Uno de los momentos más conmovedores de la visita del Papa León XIV a Barcelona tuvo lugar en la Iglesia de San Agustín, durante un encuentro con entidades sociales y caritativas que trabajan con personas vulnerables. Allí, en un diálogo espontáneo con un niño llamado Renzo, el Pontífice dejó una de las reflexiones más profundas de toda la jornada: la importancia de los abuelos y el peligro de su creciente soledad.
La pregunta llegó de forma sencilla por parte del niño, pero abrió un mensaje de gran calado social: “¿Por qué hay tantos abuelos solos si son tan importantes?”.
León XIV respondió con un llamamiento directo a la conciencia colectiva. Subrayó que los abuelos ocupan un papel esencial dentro de la familia, no solo por el cuidado que ofrecen, sino por su contribución en la transmisión de valores, fe y afecto a las nuevas generaciones. “Los abuelos son muy importantes en la vida de la familia. Nunca deberían quedarse solos”, afirmó el Papa, destacando que en muchas ocasiones son ellos quienes sostienen la vida cotidiana del hogar, ayudando en el cuidado de los nietos mientras los padres trabajan.
El Pontífice insistió en la idea de reciprocidad generacional como base de una sociedad más humana: “¿Y cómo debemos corresponder al amor? Con amor. Es lo que Jesús quiere que hagamos: cuidar y acompañar a nuestros abuelos en su vejez, así como ellos en su tiempo cuidaron de nosotros”.
León XIV fue más allá al advertir del riesgo de normalizar el abandono de los mayores. “No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores. Eso es algo muy triste”, afirmó, apelando a un compromiso no solo familiar, sino también social.
El Papa animó además a extender ese cuidado más allá del propio círculo familiar, recordando que el deber de acompañar a los mayores no se limita a los vínculos de sangre: “Aunque no sean nuestros abuelos, no debemos permitir que se sientan solos ni desprotegidos”.
Uno de los momentos más emocionantes de la visita del Papa León XIV a Barcelona tuvo lugar este miércoles en la iglesia de San Agustín, durante el encuentro que mantuvo con diversas entidades sociales y caritativas que trabajan con personas vulnerables. Allí, tras escuchar varios testimonios, el Pontífice protagonizó un diálogo con Renzo, un niño perteneciente a una familia con dificultades económicas.
La conversación abordó temas tan diversos como la vocación, el sufrimiento, la soledad de los mayores o el deporte. Sin embargo, fue la última pregunta la que dio pie a una de las reflexiones más profundas de toda la tarde.
"¿Hay que perdonar siempre?", preguntó el pequeño.
León XIV respondió recordando el conocido pasaje evangélico en el que Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar.
"Jesús nos dice que sí. Un día Pedro le preguntó: '¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?'. Jesús le respondió: 'No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete'. Con eso se refería a que hay que perdonar siempre. Pero hay que entender bien qué significa perdonar".
A continuación, el Papa quiso profundizar en una idea que, según explicó, a menudo se malinterpreta.
"Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño. No significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón".
El Pontífice aseguró que el perdón es el camino para experimentar la paz de Dios y sanar las heridas interiores. "Cuando perdonamos imitamos el ejemplo de Jesús, que perdonó a quienes le crucificaban. Nuestra predisposición para perdonar es condición para el perdón que recibimos de Dios", afirmó.
Otros temas
La conversación había comenzado con una pregunta mucho más ligera. Renzo quiso saber si al Papa le gustaba el fútbol. León XIV explicó que, aunque es más conocido por su afición al tenis, también jugó al fútbol durante su juventud y recordó que disputaba partidos con seminaristas cuando vivía en Perú. Incluso reveló que jugaba como defensa y bromeó diciendo que no era precisamente un gran goleador. Aprovechó la ocasión para destacar cómo el deporte enseña el valor del trabajo en equipo y la importancia de pensar en los demás.
