Descubren la mayor infraestructura biológica del planeta: abarca mil millones de veces la distancia que nos separa del Sol
Los hongos llevan más de mil millones de años reinventando las reglas de la vida. No son animales, pero tampoco plantas. Fueron de los primeros organismos en ayudar a transformar la roca desnuda en suelo fértil. Son capaces de reproducirse mediante miles de millones de esporas invisibles que viajan por el aire, el agua e incluso las corrientes atmosféricas entre continentes. Algunos sobreviven en reactores nucleares, en desiertos, en las profundidades oceánicas o bajo el hielo antártico. Se calcula que existen entre 2 y 4 millones de especies de hongos, pero apenas hemos descrito alrededor de 150.000. Si pudiéramos extraer todos los filamentos microscópicos de hongos que se esconden bajo nuestros pies y colocarlos uno detrás de otro, obtendríamos una estructura tan inmensa que desafiaría cualquier comparación imaginable.
Según un estudio publicado en Science, los suelos de la Tierra contienen aproximadamente 110 cuatrillones de kilómetros de redes micológicas subterráneas. La cifra es tan enorme que equivale a casi mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Es una de las infraestructuras biológicas más extensas jamás descritas. Y lo más sorprendente es que la mayoría de ella permanece invisible.
“Es difícil exagerar la importancia y la magnitud de estos hongos - afirma Justin Stewart, autor principal del estudio e investigador de la organización Society for the Protection of Underground Networks (Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas, SPUN) y líder del estudio -. Puede haber hasta diez metros de red micológica en una sola cucharadita de suelo”.
Los protagonistas de esta historia son los hongos micorrícicos arbusculares, organismos que llevan cientos de millones de años formando alianzas con las plantas. Más del 80 % de las especies vegetales terrestres mantienen relaciones simbióticas con ellos. El acuerdo es sencillo. Las plantas producen azúcares mediante la fotosíntesis y entregan parte de ese carbono a los hongos. A cambio, los hongos utilizan sus finísimos filamentos, las hifas, para explorar el suelo y suministrar agua, fósforo, nitrógeno y otros nutrientes esenciales.
La relación es tan eficiente que una planta puede aumentar hasta cien veces la superficie efectiva de exploración de sus raíces gracias a estos socios invisibles. Por eso algunos científicos describen estas redes como una especie de sistema circulatorio planetario. No transportan sangre, pero sí carbono, agua y nutrientes entre los organismos que sostienen gran parte de la vida terrestre.
Solo había un problema: hasta ahora nadie había logrado estimar la distribución global de estas redes. Para hacerlo, el equipo de Stewart reunió datos procedentes de más de 16.000 muestras de suelo recogidas en ecosistemas de todo el planeta. Después emplearon algoritmos de aprendizaje automático para extrapolar la densidad de las redes en regiones donde no existían mediciones directas.
El trabajo se complementó con más de 300.000 imágenes de hifas cultivadas en laboratorio y analizadas mediante sistemas robóticos de alta precisión. El resultado es el primer mapa global de la infraestructura fúngica del planeta. Y está disponible en internet. Las cifras son asombrosas: las redes contienen alrededor de 300 millones de toneladas de carbono, entre cuatro y seis veces más que toda la masa de carbono presente en los aproximadamente ocho mil millones de seres humanos que habitan la Tierra.
Pero más allá de su tamaño, el estudio revela otro dato crucial. Cada año estas redes ayudan a transferir hacia el suelo alrededor de 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. La cifra representa aproximadamente un 11 % de todas las emisiones anuales generadas por las actividades humanas. No significa que los hongos eliminen por sí solos el cambio climático. Pero sí demuestra que desempeñan un papel fundamental en uno de los procesos más importantes del planeta: el almacenamiento natural de carbono.
“Estamos empezando a revelar lo que durante mucho tiempo permaneció oculto bajo nuestros pies – añade Corentin Bisot, coautor del estudio -. Estamos aprendiendo cómo los complejos cuerpos de estos hongos transportan nutrientes y ayudan a regular el clima".
Uno de los descubrimientos más inesperados tiene que ver con la localización de estas redes. El equipo de Stewart descubrió que cerca del 40 % de toda la infraestructura micorrícica del planeta se concentra en ecosistemas de pradera. Algunas de las mayores densidades aparecen en los humedales inundados de Sudán del Sur, los Everglades de Florida y la meseta tibetana.
El hallazgo resulta especialmente relevante porque las praderas figuran entre los ecosistemas menos protegidos del mundo y están desapareciendo a una velocidad cuatro veces superior a la de los bosques debido a su transformación en tierras agrícolas. El estudio también detectó una señal preocupante. Las grandes áreas agrícolas presentan densidades micorrícicas aproximadamente un 50 % inferiores a las observadas en ecosistemas naturales.
Los autores subrayan que todavía es necesario investigar qué prácticas agrícolas concretas son responsables de esta diferencia. Sin embargo, existe preocupación porque unas redes menos densas podrían reducir la capacidad de los suelos para almacenar carbono, reciclar nutrientes y resistir situaciones de estrés ambiental. Pero quizá la conclusión más fascinante sea que este inmenso sistema llevaba todo el tiempo bajo nuestros pies. Mientras la humanidad cartografiaba océanos, exploraba montañas y enviaba sondas al espacio, una de las mayores infraestructuras biológicas del planeta permanecía prácticamente invisible.
“Los hongos micorrícicos han moldeado la vida en la Tierra durante cientos de millones de años, pero aún comprendemos muy poco sobre cómo se distribuye la infraestructura de estos sistemas de transporte vivos en todo el planeta” afirma el biólogo Merlin Sheldrake, coautor del estudio.
El nuevo mapa no representa el final de la exploración, sino el comienzo. El equipo de Stewart identificó amplias regiones del planeta donde todavía no existen suficientes datos para comprender cómo funcionan estas redes. Porque, aunque parezca sorprendente, conocemos mejor la superficie de Marte que algunos de los ecosistemas que se encuentran apenas unos centímetros bajo nuestros pies.


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© Tomás Munita



