Infancias robadas
No puede dejarnos indiferente. España, lamentablemente, ocupa un lugar trágico en el mapa mundial de la pederastia. La magnitud estimada del Defensor del Pueblo es de alrededor de 440.000 niños, niñas y adolescentes víctimas de abusos sexuales en la Iglesia Católica desde los años 40. Un fenómeno sistemático y global, que se ha caracterizado por décadas de encubrimiento institucional.
La respuesta que una sociedad da frente a la pederastia marca su medida democrática y ética. La respuesta debe ser inmediata, contundente y centrada en la protección de las víctimas; garantizando que no quede impune este delito abominable y muy grave que viola los derechos humanos fundamentales. Es inexcusable denunciar y actuar sin demora, incluso ante una sospecha. El silencio o la falta de acción es un acto cómplice. La prioridad es además proteger la integridad y la vida de la víctima, su seguridad física y emocional. Sin olvidar, desde la infancia, apostar por la educación sobre el respeto, la autoestima, la prevención de la violencia sexual infantil y la identificación de señales de riesgo. Incluyendo la concienciación familiar, escolar y comunitaria.
Este horrible atentado a la infancia y la dignidad humana causa un daño profundo y duradero, no solo en las víctimas, también en la sociedad. La condena social debe ser unánime y constante, porque cada estadística es una infancia robada y un dolor que persiste. Cada víctima merece reconocimiento efectivo; merece verdad, justicia, reparación y no repetición.


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