Después llegó una cuestión más personal: "¿De pequeño querías ser Papa?". La respuesta sorprendió por su sencillez. León XIV reconoció que jamás había pensado en llegar al pontificado, pero sí recordó que desde niño sintió el deseo de entregar su vida a Dios. Explicó que con el tiempo descubrió que su camino era el sacerdocio y la Orden de San Agustín, aunque insistió en que la pregunta verdaderamente importante para cualquier persona no es qué profesión tendrá en el futuro, sino si quiere ser amiga de Jesús.
Renzo también se atrevió a formular uno de los grandes interrogantes de la humanidad: por qué algunas personas sufren más que otras. El Papa admitió que no existen respuestas fáciles, pero invitó a mirar a Cristo, que conoció el sufrimiento y la muerte. Recordó que la resurrección demuestra que el mal no tiene la última palabra y aseguró que Dios nunca abandona a sus hijos, incluso en los momentos más difíciles.
Otra de las preguntas que más conmovió a los asistentes fue la relacionada con la soledad de los mayores. "¿Por qué hay tantos abuelos solos si son tan importantes?". León XIV respondió reivindicando el papel fundamental de los abuelos en la familia y en la transmisión de la fe y los valores. Además, pidió a toda la sociedad que no normalice el abandono de las personas mayores y animó a acompañarlas y cuidarlas con el mismo amor con el que ellas cuidaron de las generaciones más jóvenes.
Uno de los momentos más espontáneos y cercanos de la visita del Papa León XIV a España se vivió este miércoles en la iglesia de Iglesia de San Agustín, durante un encuentro con entidades sociales y caritativas que trabajan diariamente con personas en situación de vulnerabilidad. El acto incluía varios testimonios y un diálogo con algunos beneficiarios de estas obras sociales. Entre ellos se encontraba Renzo, un niño de una familia con dificultades económicas que tenía preparadas varias preguntas sobre temas tan profundos como el sufrimiento, la pobreza, el perdón o la presencia del mal en el mundo. Sin embargo, antes de entrar en esas cuestiones, decidió formular una pregunta mucho más sencilla y directa: si al Papa le gustaba el fútbol.
La respuesta del Pontífice provocó inmediatamente las risas y la simpatía del público. León XIV comenzó recordando que su deporte más conocido es el tenis, pero añadió que también había jugado al fútbol durante su juventud. Eso sí, matizó con humor que en sus primeros años practicó sobre todo fútbol americano, “un poco más violento”, comentó entre risas.
A continuación, explicó que también jugó al fútbol convencional durante su etapa en Perú, especialmente cuando vivía en Trujillo y compartía tiempo con los seminaristas. Fue entonces cuando reveló un detalle que muchos no esperaban conocer: su posición sobre el terreno de juego. “Defensa, si quieren saber”, respondió. Y añadió con humildad que nunca destacó precisamente por marcar goles. “No era gran goleador”, reconoció.
El Papa aprovechó además para recordar algunos episodios de su afición futbolística. Contó que cuando vivía en Roma siguió con interés el Mundial celebrado en España en 1982, la primera Copa del Mundo que recuerda haber vivido con intensidad. Más tarde, ya en Perú, continuó pendiente de los equipos locales mientras seguía jugando ocasionalmente con los seminaristas.
El fútbol, como la vida
Pero la anécdota deportiva pronto dio paso a una reflexión más profunda. León XIV afirmó que el deporte es una ayuda importante para conservar la salud física, mental y espiritual, algo que, según explicó, siempre ha formado parte de su vida. A partir de ahí utilizó el fútbol como una metáfora de la existencia humana y de la labor que desarrollan las entidades sociales presentes en el encuentro.
El Pontífice señaló que el fútbol enseña una lección fundamental: la vida no está hecha para recorrerse en solitario, sino para jugarse en equipo. Advirtió de que una persona puede convertirse en una gran estrella, pero si nunca pasa el balón y no permite que los demás participen, terminará perdiendo. Por el contrario, sostuvo que el verdadero éxito llega cuando se piensa en los otros y se procura integrar a todos en el juego.
Con esa imagen del trabajo colectivo, León XIV quiso reconocer la labor de las organizaciones sociales presentes en San Agustín, felicitándolas por su esfuerzo diario en favor de quienes más lo necesitan. Una sencilla pregunta sobre fútbol acabó convirtiéndose así en una de las intervenciones más humanas y cercanas de toda la jornada, permitiendo conocer una faceta poco habitual del Pontífice: la de aquel joven defensa que, aunque no marcaba muchos goles, aprendió en el deporte el valor de jugar para los demás.
