanente. Aunque el tomate recupere algo de energía, nunca volverá a tener el sabor y el aroma de una pieza que jamás ha sido refrigerada.

Cómo conservar el tomate

En el mercado podemos encontrar hasta un centenar de variedades de tomates
En el mercado podemos encontrar hasta un centenar de variedades de tomates

Para aplicar con éxito todo lo que nos enseña la ciencia, debemos entender que el frigorífico es un gran aliado para frenar la descomposición de la comida, pero se convierte en el peor enemigo del proceso de maduración de los frutos. El tomate es una pieza delicada que continúa desarrollando sus azúcares, carotenos y delicadas moléculas aromáticas después de ser recolectada, siempre y cuando se mantenga a una temperatura ambiente adecuada.

Por ello, el truco para no arruinar su textura ni su paladar consiste en gestionar su almacenamiento en casa en función de su estado de madurez, relegando el uso del frío únicamente a casos de extrema necesidad.

  • Piezas verdes o rosadas: deben permanecer siempre fuera de la nevera, en un lugar fresco y alejados de la luz solar directa, para que puedan completar su evolución de forma natural, concentrando así todo su licopeno y sus componentes esenciales.
  • Tomates maduros de consumo diario: almacénalos en la encimera o en un frutero si piensas comerlos en los próximos 3 o 4 días; de esta manera, sus compuestos volátiles se mantendrán intactos y disfrutarás de su auténtico aroma original.
  • El truco de colocarlos boca abajo: cuando los dejes en el frutero, apóyalos siempre con la zona del tallo hacia abajo. Esta es la parte más blanda y por donde se evapora más humedad; al voltearlos, evitas que se abollen con su propio peso y retrasas su deterioro.
  • Ejemplares muy maduros o blandos: en este caso sí es recomendable meterlos en el cajón de las verduras del frigorífico. Aunque el frío apagará temporalmente la producción de sus aromas, es preferible ralentizar su descomposición y evitar la aparición de moho antes que tener que tirarlos a la basura.
  • Porciones ya cortadas: por estrictas razones de seguridad alimentaria, cualquier mitad o trozo que te haya sobrado debe guardarse obligatoriamente dentro de la nevera, protegido en un recipiente hermético para evitar la proliferación de bacterias.
  • Evita las bolsas de plástico y la cercanía a otras frutas: nunca los dejes cerrados en las bolsas de la compra porque acumulan humedad. Asimismo, procura separarlos de productos como los plátanos o las manzanas, ya que el gas etileno que estos desprenden acelerará la degradación del tomate hasta pasarlo en pocas horas.
  • El periodo de aclimatación previo: si te has visto obligado a refrigerar tus tomates debido al calor o a que estaban excesivamente blandos, recuerda sacarlos de la nevera al menos 24 horas antes de consumirlos. Este simple gesto ayuda a que el fruto recupere la temperatura ambiental y reactive parte de sus funciones volátiles.

¿Por la noche o durante el día? Cuál es el mejor momento para regar las plantas en verano y por qué

8 June 2026 at 13:17

¿Por la noche o durante el día? Cuál es el mejor momento para regar las plantas en verano y por qué

Ni al mediodía ni al caer el sol: la lógica botánica de por qué el amanecer es el único aliado real de tus macetas durante las olas de calor

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Cuando el termómetro se dispara en pleno verano, nuestras plantas son las primeras en dar la voz de alarma: hojas caídas, tierra agrietada y un aspecto apagado que nos empuja a correr a por la manguera. Sin embargo, en la jardinería estival, las buenas intenciones sin estrategia pueden ser letales.

Echar agua a la hora equivocada no solo desperdicia un recurso valioso, sino que puede debilitarlas hasta un punto de no retorno. El eterno dilema entre adelantar el riego al amanecer o retrasarlo hasta la noche esconde una lógica botánica fascinante que va mucho más allá de la simple comodidad.

Te desvelamos qué momento del día es el verdadero aliado de tu jardín y por qué el mediodía es el peor enemigo de tus zonas verdes.

