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Fernando Velázquez, compositor: «Con veintipocos años pensaba todas las cosas malas que se piensan de la ópera»

13 June 2026 at 02:00

Fernando Velázquez (Getxo, 1976) no se dio cuenta de lo «maravillosa» que es la ópera hasta que estuvo en el foso del Teatro Real. Dice que él también tuvo esos prejuicios sobre el género, pero que también eso es lo bonito, porque una vez te los quitas, te das cuentas de por qué se hace. Velázquez, autor de las bandas sonoras de películas como Ocho apellidos vascos o Lo imposible, ha compuesto su primera ópera, Los Estunmen, con libreto de Nao Albet y Marcel Borràs, que podrá verse en los Teatros del Canal hasta el 14 de junio. El compositor cree que ahora los teatros de óperas tienen «un pie en la realidad» y «reflexionan sobre temas actuales y humanos». Falta, dice, «comunicarlo bien» y que la gente le dé una oportunidad.

¿Por qué decidió hacer su primera ópera?

Hacer una ópera uno de los posibles sueños de alguien que compone música. Y la propuesta vino del Teatro Real. Además, con Nao y con Marcel, todavía más, porque sabía que podía ser algo muy, muy interesante. También me hubiera gustado componer una primera ópera al uso, pero esto es fantástico, muy divertido y muy estimulante. Porque lo normal suele ser buscar una historia que ya existe y adaptarla, lo cual facilita mucho las cosas, pero también le quita diversión, porque ya está el camino hecho.

¿Y qué historia cuenta esta ópera?

Bueno, pfff, cuenta muchas historias, pero el texto dice que cuenta la tragedia de Evangelina. Que su único hijo se suicida después de perpetrar un asesinato en masa. Como punto de partida no está nada mal. Y a través de eso ocurre una reflexión acerca de la violencia, del machismo, del feminismo, de la manera de relacionarse con los demás a través de la fuerza, simbolizada en los dobles de acción, los «stunts». Son los que ponen la cara y el cuerpo por un actor o por una actriz.

¿Es estimulante hacer una ópera con una historia actual?

Lo bonito es que creo que estamos siguiendo la estela no de lo que la gente cree que la ópera es, sino de lo que la ópera es. Es decir, todas las óperas han sido contemporáneas cuando se han escrito. «Così fan tutte» era muy contemporánea cuando se compuso. Da Ponte, el libretista, tiene una historia increíble: era un judío converso italiano que acabó estando detrás de la independencia de las colonias de Estados Unidos. Este tío no estaba aquí por casualidad contando una historia en la que dice «Così fan tutte», que se puede traducir como «sois todas iguales», pero que también quiere decir «sois todos iguales». Y es que, si quitas un poquito esa corteza —no sé si es exactamente la palabra— o esa visión que tenemos, que yo también he tenido, llena de prejuicios sobre la ópera… Durante mucho tiempo la propia ópera se ha labrado una imagen de algo elitista, de algo exquisito, de algo gourmet para gente muy iniciada. En realidad, Mozart no estaba haciendo la ópera pensando en eso. Pero es que (Benjamin) Britten tampoco hizo óperas pensando en eso. O «The Hours», de Kevin Puts, una ópera que se hizo en el Metropolitan en 2022. Es una obra de arte para cualquiera. Para cualquiera que tenga ojos y corazón.

¿Falta que ahora se escriban más sobre nuestros tiempos?

Nooo. Se escribe. Lo que pasa es que la etiqueta que tiene la ópera a veces parece que cubre el hecho de que se haga mucha ópera y mucha creación maravillosa que no tiene nada de contemporánea en el mal sentido. O sea no tiene nada de rara, ni de epatante, ni de extraña. Pienso, aunque ya no es contemporánea, en «Peter Grimes», de Britten. O en «Enemigo del pueblo», que ha hecho Francisco Coll, que es una burrada, una maravilla. Y creo que lo estamos haciendo. Igual lo que pasa es que no lo estamos sabiendo comunicar. Pero yo creo que nuestros teatros de ópera van teniendo un pie en la realidad bastante guay y reflexionan mucho acerca de cosas muy actuales y muy humanas. Hay que comunicarlo bien.

Y…

Perdona. Que somos gente normal, que pensamos cosas normales y que nos preocupa lo mismo que a todo el mundo. Lo que pasa es que a veces somos un pararrayos de preocupaciones. Pero a mí me gusta pensar que lo hacemos para que la gente lo entienda, lo disfrute, se entretenga y pueda dar sentido al mundo a través de la ópera, del teatro o de las películas.

Es como que tienen que jurar que son como los demás.

[Se ríe]. Es que somos como los demás. Y además es que somos los demás. O sea, somos gente, somos público. Sufrimos y reflexionamos. Estar a este lado del escenario te da casi un poder mágico, diría yo. Pero a la vez no dejamos de ser las mismas personas que luego estamos aquí contigo. Es una cosa que me gusta mucho de Nao y Marcel. Que normalmente, después de las obras, ellos salen a la puerta, y habla con la gente.