Mucho se habló en su día de la X del GAL, y parece que va por el mismo camino la X de las «cloacas». Aunque nunca se llegase a demostrar, la X del GAL era Felipe González, o al menos todo el mundo tiene esa convicción, por mucho que el rigorismo de nuestro garantista sistema judicial no llegara a tal conclusión.
De igual manera, no hay nadie con seriedad que no crea lo que usted y yo sobre la X de la fontanería sanchista. Cosa distinta es el teatro. O sea, que lo de que P.S. podía haber sido Pedro Saura, Paco Salazar o Perico de los Sarmientos, por decir cualquier cosa, es teatro del malo. Creer eso no es propio de gente bien informada. Para reírse de nosotros ya está el presidente cuando nos dice con tono aflautado que está trabajando en los presupuestos del 27. A eso se va a dedicar la nueva TelePedro en cuanto empiece a emitir: a entretenernos con el circo. Pedro ya sabemos que es capaz de incluso de lo peor para él con tal de permanecer asido al butacón. Por eso travestirse de propagandista católico es pan comido para nuestro hoy devoto timonel. Le han dicho en la logia que tiene que parecer papista y va detrás de Su Santidad como su escolanillo, aparentado una religiosidad que en realidad detesta.
Una farsa más, como la de los cinco días famosos donde parece que X urdió la creación del pantano en el que había que ahogar a jueces, fiscales, policías, guardias y periodistas. O sea, que Leire no trabajaba sola, como es hoy evidencia nacional. Le pagaba el partido los desplazamientos, le reservaba los billetes, y soportaba los gastos de su sigiloso y suburbial trabajo. Por eso dijo que ella era una periodista que iba por libre y que apenas se reunió dos veces con Cerdán. Ahora resulta que fueron 39 y que hasta Marlaska le puso escolta.
Marlaska es otro de esos personajes a los que el término bellaco le queda corto. Acostumbra nuestro exjuez a negar o afirmar todo siempre con gran rotundidad, para después hacer el ridículo con idéntica prestancia. La directora de la Guardia Civil nunca habló con Leire, «en término de ningún tipo». Era «absolutamente falso» que estuviera previsto que Delcy Rodríguez entrase en España la noche de las maletas. La contundencia marlaskona es solo equiparable a la mendacidad de su padrino. Tan grande como la falsedad de que Leire no había pasado nunca por la Fiscalía. Al menos dos veces se reunió con Diego Villafañe, mano derecha de Alvarone. Dos que sepamos, bajo la tapadera de que iba acompañando al denominado «abogado de las cloacas», Teijelo, que presumía de tener a 61 periodistas a sus órdenes. Leire sería uno de ellos, jajá.
Los fiscales decentes se ríen porque saben que es imposible que Villafañe viese a Leire sin el consentimiento de Álvaro García Ortiz. Otro servicio del gallego a la causa general, para que la sanchosfera no pudiera ganar nunca relato alguno. La sacrosanta Fiscalía de doña Peramato ha tenido que reconocer ahora que se reunieron allí porque Anticorrupción había pedido el libro de registros de entrada al edificio del Ministerio Público. De lo contrario seguiríamos en Babia. Más o menos como pretende PS que sigamos. Solo que cada día salen más datos y más pruebas.
La cercanía de la «fontanera» a la presidenta del partido, Cristina Narbona, pareja de del santo Borrell, es bastante inquietante. «Vente a comer con nosotros», le dijo la jefa sociata a nuestra «investigadora», que le habría mandado el recado de que «yo también puedo hablar». Abruma, por lo demás, el aluvión de nuevas fotos de Sánchez con Leire, y eso que no se conocían de nada. O el dato aportado por Soraya Rodríguez, según el cual nuestra ilustre pocera arregló las tuberías de las primarias que «ganó» Sánchez y ensuciaron Koldo y Cerdán. Era la responsable de redes. No sabemos si sociales o soterradas. Las redes, en general. Y la X de las «cloaca» y PS, en particular.
