El Museo del Prado ha decidido detener por un momento la corriente de visitantes que acuden en busca de Velázquez, Goya, El Bosco y Rubens para proponerles otra pregunta: ¿qué ha pasado con la pinacoteca en lo que llevamos de siglo? La respuesta toma forma en Prado. Siglo XXI, una exposición que puede verse hasta el 27 de septiembre de 2026 y que desplaza el foco desde la contemplación de las obras maestras hacia la vida interna de la institución. La muestra, comisariada por Alfonso Palacio y Elena Cenalmor, no plantea una celebración complaciente ni una simple galería de hitos administrativos. Su ambición es más compleja: contar cómo una institución nacida para custodiar una colección histórica ha tenido que repensarse en el siglo XXI sin romper el pacto con su pasado. En ese equilibrio se juega buena parte del sentido de este recorrido.
La expectación era altísima. El Papa estaba a punto de llegar al Bernabéu y, claro, como si de una superestrella se tratase, los leoners no podían ocultar su emoción. Así es como se llaman los fans del Pontífice, los auténticos, aquellos que como los de Aitana, Quevedo y Rosalía rastrean cada paso. Lo tenían todo preparado: pancartas a rotulador fluorescente, pulseras tejidas con su nombre, maquillajes con los tonos del Vaticano… “Es un icono pop, lo tengo en todas las redes sociales. Me encanta cómo habla, su mensaje. Siempre que me lo permita el trabajo, le seguiré por el mundo”, dijo Gracia, de 32 años, acompañada por sus amigas Lorena, Sandra y Martina. Es tal su pasión que, de hecho, ojo, mañana viajarán a Barcelona. No serán las únicas. A su alrededor, diferentes grupos confirman que también lo harán. Una papamanía que, al entrar, entre vítores y aplausos, elevó al Santo Padre a la categoría de ídolo de masas: el Bad Bunny de la fe despierta tantos suspiros como el Bad Bunny de la música.