¿Por qué cuesta tanto que la gente le quite esa etiqueta a la ópera?

A ver, no lo sé. Mi propia experiencia es que yo, como intérprete, hasta que no tuve la suerte de tocar en el Teatro Real, que estuve tres años en el foso, no me di cuenta de lo maravilloso que es. Es cierto que tienes que tener la suerte de disfrutar de una producción que esté bien hecha. Cuando es así, te pasa por encima. Las que nos rodean habitualmente suelen estar muy bien hechas. Siempre pongo el mismo ejemplo, con en el que busco enemigos. Una entrada normal para San Mamés o para el Bernabéu no baja de 100 euros. Y te puede ocurrir que vas y encima tu equipo pierde y te vas a casa cabreado. Te has gastado 200 euros y te has cabreado. En la ópera siempre ganas. Lo bonito es que, a fuerza de necesitar al público, se hace cada vez mejor y se ofrece un espectáculo más satisfactorio para el público. Continuará bien lo que es bueno. Lo que es mediocre será reemplazado. Es como todo. Y hay que saber cómo entrar. Y luego, además, durante muchos años —y creo que eso ya ha pasado también— ha habido un elitismo que parecía que era bueno porque a la gente no le gustaba, o porque era elevado y no lo podía disfrutar el vulgo. Eso es una tontería. Pero durante muchos años fue así.

¿Hay gente que no va por el tipo de gente que cree que va?

Totalmente. Eso es así. Y eso bonito. Porque una vez que te quitas el prejuicio y vas a disfrutar de algo que está muy bien hecho, te das cuenta de por qué se hace. Y de por qué las mentes más maravillosas de la historia han querido hacerlo.

¿Le fue gustando más con los años?

Con veintipocos años pensaba todas las cosas malas que se piensan de la ópera. Y además, como tengo mala leche, era capaz de argumentarlas muy bien. Pero estaban basadas en pre-juicios. Y creo que lo justo para tener un juicio es ponerse a prueba. Si quieres opinar con conocimiento, lo que tienes que hacer es darte la oportunidad. Y te la tienes que dar en condiciones justas. Creo que si vas a ver una producción medio normal de «Tosca» no me imagino que no te guste por una razón o por otra. O ves «Carmen», y dices: esto es una maravilla. Y me da pena porque te lo pierdes. Lo mismo pasa con la música sinfónica. Lo que pasa es que es cierto que los que estamos a este lado tenemos que asumir el compromiso de hacerlo muy bien. Yo quiero que la gente diga: «Vuelvo porque me he encontrado vida». O sea, me he encontrado algo que me ha dado una explicación al mundo. Todo el arte europeo u occidental ha estado haciendo durante los últimos cien años: insultar al público. Decir: «Si no lo entiendes, eres imbécil». En vez de decir: «Si no lo entiendes, igual es que me puedo explicar mejor».

¿Cómo ha sido el proceso al hacer la música de esta ópera?

Absolutamente loco. Porque Nao y Marcel tienen una manera de trabajar que es muy procesual: todo depende del proceso y de cómo se realimenta, sin tener absolutamente nada con lo que casarse. Había grandes ideas que han desaparecido, grandes ideas que han aparecido y otras que se han ido transformando. Ha sido un poquito comprometido. Porque no es fácil perder tantas ideas por el camino y apostar por tantas cosas que luego desaparecen. Pero es cierto que estar abierto a ese proceso te hace llegar a un lugar que a mí, en este caso, me ha encantado.

¿Ha sido muy distinto de una banda sonora?

Sí. Sobre todo por la realimentación constante. En una banda sonora la hay, pero no influyo demasiado en lo que veo en la película porque ya está dado. En cambio, aquí lo que iba ocurriendo en los ensayos es lo que iba ocurriendo según íbamos conquistando la obra y viendo números y viendo cómo podía ser la música. Ha cambiado mucho más la forma a través de la inteligencia de Nao y Marcel, que han ido pensando: «Bueno, entonces, si esto es así, vamos a hacer esto de esta otra manera».

¿Y esta ópera es perfecta para esa oportunidad de quitarse los prejuicios?

Totalmente. Lo que pasa es que luego tienes que ver cuál es el paso siguiente. Pero creo que cualquier evento de música sinfónica o de ópera que te encuentres a nuestro alrededor merece mucho la pena. Es una buena oportunidad para ampliar tu mundo y sacar la vista de Instagram o de TikTok, que no dejan de ofrecerte, con todo el respeto, cosas muy pobres al lado de lo que te ofrece un escenario.

© PHOTOGRAPHERS

El compositor Fernando Velázquez en Teatros del Canal.
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