Entre la multitudinaria vigilia de Montjuïc del martes y la histórica bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia que culminó su viaje apostólico a Cataluña, el Papa León XIV quiso reservar unas horas para una visita mucho más discreta, alejada de los grandes focos, pero cargada de simbolismo. El Pontífice se desplazó este mediodía a la iglesia de San Agustín, en pleno barrio del Raval, para encontrarse con representantes de diversas entidades dedicadas a la atención de los más vulnerables.
No era una elección casual. Situada en uno de los barrios con mayores dificultades sociales de Barcelona, San Agustín se ha convertido desde hace décadas en un referente para la atención a personas en situación de pobreza, exclusión y soledad. La parroquia, regentada por los agustinos, es además un importante punto de referencia para la comunidad filipina de la ciudad y desarrolla una intensa actividad social en colaboración con numerosas organizaciones benéficas.
La condición agustina del propio León XIV otorgaba además un carácter especialmente personal a la visita. El Papa conoce desde hace años esta comunidad religiosa y quiso subrayarlo nada más tomar la palabra. «Gracias por la acogida. Aquí de verdad me siento en casa», afirmó entre aplausos. A continuación recordó que la primera vez que visitó aquel templo fue en 1984. «Vine a visitarla, pero estaba cerrada. Qué hermoso es encontrarla hoy abierta, con una comunidad de agustinos y con tanta gente que vive entregada».
En primera fila seguían atentamente el encuentro numerosas autoridades civiles y eclesiásticas. Entre ellas se encontraban el presidente de la Generalitat, Salvador Illa; el consejero de Justicia, Ramon Espadaler; el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni; el ministro Óscar Puente; la consellera de Derechos Sociales del Govern, Mónica Martínez Bravo; y el presidente del Parlamento catalán, Josep Rull. También estaban el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, así como los obispos auxiliares David Abadías y Javier Vilanova.
El acto inició con el testimonio de tres representantes de entidades sociales. Después llegó la proyección de un emotivo vídeo titulado «Abre la carta». En él se relataba la historia de Renzo, un niño de una familia humilde de Barcelona que observa las dificultades de las personas que le rodean y decide escribir una carta al Papa para preguntarle sobre algunas de las cuestiones más profundas que puede plantearse un niño: el sufrimiento, la pobreza, la soledad o el perdón. Al concluir el vídeo, León XIV sonrió y aplaudió con afecto. Entonces apareció el propio Renzo entre el público para leer sus preguntas.
Diálogo con un niño del Raval
Le preguntó si le gustaba el fútbol, si alguna vez soñó con ser Papa, por qué sus padres estaban preocupados, por qué algunas personas sufren más que otras, por qué existen personas que viven en la calle, si Dios quiere que haya pobres y ricos, por qué tantos ancianos terminan solos o si realmente hay que perdonar siempre. Aquellas preguntas infantiles terminaron marcando el tono de todo el encuentro.
El Papa comenzó respondiendo con cercanía. Explicó que siempre ha sido un gran aficionado al tenis, aunque también aprecia el fútbol y, de hecho, de jóven jugaba de defensa. Aprovechando la pregunta, desarrolló una reflexión que arrancó sonrisas entre los asistentes. «El fútbol nos recuerda algo que no podemos olvidar: la vida no es una carrera para lucirse en solitario, sino un camino que aprendemos a recorrer juntos. Quien no sabe pasar la pelota, aunque tenga talento, no ha entendido el juego; y quien no sabe vivir con los otros y para los otros, no ha entendido la vida».
Sobre su propia vocación, confesó que nunca pensó en convertirse en Papa. Sin embargo, desde muy joven sintió el deseo de dedicar su vida al servicio de Dios y de los demás. «Cada niño es un sueño de Dios», afirmó. Y añadió que la pregunta verdaderamente importante no es qué profesión o cargo alcanzará una persona, sino si desea convertirse en amiga de Jesucristo. «La amistad de Jesús nos da alegría», aseguró.