Factores que determinan el éxito del riego

El amanecer es la hora perfecta para regar
El amanecer es la hora perfecta para regar

Antes de mirar el reloj, es fundamental entender que cada planta habita en un ecosistema microclimático único. Las necesidades de agua varían drásticamente en función de estos pilares:

  • El tipo de planta: las especies de hoja grande o las hortícolas demandan una hidratación constante, mientras que las suculentas o los cactus prefieren periodos de sequía controlada.
  • La morfología del suelo: la textura del sustrato dicta la retención hídrica. Los terrenos arenosos drenan con rapidez y exigen riegos ligeros, pero frecuentes; por el contrario, los arcillosos retienen la humedad en exceso y se compactan, requiriendo aportes más espaciados pero profundos.
  • El entorno y la ubicación: las plantas cultivadas en maceta disponen de menos sustrato y sufren una evaporación mucho más veloz que aquellas asentadas directamente en suelo firme. Asimismo, los sistemas de climatización en interiores (calefacción o aire acondicionado) alteran los niveles de humedad ambiental de forma drástica.

¿Por la noche o durante el día? La mejor hora de riego

Tanto los profesionales del sector como la prestigiosa Royal Horticultural Society (RHS) de Reino Unido, coinciden de forma unánime: el mejor momento para regar las plantas en verano es a primera hora de la mañana, idealmente entre las 6:00 y las 8:00 horas (o antes de que el sol despunte por completo). Esta franja horaria responde a una triple lógica biológica y climática:

  • Activación metabólica (Presión osmótica): al comenzar el día se activa el mecanismo interno de la planta que hace circular el agua y los nutrientes desde las raíces hacia los tallos, hojas y flores.
  • Aprovechamiento máximo: al ser las temperaturas más frescas, la tasa de evaporación es mínima. El agua penetra de forma eficiente en el sustrato, permitiendo que los vegetales se mantengan bien hidratados para afrontar el estrés térmico de las horas de insolación máxima.
  • Prevención de infecciones: cualquier salpicadura accidental sobre el follaje se secará rápidamente con los primeros rayos de sol, impidiendo que la humedad se quede estancada.

Cuando el termómetro aprieta, el impulso de coger la manguera a las dos de la tarde puede ser tentador, pero es una de las prácticas más dañinas en jardinería. A pleno sol, la mayor parte del agua se pierde en la atmósfera por evaporación antes de alcanzar el sistema radicular de las plantas. Además, las gotas depositadas sobre los tejidos vegetales actúan como pequeñas lupas, concentrando la radiación solar y provocando quemaduras irreversibles en las hojas.

Por otro lado, aunque regar de noche parece cómodo, es una alternativa que entraña riesgos. Al caer el sol, el agua acumulada en las raíces y el follaje tarda horas en disiparse debido a la falta de luz y ventilación. Esta humedad estancada en ambientes cálidos se convierte en el caldo de cultivo idóneo para la proliferación de enfermedades fúngicas graves como el oídio, la botritis o el moho, además de atraer a plagas de caracoles y babosas.

Si tus horarios te impiden regar al amanecer, la segunda opción aceptable es hacerlo al final de la tarde (entre las 18:00 y las 20:00 horas), pero siempre garantizando un margen de tiempo suficiente para que la superficie de la planta se seque antes de que la noche sea cerrada.

Tres consejos para un riego inteligente y eficiente

Para optimizar cada gota de agua durante la temporada estival y conseguir un jardín verdaderamente resiliente, los profesionales sugieren aplicar estas tres reglas de oro:

  1. Entrena a tus plantas: la RHS insiste en un lema fundamental: es preferible realizar un riego profundo y ocasional que muchos riegos superficiales diarios. Aportar agua en abundancia de forma espaciada estimula a la planta a desarrollar raíces mucho más profundas y fuertes en busca de humedad, volviéndola notablemente más resistente a las olas de calor.
  2. Dirige el agua a la base y utiliza el método adecuado: el riego localizado es el más eficiente. El uso de aspersores o mangueras sin control suele desperdiciar recursos y mojar innecesariamente las hojas y flores. Lo ideal es emplear una regadera para aplicar el agua directamente sobre la tierra o el compost, justo por encima de la zona de las raíces. En el caso de las macetas, un truco excelente es el riego por capilaridad: coloca agua en el plato inferior durante unos minutos para que el sustrato la absorba hacia arriba y retira el exceso sobrante para evitar que las raíces se pudran.
  3. El truco del dedo y el sustrato protegido: no sigas un calendario estricto de riego; en su lugar, aprende a escuchar a la planta. Introduce un dedo o un palo de madera unos dos centímetros en la tierra: si sale limpio y seco, ha llegado el momento de regar. Además, para proteger las raíces del sobrecalentamiento veraniego, se recomienda recurrir al acolchado o mulching, una técnica que consiste en cubrir la superficie del suelo con paja u hojas secas para sellar la humedad y reducir drásticamente la evaporación.
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