Los nuevos sonidos del Manzanares
El tráfico rodado de la M-30, el agua, el viento, un claxon de bicicleta e, incluso, una tímida oropéndola. Todo esto compone la «canción» del Manzanares a su paso por la ciudad. El paisaje sonoro del río madrileño sigue atravesado por el ruido urbano, pero ahora «diría que también suena a biodiversidad», resume Almudena Cepero, bióloga y educadora ambiental del Centro Ambiental y Cultural Maris Stella, al final de una caminata de dos horas junto al cauce.
¿Y cómo suena exactamente la biodiversidad?, le pregunto. Almudena no duda: «Al regreso, aunque sea esporádico, de las nutrias», dice. Se trata de una especie que no se veía en Madrid desde hacía 50 años y cuya presencia indica que la calidad del agua está mejorando. La última vez que se ha tenido noticia de un avistamiento ha sido este mismo 2026, tras las lluvias y las crecidas del cauce durante el invierno. También han regresado aves como el martín pescador y vegetación de ribera como las eneas o los sauces. Y han reaparecido especies de peces que llevaban desaparecidas desde mediados del siglo pasado, como las bermejuelas o los barbos. «Los ríos son corredores ecológicos que conectan especies, pero que además aportan bienestar mental y salud a los ciudadanos. Solo hay que dejarles ser. El Manzanares está encontrando su fórmula, solo necesita tiempo», dice.
La caminata forma parte de Walking Rivers, una iniciativa internacional que promueve recorridos ciudadanos junto a los ríos para redescubrirlos desde otra perspectiva: no solo mirarlos, sino escucharlos. La edición de este año, centrada en los paisajes sonoros, proponía prestar atención a los sonidos que revelan el estado ecológico de estos espacios y a la relación entre naturaleza y ciudad.
En esta tercera edición, que acaba de celebrarse, se han realizado 130 caminatas por ríos en 26 países de cinco continentes. España, el país con más iniciativas, ha sumado más de 300 kilómetros recorridos.
«Muchas veces vemos los ríos como canales que transportan agua, pero son mucho más. Llevan agua, sí, pero también vida y sedimentos que luego encontramos en las playas a las que nos gusta ir. Si creamos una memoria agradable sobre ellos, nos fijaremos más y los cuidaremos mejor», comenta Lucía di Stefano, directora adjunta del Observatorio del Agua de la Fundación Botín. La entidad organiza esta iniciativa junto al Centro Ibérico de Restauración Fluvial (CIREF), la Universidad Complutense de Madrid y Wetlands International Europe.
Las arterias del territorio
Esta mezcla sonora, a medio camino entre el paisaje natural y el antropomórfico, se hace evidente en la pasarela peatonal que une Madrid Río con el Parque Lineal del Manzanares. Aquí el margen del río solo resulta transitable a pie por uno de sus lados, mientras una valla separa el tráfico y el ruido al otro. El cauce parece una frontera difusa entre dos mundos que se entrecruzan durante todo el recorrido urbano y que van dejando incluso sonidos insospechados. A la altura de la Caja Mágica, el río también suena a tenis y «a las grabaciones de halcones y otras rapaces que se utilizan previamente a los torneos para evitar que las palomas sobrevuelen el recinto», cuenta la educadora ambiental de Maris Stella.
Durante gran parte del siglo XX, muchos ríos urbanos europeos fueron degradados, convertidos en canales de aguas residuales o fragmentados por carreteras e infraestructuras. La mejora de los sistemas de depuración y las nuevas normativas ambientales empezaron a cambiar esa relación. Poco a poco, las ciudades comenzaron a recuperar sus cauces como espacios públicos y ambientales. «Los ríos son como las arterias del territorio», explica di Stefano. «Si no están bien, el territorio entero sufre».
El caso del Manzanares refleja esa transformación. La renaturalización iniciada en 2016, con la apertura de presas y la recuperación de dinámicas fluviales, ha permitido mejorar la calidad del agua y favorecer el regreso de multitud de especies. Hoy no es raro observar garzas reales pescando entre las islas de un río que vuelve a fluir de forma natural, como hacía antes de ser represado. «En Europa se aprecia claramente esa tendencia hacia la restauración fluvial y el redescubrimiento de estos espacios como lugar para hacer deporte, disfrutar, pasear o jugar», explica di Stefano. Por el contrario, existen ejemplos opuestos, como el del río Cheonggyecheon, en Seúl, un cauce que hace años quedó cubierto para el tráfico rodado. «Durante mucho tiempo no hemos podido acercarnos a los ríos porque estaban contaminados, muy fragmentados o simplemente porque no existían paseos fluviales. Eso está cambiando y ahora tenemos la posibilidad de disfrutar de la naturaleza incluso al lado de casa. No hace falta coger el coche e irse a 50 kilómetros para ello», añade.
Hoy, los trabajos para seguir recuperando la calidad del agua y renaturalizar el espacio continúan. De hecho, el Ayuntamiento de Madrid liberó en el entorno de Mingorrubio 200 ejemplares de colmilleja, cacho y bermejuela, tres especies autóctonas vulnerables (la última de ellas, además, protegida). La iniciativa forma parte del programa de conservación destinado a recuperar las especies históricas del río a su paso por la ciudad.
El paseo termina junto a «La Abuela», un olmo superviviente a la grafiosis que resiste junto al río, casi a la altura del tanatorio de la M-40. Toda esta zona formará parte del futuro Bosque Metropolitano, una ruta verde de 75 kilómetros que rodeará Madrid, como hoy lo hace el anillo ciclista. Cerca se escucha el agua y, al mismo tiempo, el paso de un tren de alta velocidad.


© LRM


© LRM


© LRM