Las cuestiones más delicadas llegaron cuando Renzo preguntó por el sufrimiento y las injusticias. León XIV reconoció que no existen respuestas sencillas para explicar por qué unas personas padecen más que otras, pero invitó a mirar a la figura de Cristo. Recordó que Jesús conoció el dolor, la incomprensión y la muerte, pero que su resurrección muestra que el mal no tiene la última palabra. «Aunque haya sufrimiento, Dios nunca abandona a ninguno de sus hijos», afirmó. «Tengamos confianza. Jesús está con nosotros, nos ayuda y nos acompaña».
El Pontífice también se detuvo en dos realidades que aparecieron repetidamente durante el encuentro: la pobreza y la soledad. En una barrio donde cada día trabajan organizaciones que acompañan a personas sin hogar, exreclusos, inmigrantes, ancianos y mujeres víctimas de explotación, León XIV insistió en que la dignidad humana debe situarse siempre en el centro de toda acción social. «Parece que en nuestro tiempo se ha perdido el sentido de la dignidad sagrada del ser humano», dijo.
El encuentro también contó con una reflexión sobre el perdón, uno de los temas recurrentes durante la visita de León XIV a Cataluña. El Papa reiteró que el perdón forma parte esencial del mensaje cristiano, aunque precisó que no debe confundirse con justificar el mal o ignorar las injusticias. «Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien ni dejar que alguien siga haciendo daño», explicó. «Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón».
Entidades
A lo largo de la tarde intervinieron representantes de diversas entidades que desarrollan su labor en el ámbito social. Entre ellas se encontraban Cáritas, la Obra de Integración Social (OBINSO), dedicada a la reinserción de exconvictos y personas con adicciones, y las Adoratrices, que trabajan acompañando a mujeres que intentan reconstruir sus vidas tras haber sufrido situaciones de prostitución o explotación. También destacaba la presencia de las Misioneras de la Caridad, reconocibles por el característico hábito blanco y azul de Santa Teresa de Calcuta y que diariamente atienden a centenares de personas necesitadas en Barcelona.
Dirigiéndose a todos ellos, León XIV quiso agradecer una labor que describió como una manifestación concreta del Evangelio. «Es una alegría encontrarme con vosotros, que de diferentes maneras estáis vinculados a la asistencia, al acompañamiento y a la promoción de quienes más lo necesitan». El Papa recordó que la caridad cristiana no consiste únicamente en prestar ayuda material, sino en reconocer en cada persona necesitada el rostro mismo de Cristo. «El cristiano, además de ser bondadoso y amable, debe ser compasivo, amar sin interés y buscar el bien de los demás». En ese sentido, afirmó que toda comunidad cristiana está llamada a acercarse «con discreción y delicadeza» a las heridas de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y combatir la pobreza.
Antes de despedirse, el Pontífice animó a las entidades presentes a perseverar en su trabajo junto a los más vulnerables y a seguir mostrando, mediante obras concretas, el rostro misericordioso de la Iglesia. «Os aliento a continuar dando testimonio del Evangelio y mostrando al mundo la belleza de la vida cristiana».
La visita a San Agustín fue probablemente el acto más pequeño de cuantos integraron la agenda de León XIV en Cataluña. Sin embargo, también fue uno de los más significativos. En medio de una visita marcada por grandes celebraciones, estadios llenos y acontecimientos históricos, el Papa quiso detenerse unas horas en el corazón del Raval para recordar que la Iglesia encuentra una parte esencial de su misión allí donde hay sufrimiento, pobreza y personas necesitadas de esperanza.
Entre 1933 y 1945, los nazis gobernaron Alemania bajo el férreo liderazgo de Adolf Hitler, marcando una de las etapas más oscuras de la historia moderna. Este régimen no solo se definió por su brutalidad y sus crímenes de guerra, sino también por una fascinación casi obsesiva con el ocultismo, la mitología germánica y el esoterismo. Para Hitler y muchos de sus colaboradores más cercanos, estas creencias no eran simples distracciones; formaban parte de un esfuerzo deliberado por construir una narrativa mística que legitimara su ideología y fortaleciera la lealtad de sus seguidores.
Uno de los principales arquitectos de esta visión fue Heinrich Himmler, jefe de las temidas SS, quien veía en las leyendas y los mitos europeos una herramienta para dotar al Tercer Reich de un halo de poder sobrenatural. Himmler estaba convencido de que objetos como el Santo Grial, el cáliz que utilizó Cristo en la Última Cena antes de que lo crucificaran, podían no solo simbolizar la supremacía del pueblo germánico, sino también otorgar un poder real en la guerra. Su obsesión lo llevó a financiar expediciones de la Ahnenerbe, una organización pseudocientífica que buscaba reliquias y rastros arqueológicos que respaldaran las fantasías nazis.
Himmler en Montserrat
En octubre de 1940, durante un viaje a España que coincidió con la reunión entre Hitler y Franco en Hendaya, Himmler visitó Montserrat, el emblemático monasterio catalán situado en un macizo montañoso de aspecto casi mágico. La Ahnenerbe había interpretado que referencias en el himno del monasterio, el Virolai, aludían a una “fuente de vida” que podría ser el Santo Grial. Además, algunos textos de la época sugerían que Montserrat, y no Montsegur en los Pirineos franceses, era el verdadero lugar de descanso del mítico cáliz.
Acompañado por un séquito de oficiales nazis, llegó a la abadía interesándose por el paradero del Grial. Los monjes, desconcertados por la visita, aseguraron no tener conocimiento alguno sobre la existencia de la reliquia. El padre Andreu Ripoll, el único que hablaba alemán, intentó razonar con Himmler y explicarle que no había evidencias históricas que respaldaran sus teorías. Sin embargo, el líder nazi no quedó satisfecho y abandonó el lugar frustrado, sin haber encontrado lo que buscaba.
La visita de Himmler a Montserrat no fue un hecho aislado. En sus intentos por encontrar el Grial, los nazis financiaron investigaciones y exploraciones desde Islandia hasta los Pirineos. Antes de Himmler, Otto Rahn, un filólogo alemán fascinado por la mitología medieval, había rastreado la copa de Cristo en las montañas francesas. Rahn cayó en desgracia al descubrirse su ascendencia judía y su homosexualidad, pero sus teorías influenciaron profundamente a Himmler.
Este episodio, aunque pueda parecer anecdótico, revela hasta qué punto el régimen nazi intentó manipular la historia y los mitos para justificar su ideología y crear una narrativa de poder.
A poco más de cuarenta minutos del centro de Barcelona, al oeste del río Llobregat, se alza de forma abrupta un macizo montañoso que alcanza los 1.236 metros de altura. Montserrat no es una cordillera cualquiera: su silueta recortada, casi escultórica, la convierte en una de las imágenes más reconocibles del entorno metropolitano.
Declarada parque natural en 1987, su valor no es solo paisajístico. Se trata de un paraje que, desde que el hombre lo documentó por primera vez, ha fascinado a viajeros, místicos y santos por el aura de misterio que entraña y por su dimensión espiritual. La comunidad benedictina que habita el monasterio lo resume de forma sencilla pero significativa: Montserrat es “un lugar de plegaria, de fe, un lugar querido por la gente”.
Así, Montserrat es una de las grandes señas de identidad de Cataluña, símbolo de su espiritualidad, de su tradición y de sus raíces católicas, además de haberse convertido en uno de los lugares turísticos más visitados de toda la comunidad, tanto por catalanes, como por españoles, como por extranjeros. En 2025, se cumplieron mil años desde que el Abad Oliba fundó el Monasterio en 1025. Con esta carta de presentación, no es de extrañar que Montserrat vaya a ser uno de los lugares visitados por el Papa León XIV durante su viaje apostólico a España.
Invisible para los romanos, pero no para la historia
A pesar de su prominencia visual, Montserrat no aparece en las crónicas romanas. Ni Plinio el Viejo ni Julio César mencionan el macizo en sus descripciones de Hispania, un silencio que ha alimentado durante siglos la fascinación por su origen. Los autores posteriores, especialmente en época romántica, intentaron llenar ese vacío con interpretaciones legendarias y nombres imaginarios. Sin embargo, ninguna de estas referencias tiene base documental.
La primera aparición histórica sólida llega en el año 888, cuando el conde Guifré el Pilós menciona en un documento la existencia de “Mont Serrat” y sus iglesias. Aquel texto sitúa la montaña dentro del contexto de la Marca Hispánica, la franja fronteriza del Imperio carolingio. A partir de ese momento, Montserrat empieza a integrarse en la organización religiosa del territorio. En 933, el conde Sunyer confirma la posesión de varias iglesias en la zona, consolidando su vinculación con el monasterio de Ripoll.
La comunidad benedictina recuerda ese origen como el inicio de una tradición espiritual ininterrumpida. Tal como explican los monjes, Montserrat es también “una montaña donde poder contemplar y encontrarse con Dios”, un espacio pensado para la vida contemplativa. Con el paso de los siglos, el entorno se fue llenando de ermitas como Santa Cecília, Sant Benet, Sant Joan o Sant Jeroni. Algunas han desaparecido, otras siguen en pie, pero todas forman parte de una red espiritual que se extiende por la montaña.
Sin embargo, el lugar no ha estado al margen de los grandes conflictos históricos. Durante la Guerra de la Independencia a inicios del siglo XIX, el monasterio fue profanado e incendiado dos veces por las tropas de Napoleón y la imagen de la Virgen fue trasladada a Barcelona para protegerla. Más tarde, las desamortizaciones y los cambios políticos provocaron nuevas interrupciones de la vida monástica, hasta que el culto fue restablecido en 1844. Ya en el siglo XX, la Guerra Civil española volvió a amenazar el patrimonio del monasterio. Tras el conflicto, la Moreneta recuperó su aspecto original románico, tras haber perdido los ornamentos que la habían acompañado durante siglos.
La Moreneta: fe popular y símbolo de identidad
En el centro de este lugar espiritual se encuentra la Virgen de Montserrat, la Moreneta, patrona de Cataluña. Se trata de una talla románica de madera del siglo XII cuyo color oscuro se debe al envejecimiento del barniz. La devoción popular ha convertido esta imagen en uno de los símbolos religiosos más importantes del territorio. La comunidad benedictina subraya que es una figura que atrae tanto a creyentes como a no creyentes, que sienten Montserrat “como su casa”, al estilo de lo que ocurre en México con la Vírgen de Guadalupe.
La tradición narra que la imagen fue encontrada en el siglo IX por unos niños pastores que vieron una luz en la montaña. Al intentar trasladarla, resultó imposible moverla, interpretándose como una señal de que debía permanecer allí. Este episodio dio origen a la construcción de la ermita de Santa María, origen del actual monasterio.
Un lugar de peregrinación y encuentro
Montserrat ha sido también un punto de referencia para figuras históricas y religiosas. San Ignacio de Loyola visitó la montaña, y aquella experiencia marcó profundamente su vida espiritual, convirtiéndose en un punto clave en su camino hacia la fundación de la Compañía de Jesús. Otros visitantes ilustres, como otro Papa, san Juan Pablo II, han pasado por el monasterio, que ha ejercido una atracción constante a lo largo del tiempo, tanto espiritual como cultural. Incluso figuras tan controvertidas como el nazi, mano derecha de Adolf Hitler, Heinrich Himmler, llegó a visitar el enclave en busca del Santo Grial, lo que da fe del simbolismo y misticismo que genera el lugar.
Con el paso del tiempo, Montserrat se ha consolidado como uno de los grandes símbolos de la identidad catalana. Es un espacio donde confluyen religión, cultura, historia y paisaje. La comunidad benedictina lo expresa como un lugar abierto, que acoge a todos sin distinción. En su visión, el monasterio es un punto de encuentro entre distintas sensibilidades, un espacio donde la fe se une a la identidad y la cultura.
La visita del Papa León XIV
En este contexto, la visita del Papa León XIV adquiere un fuerte valor simbólico. Tal y como expresan los monjes del lugar, será “un día de gozo y compartir nuestra fe con la Iglesia que peregrina a Cataluña”. Destacan además la conexión personal del Pontífice con Montserrat, ya que cuando estuvo en Perú fue párroco de la parroquia de Nuestra Señora de Montserrat en Trujillo, y habría visitado el monasterio de incógnito antes de ser elegido Papa.
Más allá de la historia, la fe o la cultura, Montserrat sigue siendo un lugar que interpela a quien lo visita. Un espacio donde el silencio, la roca y la espiritualidad parecen fundirse en una misma experiencia. Como escribió Goethe: “En ninguna parte encontrará el hombre la felicidad y la paz sino en su propia Montserrat”.
La visita del Papa León XIV a Barcelona ha arrancado este martes con una imagen cargada de simbolismo y cercanía. Tras aterrizar en la capital catalana, el Pontífice se ha dirigido directamente a la Catedral de Barcelona, donde ha presidido el rezo de la Hora Sexta junto a obispos, sacerdotes, religiosos y representantes de la Iglesia catalana.
En su primera intervención en la ciudad, León XIV ha querido lanzar un mensaje de concordia en un momento marcado por los conflictos internacionales y la creciente polarización social. Desde el interior del templo, el Papa ha insistido en la necesidad de que los cristianos sean "constructores de unidad" en un mundo que ha descrito como "desgarrado por guerras y divisiones".
El Pontífice también ha tenido palabras de reconocimiento hacia la historia cristiana de Cataluña y ha animado a los fieles a vivir su fe con esperanza, destacando el papel de la Iglesia como instrumento de reconciliación y encuentro entre las personas. Además, parte de su discurso ha sido en catalán.
Saludo improvisado a miles de fieles
Sin embargo, uno de los momentos más llamativos de la jornada se ha producido al finalizar el acto religioso. Antes de trasladarse al Palau Episcopal para mantener diversos encuentros institucionales, León XIV ha decidido acercarse a los miles de personas que abarrotaban la plaza de la Catedral desde primeras horas de la mañana.
Apareciendo por sorpresa ante los fieles, el Papa ha sido recibido con una larga ovación y gritos de entusiasmo. Visiblemente agradecido por la acogida, ha comenzado su intervención con unas palabras en catalán:
"Bon dia i bona hora! Germans i germanes" ("¡Buenos días! Hermanas y hermanos").
A continuación, ha agradecido la presencia de los asistentes:
"Una alegría. Un saludo a todos ustedes, todos vosotros. Gracias por estar aquí, la paciencia. Gracias por la alegría"
Mientras la multitud respondía con aplausos y vítores, León XIV ha concluido con un mensaje centrado en la unidad de los cristianos:
Y ha acabado diciéndoles: "Que celebremos todos la fe en Cristo, Jesucristo, que nos ha llamado a vivir como un solo pueblo unidos en la fe".
Fue entonces cuando se produjo una escena curiosa. El Papa se disponía a finalizar su saludo con un sencillo "Dios bendiga a todos". Sin embargo, mientras pronunciaba esas palabras, se pudo observar cómo el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, le susurraba algo al oído.
León XIV acto seguido añadió una expresión que provocó una nueva ovación entre los presentes: "Adéu-siau!"
La respuesta de los fieles fue inmediata. La plaza estalló en aplausos y muchos comenzaron a corear "¡Bendición, bendición!", mientras el Pontífice se despedía caminando junto al cardenal Omella por la calle Pietat en dirección al Palau Episcopal.
¿Qué significa "Adéu-siau"?
Aunque hoy no es una fórmula habitual en el habla cotidiana, "Adéu-siau" es una expresión tradicional catalana utilizada para despedirse.
Su origen se encuentra en la contracción de la fórmula antigua "A Déu siau", que literalmente puede traducirse como "quedad con Dios" o "estad con Dios". Durante siglos fue una de las despedidas más comunes en Cataluña y conserva un marcado carácter afectuoso y tradicional.
En la actualidad, la forma más habitual es simplemente "adéu", pero "adéu-siau" mantiene un sabor histórico y popular que evoca la Cataluña de otras épocas. Precisamente por ello, el gesto del Papa fue interpretado por muchos asistentes como una muestra de respeto hacia la lengua y las tradiciones catalanas.